CAPÍTULO 14
Ferran Boix escuchó el relato completo sin interrumpir ni una sola vez, tomando notas en su cuaderno de tapas negras con la letra apretada de quien lleva veinte años reduciendo tragedias humanas a artículos de código, y cuando Ricard terminó de hablar, se quitó las gafas y las limpió despacio antes de responder, un gesto que Ricard reconoció como la manera que tenía su amigo de ganar tiempo antes de decir algo que sabía que iba a doler.
—Ricard, olvídate de la prescripción. Es la primera pregunta que te vas a hacer y quiero quitártela de la cabeza ahora mismo.
—Explícame eso.
—La omisión del deber de socorro tiene un plazo, sí.
Pero lo que tú me describes no es solo omisión de socorro.
Es alteración deliberada de la escena de una muerte, y eso, dependiendo de cómo se interprete la intencionalidad de esos sesenta y cinco minutos, puede constituir encubrimiento agravado, e incluso, si conseguimos demostrar que hubo una decisión consciente de dejar morir en lugar de intentar salvar, algo bastante más grave.
Y esos plazos no corren igual. Sobre todo si el delito se ha mantenido activo: cada año que Elena ha sostenido esa mentira ante una autoridad, ante un médico, ante un juzgado que archivó el caso como accidente, es un año en que el delito de encubrimiento sigue vivo.
Ricard sintió que algo en su pecho, una tensión que llevaba semanas sin nombre, se reordenaba de golpe en una forma nueva y mucho más afilada: no era ya una sospecha privada que pudiera resolverse o disolverse entre las paredes de su propia casa. Era, si Ferran tenía razón, un caso.
• • •
—¿Qué necesitas para que esto llegue a un juzgado, Ferran? Dímelo sin suavizarlo.
—Necesito un expediente que un juez no pueda descartar en cinco minutos.
Ahora mismo tienes indicios fuertes pero dispersos: el testimonio verbal de una secretaria jubilada, una discrepancia horaria en un certificado médico, unas fotografías con una interpretación pericial informal.
Eso, presentado así, es una sospecha razonable, no una prueba.
Necesitas declaraciones firmadas y fechadas.
Necesitas que el testimonio del amante conste por escrito, con su firma, no en una conversación privada en un despacho de arquitectos.
Necesitas la opinión de otro forense, formal, encargada por ti, que confirme lo que dice Prats.
Y necesitas reconstruir la cronología exacta, minuto a minuto, sin ningún hueco que Elena pueda explotar.
Ferran se inclinó hacia delante, con la seriedad de quien está a punto de cruzar una línea entre el consejo profesional y la advertencia personal.
—Y necesito que entiendas una cosa, Ricard, antes de que sigas adelante: si haces esto, no hay marcha atrás.
No puedes reunir un expediente de este calibre contra tu propia esposa y luego, a mitad de camino, decidir perdonarla y guardarlo en un cajón.
Un expediente así, una vez existe, tiene vida propia.
Alguien más lo encontrará algún día si tú no lo usas.
Así que antes de dar el siguiente paso, pregúntate con total honestidad si estás preparado para llegar hasta el final.
• • •
Ricard no respondió de inmediato. Se quedó mirando el cuaderno de notas de Ferran, boca abajo sobre la mesa, como si aquel objeto pequeño y ordinario contuviera ya, en potencia, el fin de su matrimonio, y pensó en Elena, en la cena que lo esperaba esa noche, en la cara que pondría si supiera que en aquel preciso instante, en un despacho de Barcelona, su marido estaba decidiendo si convertirla, formalmente, en sospechosa de un delito.
—Estoy preparado —dijo finalmente, con una voz que no reconoció del todo como suya—. Dime por dónde empiezo.
Ferran asintió, satisfecho de un modo profesional y frío que a Ricard, en cualquier otra circunstancia, le habría resultado desagradable, y empezó a enumerar, con la precisión de una lista de la compra, los pasos que Ricard tendría que dar en las semanas siguientes: una declaración jurada de Purificación ante notario —«no tú, evidentemente, necesitas a otro compañero»—; una segunda peritación forense encargada formalmente, no como favor entre conocidos; una declaración firmada de Martí Aldabó con fecha y testigos; y, el paso más delicado de todos, la reconstrucción exacta y verificable de los movimientos de Elena aquella tarde, sin ningún hueco de tiempo sin explicar.
