CAPÍTULO 15
Ricard no esperó al fin de semana ni a que las aguas se calmaran en la casa de la calle del Carme.
El viernes por la noche, tras asegurarse de que Núria se había retirado a su dormitorio a terminar un trabajo de historia, bajó a su despacho, cogió el sobre de papel manila que contenía las ampliaciones en blanco y negro del archivo forense de Barcelona y regresó al salón.
Elena estaba sentada en el sillón de orejas, junto al ventanal que daba al jardín trasero, intentando avanzar en la lectura de un libro cuyo punto de página llevaba tres días en la misma hoja.
Cuando oyó los pasos de Ricard, levantó la vista.
No vio en sus ojos la ira contenida de las semanas anteriores ni el abatimiento del marido que pide explicaciones para consolarse.
Había en la postura de Ricard una rigidez distinta, una serenidad helada, la misma sobriedad distante con la que recibía en la notaría a las partes de un litigio hereditario irreconciliable.
Sin pronunciar una sola palabra, Ricard se acercó a la mesa de centro de caoba, apartó el jarrón de cristal con flores secas y fue desplegando las fotografías una a una, alineándolas sobre la madera con precisión quirúrgica.
—Míralas —dijo. Su voz no se alzó un solo tono. Sonó plana, desprovista de matices emocionales, como si estuviera dictando una cláusula de cancelación de hipoteca.
Elena bajó la vista hacia la mesa. Las imágenes mostraban el borde de la piscina, la lona enrollada a un lado, la sábana blanca cubriendo el pequeño bulto en el suelo de piedra y, en primer plano, los objetos infantiles: el cubo de plástico rojo y los dos flotadores de goma.
—Ricard... por favor —susurró ella, encogiéndose en el sillón y cerrando los ojos con un gesto involuntario de rechazo—. No me hagas esto. Te he contado todo. Te dije lo de Martí, te confesé la verdad de la llamada...
—No me has contado todo, Elena —la interrumpió él, señalando con el índice la primera fotografía de la izquierda—.
Observa el cubo y los flotadores. Esta foto la tomó el fotógrafo de la Policía Armada a las cinco y cuarenta de la tarde, cuando el médico de guardia acababa de confirmar el fallecimiento.
Mira cómo están colocados. El cubo está alineado al milímetro con la junta del bordillo.
Los flotadores, colocados uno sobre otro, perfectamente secos, a ochenta centímetros del agua.
Elena abrió los ojos, pero no miró las fotos; fijó la mirada en la pared, con las pupilas dilatadas y los labios apretados en una línea fina.
—Estaban allí, el niño jugaba con ellos —dijo con rapidez, improvisando una respuesta que le salió en un tono agudo, casi infantil.
—Un niño de siete años que juega solo no deja sus juguetes alineados por orden de tamaño antes de caerse al agua —continuó Ricard, acercando la segunda fotografía, la tomada cuarenta minutos después por el perito judicial—.
El perito forense con el que he consultado en Barcelona no tiene ninguna duda, Elena.
Alguien movió esos objetos. Alguien sacó al niño del agua, comprobó su estado, colocó los juguetes en el borde para que pareciera un accidente doméstico fortuito e inofensivo, y solo después, cuando la escena estaba compuesta a su conveniencia, dio la alarma.
Elena negó con la cabeza enérgicamente, con las manos entrelazadas sobre las rodillas.
—Eso es absurdo. ¿Quién va a ponerse a colocar unos flotadores en medio de una desgracia así? Yo no toque nada... yo estaba en shock, ya te lo he dicho mil veces. Salí, vi a Marc, me quedé paralizada... no sé qué pasó en esos minutos, pero jamás me habría dedicado a ordenar juguetes.
Ricard no se movió. No pestañeó. La vio gesticular, vio cómo la respiración agitada le levantaba el pecho y cómo intentaba desplazar la discusión hacia el terreno de la destrucción emocional para apelar a su compasión.
Era el mismo recurso que había utilizado cuando le confesó lo de Martí Aldabó: transformar la culpa en una desgracia comprensible para buscar el perdón.
—No te juzgo como un monstruo, Elena —dijo él con una frialdad que pareció helar el aire del salón—.
Te examino como una testigo que ha mentido en tres declaraciones distintas.
Mintió a la policía en 1983 diciendo que estuvo sola toda la tarde.
Me mintió a mí durante seis años inventándose una llamada con Rosa Maria de Reus.
Y ahora intenta convencerme de que las fotos del atestado son una coincidencia casual.
Elena se quedó de pie junto a la chimenea apagada, respirando con dificultad, acorralada por la ausencia total de ira en la voz de su marido.
Se dio cuenta de que no había forma de discutir contra aquel tono.
Se enfrentaba a una pared de hielo que no reaccionaba ante sus lágrimas ni ante su desesperación.
—¿Qué quieres de mí, Ricard? —preguntó con voz apagada, cayendo de nuevo sobre el sillón, vencida—. ¿Qué buscas con todo esto? ¿Qué vas a conseguir removiendo fotos de la muerte de tu propio hijo?
Ricard comenzó a recoger las fotografías una a una, guardándolas metódicamente en el sobre de papel manila sin doblar ninguna esquina.
—Busco la verdad cronológica de esa hora y cinco minutos —respondió mientras cerraba el sobre con el hilo de cuerda—. Y cada vez que abres la boca para darme una explicación emocional, la grieta en tu historia se hace más grande.
Se giró con el sobre bajo el brazo y caminó hacia la puerta del salón. Antes de salir, se detuvo un instante en el umbral sin volverse a mirarla.
—Mañana tengo que hacer unos trámites en la notaría de Reus. No me esperes para comer.
• • •
Elena se quedó sola en la penumbra del salón, escuchando el sonido firme de los pasos de Ricard subiendo la escalera.
Miró la mesa de caoba donde hacía un momento reposaban las imágenes de la piscina, y por primera vez en seis años comprendió que el muro de silencio que la había protegido durante tanto tiempo no solo se había resquebrajado: había comenzado a derrumbarse por completo, y su marido no estaba dispuesto a mover un solo dedo para evitar que las piedras cayeran sobre ella.