CAPÍTULO 12
Ricard esperó a que Núria se hubiera acostado y la casa quedara en el silencio propio de las noches de entre semana antes de sacar el sobre del bolsillo de la chaqueta y dejarlo, sin decir una palabra, sobre la mesa de la cocina, justo delante de Elena, que cosía un botón suelto del uniforme escolar de su hija con la radio encendida a un volumen bajo, casi imperceptible.
Elena miró el sobre, después a Ricard, y algo en la expresión de su marido —una calma nueva, distinta de la ira contenida de las semanas anteriores, una calma que a Elena le pareció mucho más aterradora que cualquier grito— le hizo dejar la aguja y el hilo sobre la mesa con un cuidado exagerado, como si el más mínimo gesto brusco pudiera hacer estallar algo que llevaba conteniéndose demasiado tiempo.
—¿Qué es esto?
—Ábrelo.
Elena abrió el sobre con dedos que ya no fingían firmeza, y leyó las pocas líneas escritas a mano por Martí Aldabó dos veces, la segunda más despacio que la primera, como si necesitara asegurarse de que las palabras no iban a cambiar de significado si las miraba con suficiente atención.
Cuando terminó, dejó la hoja sobre la mesa y se cubrió el rostro con ambas manos durante un largo instante, sin llorar todavía, simplemente respirando, como quien se prepara para sumergirse bajo el agua durante mucho más tiempo del que el cuerpo puede soportar de forma natural.
—Has ido a verlo —dijo por fin, sin levantar la vista.
—Tenía que hacerlo, Elena. Necesitaba saber la verdad de alguien que no tuviera ningún motivo para protegerte.
• • •
—Un minuto y medio —dijo Ricard, sentándose por fin frente a ella, con la voz baja pero implacable—.
Martí estuvo gritando tu nombre durante un minuto y medio antes de que la línea se cortara.
Eso significa que no colgaste el teléfono al ver a Marc en el agua, como me dijiste.
Colgaste después. Después de haberlo sacado, o de haber comprobado que ya no podías hacer nada por él.
¿Qué pasó en ese minuto y medio, Elena? ¿Qué pasó de verdad?
Elena tardó tanto en responder que Ricard llegó a pensar que no lo haría, que se limitaría a levantarse de la mesa y encerrarse en el dormitorio como había hecho tantas otras noches de los últimos seis años cuando la conversación se acercaba demasiado a la verdad.
Pero esta vez no se movió. Se quedó allí, con las manos todavía temblorosas sobre el regazo, y cuando por fin habló, su voz sonó distinta de cualquier voz que Ricard le hubiera oído usar antes: más pequeña, más rota, despojada por completo de la compostura que había sostenido durante seis años enteros.
—No lo sé, Ricard. Te juro por lo que más quieras que no lo sé con certeza.
—No me mientas otra vez, Elena. No esta noche.
—No te estoy mintiendo. —Alzó por fin la vista, y Ricard vio en sus ojos algo que no supo interpretar del todo: podía ser la desesperación genuina de alguien acorralado por una verdad que ya no podía seguir esquivando, o podía ser, con la misma facilidad, la actuación más refinada de todas las que había presenciado hasta entonces—.
Recuerdo colgar el teléfono. Recuerdo eso con claridad, aunque no te lo dijera antes porque no sabía cómo explicártelo sin que sonara todavía peor de lo que ya sonaba.
Pero lo que pasó entre que colgué y que salí corriendo hacia la piscina…
Ricard, ese tramo no lo tengo. No está. Es como si alguien hubiera cortado esa parte de la película y hubiera pegado los dos extremos, de modo que en mi memoria no hay ningún hueco, solo una continuidad que ahora sé que no puede ser real.
• • •
Ricard la observó largamente, intentando decidir si aquello era posible, si el cerebro humano era capaz de un truco tan cruel como borrar minuto y medio —o más, mucho más, si sumaba los sesenta y cinco minutos completos que el certificado de Emili describía— de la memoria de una madre, dejándola con la ilusión de haber actuado de inmediato cuando en realidad había existido un abismo de tiempo que ella misma no podía explicar.
—¿Esperas que me crea eso? —preguntó, sin poder evitar que la incredulidad se filtrara en cada palabra—.
¿Que simplemente no lo recuerdas? Es muy conveniente, Elena.
Es la explicación perfecta, la que no se puede desmentir con ningún testigo ni ningún papel, porque apela a algo que solo existe dentro de tu cabeza.
—Lo sé —dijo ella, y por primera vez en toda la conversación algo parecido a la rabia asomó bajo el llanto—.
Sé exactamente cómo suena, Ricard. Llevo seis años sabiendo cómo sonaría si alguna vez tenía que decirlo en voz alta, y por eso no te lo había dicho, porque sabía que ibas a pensar exactamente esto: que me lo estoy inventando, que es la mentira definitiva disfrazada de confesión.
Pero es lo único que tengo. Es la verdad más honesta que puedo ofrecerte, aunque sea una verdad incompleta, aunque sea una verdad que ni yo misma soy capaz de completar.
• • •
El silencio que siguió se extendió durante varios minutos, roto solo por el zumbido bajo de la radio, que alguna canción antigua seguía sonando sin que ninguno de los dos le prestara atención.