—Va a darse cuenta, Ricard. En algún momento de todo esto, Elena va a darse cuenta de que ya no la estás investigando por dolor. La estás investigando para construir un caso.
—Lo sé.
—¿Y qué vas a hacer cuando lo note?
Ricard se levantó, recogiendo su propia carpeta con un gesto mecánico, y respondió sin mirar a Ferran a los ojos, como si la respuesta le costara más pronunciada en voz alta de lo que le había costado formularla en silencio.
—Nada. Voy a seguir viviendo con ella, cenando con ella, durmiendo a su lado, exactamente igual que hasta ahora. Porque el día que Elena sepa que ya no está ante un marido dolido sino ante un notario reuniendo pruebas, empezará a cubrir sus huecos. Y no puedo permitírselo.
• • •
Aquella noche, cenando frente a Elena en la cocina de la casa de la calle del Carme, Ricard la observó servir la pasta con la misma precisión de siempre, escuchó su relato trivial sobre una llamada de una amiga, sonrió en los momentos que la conversación exigía una sonrisa, y por dentro, con la misma frialdad metódica con que redactaba una escritura, fue anotando mentalmente cada palabra, cada pausa, cada gesto que más tarde, ya a solas en su despacho, trasladaría a un cuaderno de tapas azules que empezaba a parecerse, cada día más, no al diario de un hombre dolido, sino al expediente de una investigación.
• • •
Elena, ajena por completo a la reunión de aquella tarde en Barcelona, notó sin embargo, con la sensibilidad afinada de diecinueve años de matrimonio, que algo en Ricard había cambiado de textura: ya no era la sospecha turbulenta y visible de las primeras semanas, los silencios cargados, las preguntas directas que la dejaban sin aire.
Era algo más callado y más constante, una atención distinta con la que él parecía observarla incluso cuando hablaban de cosas sin importancia, como si cada frase suya estuviera siendo, de algún modo que ella no lograba identificar, registrada.
—¿Va todo bien? —le preguntó, mientras recogía los platos—. Llevas días raro. Más raro que antes, quiero decir.
—Todo bien —respondió Ricard, con la misma fluidez con que llevaba semanas aprendiendo a mentir—. Cansado del trabajo, nada más.
Elena no insistió, pero aquella noche, ya a oscuras en la cama, con Ricard dormido o fingiendo dormir a su lado, se quedó despierta un largo rato, repasando mentalmente las últimas semanas en busca de algún error propio que pudiera explicar aquella nueva cualidad en la mirada de su marido, sin saber que, al otro lado de la cama, Ricard tampoco dormía, ocupado en repasar, con la misma insistencia, la lista de pasos que Ferran le había dictado esa tarde.
• • •
Al día siguiente, Ricard llamó a un antiguo compañero de la facultad, Andreu Solà, notario en ejercicio en Reus, y le pidió, con un tono que se esforzó en mantener neutro, que recibiera a Purificación para tomarle una declaración jurada sobre unos hechos de 1983 relacionados con un expediente familiar.
—¿Es sobre lo que yo creo que es, Ricard? —preguntó Andreu, con la cautela de quien intuye que se está adentrando en un terreno personal ajeno.
—Es sobre la muerte de mi hijo. Necesito que quede constancia formal de lo que ella recuerda de aquella tarde. Nada más.
Andreu aceptó, y Ricard colgó el teléfono con la sensación fría y precisa de haber movido la primera pieza oficial de un tablero que, hasta ese momento, solo había existido en el terreno privado de sus propias sospechas.
Cada llamada, cada gestión, cada documento que empezaba a solicitar formalmente, lo alejaba un paso más de la posibilidad de que aquello terminara, algún día, en una simple reconciliación silenciosa.
Y por primera vez desde que había encontrado la carpeta azul en el archivador de la notaría, Ricard sintió que no le importaba.