CAPÍTULO 13
La consulta del doctor Prats, en la calle Muntaner de Barcelona, no se parecía en nada a la del doctor Roca: aquí no había estanterías de libros encuadernados en piel ni el calor de una amistad de infancia, sino un despacho impersonal de paredes blancas, con diplomas enmarcados de medicina forense y un archivador metálico que ocupaba una pared entera, y Ricard entró en ella con la sensación de estar cruzando, por fin, la última frontera antes de un territorio del que ya no habría manera de regresar.
Había conseguido el contacto a través de un antiguo compañero de la facultad de derecho, ahora juez en Barcelona, al que Ricard había llamado con el pretexto de una consulta profesional y a quien, después de varios minutos de rodeos, había terminado por confesar, a media voz, la verdadera naturaleza de lo que necesitaba: alguien capaz de leer un certificado de defunción de hacía seis años y decirle, con el rigor de la ciencia y no con la buena voluntad de un amigo, qué había ocurrido de verdad aquella tarde de agosto.
—Señor Ferrer —dijo el doctor Prats, un hombre de unos sesenta años, de manos pequeñas y precisas y una mirada que parecía catalogar cada detalle antes incluso de que la persona que tenía delante terminara de hablar—.
He revisado la documentación que me hizo llegar.
El certificado, las notas de su médico de cabecera, las fotografías del atestado que logró usted recuperar del juzgado.
Ricard no había mencionado, hasta ese momento, que hubiera fotografías.
Se había limitado a rellenar, con la ayuda de su antiguo compañero, una solicitud de acceso al expediente archivado del caso —cerrado seis años atrás como accidente doméstico sin ulterior investigación— y había recibido, apenas tres días antes de aquella cita, un sobre de papel manila que todavía no había reunido el valor de abrir del todo.
Había mirado las fotografías una sola vez, durante apenas unos segundos, antes de guardarlas de nuevo y jurarse no volver a mirarlas hasta estar en presencia de alguien capaz de leerlas mejor que él.
—Curioso que las conservara el juzgado tantos años —dijo Ricard, más por decir algo que por verdadero interés.
—Es protocolo estándar en casos de muerte no natural, aunque se archiven como accidentales.
—El doctor Prats extendió sobre la mesa las fotografías, una a una, con la delicadeza clínica de quien ha hecho ese gesto miles de veces—.
Y en este caso, señor Ferrer, hay algo que me gustaría que viera con atención.
• • •
Ricard se obligó a mirar. Eran fotografías tomadas por el forense de guardia aquella tarde de 1983, en blanco y negro, granuladas por el paso del tiempo y la mala calidad del papel de la época, y mostraban la piscina de la finca, el cuerpo pequeño de Marc ya cubierto por una sábana, el jardín alrededor con el desorden apresurado de una tarde de tragedia.
Ricard sintió que el estómago se le revolvía, pero se obligó a mantener la mirada fija en lo que el doctor Prats le señalaba.
—Fíjese aquí —dijo el doctor, señalando el borde de la piscina en una de las fotografías, donde se veían dos flotadores de goma y un cubo de plástico infantil perfectamente alineados junto al bordillo, casi como una composición deliberada—. Y compare con esta otra.
Le tendió una segunda fotografía, tomada desde un ángulo distinto, donde los mismos objetos aparecían dispuestos de un modo ligeramente diferente: el cubo más cerca del agua, uno de los flotadores medio hundido, en una disposición que a ojos de Ricard, hasta entonces, no le habría dicho absolutamente nada.
—No le sigo, doctor.
—La primera fotografía, según la numeración del atestado, fue tomada nada más llegar el forense de guardia, a las diecisiete cuarenta.
La segunda es una fotografía tomada media hora después, cuando ya se habían llevado el cuerpo, incluida en el expediente solo como constancia general de la escena.
—El doctor Prats se ajustó las gafas y miró a Ricard directamente—.
En circunstancias normales, señor Ferrer, la disposición de un juguete infantil junto a una piscina no tendría ninguna relevancia.
Los niños los dejan tirados de cualquier manera, sin ningún orden.
Pero esta disposición inicial, tan ordenada, tan simétrica, es la clase de detalle que en mi experiencia profesional suele indicar una cosa: que alguien recompuso la escena antes de que llegara la primera persona ajena a la familia.
• • •
El silencio que siguió a aquellas palabras pesó sobre Ricard con una fuerza física que le costó sostener sin apoyarse en el borde de la mesa.
No era una sorpresa completa —Elena misma le había confesado, semanas atrás, en la cocina de la calle del Carme, que había pasado casi una hora decidiendo cómo mentir antes de pedir ayuda—, pero oírlo confirmado así, con el lenguaje frío y objetivo de la ciencia forense, con fotografías reales extendidas sobre una mesa de despacho, le producía un tipo de dolor distinto, más definitivo, como si hasta ese momento una parte de él hubiera seguido albergando la esperanza de que existiera todavía alguna explicación inocente capaz de sostenerse.
—¿Está usted diciéndome que mi esposa recompuso la escena? ¿Que movió cosas, que preparó lo que iba a decir, antes de llamar a nadie?
—Le estoy diciendo lo que las fotografías sugieren, señor Ferrer, no lo que puedo demostrar más allá de toda duda seis años después de los hechos, sin poder examinar la escena original.
—El doctor Prats habló con el cuidado de quien sabe que sus palabras están a punto de destruir algo mucho más grande que un simple expediente cerrado—.