Ricard se levantó, caminó hasta la ventana de la cocina, y se quedó mirando la oscuridad del jardín, la mancha invisible de la piscina cubierta, intentando ordenar en su cabeza notarial —siempre buscando la estructura, la lógica, el hecho verificable— algo que se resistía por completo a cualquier estructura conocida.
—Emili mencionó algo así —dijo por fin, más para sí mismo que para Elena—. Estados disociativos. Personas que actúan durante el shock sin guardar memoria consciente de haberlo hecho.
—Entonces sabes que es posible.
—Sé que es posible que exista. No sé si es lo que te pasó a ti.
—Se volvió a mirarla, con una expresión que mezclaba agotamiento y una determinación nueva—.
Pero hay una manera de averiguarlo, si de verdad estás dispuesta a hacerlo.
Emili conoce a un psiquiatra en Barcelona, un especialista en memoria traumática.
Si de verdad no recuerdas ese minuto y medio, quizá él pueda ayudarte a recuperarlo.
Y si te niegas a ir, Elena, si pones cualquier excusa para no hacerlo, entonces sabré, de una vez por todas, que la verdad no es la que dices.
Elena lo miró durante un largo instante, con una expresión que Ricard no supo leer del todo —miedo, quizá, ante la posibilidad real de que aquel médico consiguiera desenterrar algo que ni siquiera ella misma sabía si prefería recordar u olvidar para siempre— y finalmente asintió, con un gesto tan pequeño que casi pasó desapercibido en la penumbra de la cocina.
—Iré —dijo—. Iré adonde haga falta, Ricard. Ya no me queda nada que perder ocultándote nada más.
Pero mientras subían juntos, en silencio, la escalera hacia el dormitorio, cada uno cargando con una versión distinta de la misma noche imposible de compartir del todo, Ricard no pudo evitar preguntarse si aquella disposición repentina a someterse a un examen psiquiátrico era la prueba definitiva de la inocencia de Elena, o si era, por el contrario, la jugada más audaz y más peligrosa de todas las que había hecho hasta entonces: apostar a que su propia mente, entrenada durante seis años para sostener una mentira, sería capaz de sostenerla también frente a un especialista dispuesto a hurgar en los rincones más oscuros de su memoria.
• • •
A la mañana siguiente, Ricard llamó al doctor Roca desde la notaría, con la puerta del despacho cerrada y la voz baja, como si temiera que las propias paredes del edificio pudieran repetir lo que estaba a punto de pedir.
—Necesito el nombre de ese psiquiatra del que me hablaste, Emili. El especialista en memoria traumática.
Hubo un silencio al otro lado de la línea, el silencio particular de un amigo que empieza a comprender hasta qué punto la investigación de Ricard ha dejado de ser una simple curiosidad de notario inquieto.
—Se llama el doctor Ferran Prats. Tiene consulta en Barcelona, en la calle Muntaner. Es bueno, Ricard, de los mejores del país en su campo. Pero quiero que sepas algo antes de que sigas adelante con esto.
—¿Qué?
—Que a veces, cuando se abre una puerta así, lo que hay detrás no es lo que uno esperaba encontrar.
La memoria traumática no siempre revela una verdad limpia y ordenada, Ricard.
A veces revela fragmentos contradictorios, versiones que ni el propio paciente sabe reconciliar.
Prepárate para eso, si de verdad vais a seguir este camino.
Ricard colgó el teléfono con las palabras del doctor Roca resonándole en la cabeza durante el resto de la mañana, incapaz de concentrarse en los expedientes que se amontonaban sobre su mesa, en las firmas que sus clientes esperaban con la paciencia habitual de quien confía ciegamente en que su notario tiene la cabeza puesta enteramente en sus asuntos y no en el naufragio silencioso de su propio matrimonio.
• • •
Concertó la cita para dos semanas después —era el plazo más corto que el doctor Prats podía ofrecer, según le explicó su secretaria por teléfono con una amabilidad profesional que a Ricard le resultó, en aquel momento, casi insultante en su normalidad— y aquellas dos semanas se convirtieron en una espera extraña, suspendida, en la que la casa de la calle del Carme pareció contener la respiración entera, como si todos sus habitantes, incluida Núria sin saber exactamente por qué, presintieran que algo importante estaba a punto de decidirse.
Elena, durante esos días, mostró una entereza que a Ricard le resultó difícil de interpretar: no había vuelto a llorar delante de él, no había vuelto a suplicar comprensión ni a ofrecer explicaciones nuevas.
Se limitaba a cumplir con las rutinas de la casa —la compra, la cena, los deberes de Núria— con una disciplina casi militar, como si necesitara demostrarse a sí misma, más que a Ricard, que todavía era capaz de sostener la vida cotidiana mientras esperaba el veredicto de un desconocido sobre los rincones más oscuros de su propia mente.
Ricard, por su parte, pasó aquellas dos semanas dividido entre la notaría y las noches insomnes en el sillón de su despacho, releyendo una y otra vez el testimonio escrito de Martí Aldabó, el certificado de defunción, sus propias notas acumuladas durante meses, como si repasar las pruebas una vez más pudiera prepararlo para lo que fuera que el doctor Prats terminara desenterrando en aquella consulta de la calle Muntaner.
Sabía, con una certeza fría que no lograba sacudirse, que después de aquella cita ya no habría más versiones posibles, ni más explicaciones a medias.
Solo quedaría, por fin, la verdad completa, o la certeza definitiva de que Elena jamás se la entregaría.