Pero si me pregunta mi valoración profesional, con toda la prudencia que exige el tiempo transcurrido, le diré que esta fotografía, junto con el intervalo de sesenta y cinco minutos que ya figuraba en el certificado original, dibuja un cuadro consistente con lo que en términos legales podría constituir una omisión del deber de socorro, y posiblemente algo más grave: una alteración deliberada de la escena de una muerte, que en su día impidió una investigación completa de las circunstancias.
Las palabras del doctor Prats —omisión del deber de socorro, alteración de la escena— cayeron sobre Ricard con el peso específico del lenguaje legal, un lenguaje que él mismo, como notario, conocía y manejaba a diario, pero que nunca había imaginado que tendría que aplicar, algún día, a su propia esposa, a la madre de sus hijos, a la mujer con la que había compartido diecinueve años de vida.
• • •
—¿Qué consecuencias tendría esto, si se llegara a presentar formalmente? —preguntó, con una voz que ya no reconocía del todo como suya.
El doctor Prats se recostó en su silla, y por primera vez desde que había empezado la consulta, algo parecido a la compasión humana atravesó su expresión profesional.
—Eso, señor Ferrer, ya no es una pregunta que yo pueda responderle.
Es una pregunta legal, no médica, y con seis años transcurridos, con el caso archivado y sin que exista, hasta donde yo sé, ninguna denuncia formal presentada, la respuesta dependerá de factores que exceden completamente mi competencia.
Lo único que puedo decirle, como profesional y como persona que lleva treinta años viendo casos similares, es que usted ya no puede decir que no lo sabe.
Y eso, en mi experiencia, suele ser la parte más difícil de cualquier descubrimiento como este: no el momento en que se averigua la verdad, sino todo lo que viene después, cuando hay que decidir qué hacer con ella.
• • •
Ricard salió de la consulta con el sobre de fotografías apretado contra el pecho, como si temiera que alguien pudiera arrebatárselo en plena calle, y caminó hasta la estación de Sants sin ver realmente nada de lo que le rodeaba: ni los edificios, ni el tráfico, ni la gente que se apartaba a su paso con la instintiva cautela que despiertan los hombres que caminan como si llevaran encima un peso invisible.
En el tren de vuelta a Tarragona, sentado junto a una ventanilla por la que desfilaban campos de viñedos y pueblos dormidos bajo el sol de la tarde, Ricard comprendió que se encontraba, por primera vez en toda aquella investigación, ante una pregunta que ya no era solamente personal.
Hasta ese momento, cada descubrimiento —la agenda de la notaría, el testimonio de Purificación, la confesión de Elena, el relato de Martí— había pertenecido al ámbito privado de su matrimonio, un dolor que podía, en teoría, gestionarse puertas adentro, entre ellos dos, sin que el resto del mundo tuviera necesidad de conocerlo jamás.
Pero una alteración deliberada de la escena de una muerte, una omisión del deber de socorro sobre el propio hijo: aquello ya no era solamente una traición conyugal que Ricard pudiera decidir perdonar o no perdonar en la intimidad de su propia conciencia.
Aquello era, si el doctor Prats estaba en lo cierto, un delito.
Y Ricard, notario de profesión, hombre acostumbrado a sostener la ley como el armazón invisible que sostenía el orden de las vidas ajenas, se encontraba ahora frente a la pregunta más difícil de toda su existencia: ¿denunciaría a la madre de sus hijos, la mujer con la que había compartido diecinueve años de vida, aun sabiendo que hacerlo destruiría a Núria, a la memoria de Marc, y al último resto de la familia que a él mismo tanto le había costado sostener durante estos seis años de silencio compartido?
El tren avanzaba hacia el sur, hacia el mar, hacia la casa de la calle del Carme donde Elena esperaba —o no esperaba ya nada, después de dos semanas sin él— y Ricard, con las fotografías todavía apretadas contra el pecho, comprendió que ya no había ninguna versión de su vida, a partir de ese día, en la que pudiera seguir fingiendo que no sabía lo que ahora sabía.
• • •
Bajó del tren en Tarragona ya de noche, y en lugar de coger el coche que había dejado aparcado junto a la estación, caminó las tres calles que lo separaban del hostal donde llevaba dos semanas alojado, con el sobre de fotografías todavía bajo el brazo, sin fuerzas para enfrentar esa misma noche ni a Elena ni a su propia madre, que no dejaba de llamarlo a diario a la notaría exigiendo saber cuándo pensaba «arreglar aquel desastre y volver a su casa como Dios manda».
En la habitación estrecha del hostal, con las fotografías extendidas sobre la colcha y el certificado de defunción junto a ellas, Ricard pasó la noche entera despierto, redactando y rompiendo, una y otra vez, la misma carta imaginaria dirigida a nadie en concreto: a un juez, a Elena, a Núria cuando fuera mayor, a sí mismo.
No logró terminar ninguna versión. Lo único que consiguió, hacia las cinco de la madrugada, con la luz ya empezando a filtrarse gris por la persiana entornada, fue una certeza pequeña pero firme, la única que le quedaba después de tantas semanas de derrumbe: fuera cual fuese la decisión que tomara, no la tomaría solo.
Antes de decidir el destino legal de Elena, necesitaba hablar con alguien capaz de explicarle, con precisión y sin las ataduras del cariño ni del rencor, qué opciones tenía realmente delante.
Y esa persona, comprendió con una punzada amarga de ironía, no podía ser otra que un abogado penalista, la primera vez en toda su carrera notarial que Ricard Ferrer necesitaría los servicios de uno.