CAPÍTULO 11
El estudio de arquitectura Aldabó & Ribas ocupaba la planta noble de un edificio modernista en el Eixample de Barcelona, con grandes ventanales que dejaban entrar la luz de la tarde sobre mesas de dibujo cubiertas de planos, y Ricard tuvo que hacer un esfuerzo consciente para no perder el valor mientras subía la escalera de mármol, repitiéndose a sí mismo, peldaño a peldaño, que no había llegado hasta allí para montar una escena, sino para obtener, por fin, la única pieza de la historia que todavía le faltaba.
No le había dicho a Elena que viajaba a Barcelona.
Le había dicho que tenía una reunión con un despacho de la ciudad por un asunto de herencias complicado, una mentira tan pequeña y tan verosímil que ni siquiera necesitó pensarla demasiado, y aquella facilidad para mentir, descubierta de pronto en sí mismo, le produjo una punzada de vergüenza que no esperaba sentir precisamente aquel día.
Una secretaria joven, con el pelo recogido y una sonrisa profesional impecable, le preguntó a quién buscaba, y Ricard, con la voz más firme de la que se creía capaz en aquel momento, respondió:
—Al señor Aldabó. Martí Aldabó. Dígale que viene de parte de la notaría Ferrer, de Tarragona. Es un asunto personal, no profesional.
La secretaria desapareció tras una puerta de cristal esmerilado, y Ricard se quedó de pie en la sala de espera, rodeado de maquetas de edificios que nunca llegaría a ver construidos, con el corazón latiéndole con una fuerza que le resultaba casi dolorosa.
Pensó, en aquellos segundos de espera, en dar media vuelta y marcharse, en fingir ante sí mismo que nunca había hecho aquel viaje, que se conformaría con lo que Elena ya le había contado.
Pero la puerta de cristal se abrió antes de que pudiera decidirse, y un hombre de unos cuarenta años, alto, con el pelo ya salpicado de canas prematuras y una expresión de sorpresa cautelosa, salió a su encuentro.
—¿Señor Ferrer? —preguntó Martí Aldabó, y algo en el modo en que pronunció el apellido, con un cuidado especial, le confirmó a Ricard que aquel hombre sabía exactamente quién era, y probablemente llevaba años temiendo, en algún rincón de su conciencia, que aquel encuentro pudiera producirse algún día.
—El mismo. ¿Podemos hablar en algún sitio privado?
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Martí lo condujo a un despacho pequeño al fondo del estudio, con vistas a un patio interior lleno de plantas, y cerró la puerta con un cuidado que a Ricard le pareció casi ceremonial, como quien sella un espacio para que lo que ocurra dentro de él no pueda salir jamás.
Se sentaron el uno frente al otro, separados por una mesa de dibujo cubierta de bocetos, y durante unos segundos ninguno de los dos supo por dónde empezar.
—Supongo que sabe por qué estoy aquí —dijo Ricard, finalmente.
Martí asintió, y algo en su rostro —una palidez repentina, un temblor apenas perceptible en las manos que descansaban sobre la mesa— convenció a Ricard de que no estaba frente a un hombre indiferente a lo ocurrido seis años atrás, sino frente a alguien que había cargado, a su manera, con un peso similar al que Ricard mismo llevaba arrastrando desde que había empezado aquella investigación.
—Llevo seis años esperando esta conversación, señor Ferrer. Y seis años temiéndola a partes iguales. —Martí se pasó una mano por el rostro, como si intentara borrar algo que llevaba tiempo intentando borrar sin éxito—. Elena le ha contado, imagino, lo nuestro.
—Me ha contado una versión. Necesito saber si es la misma que usted recuerda.
Martí se levantó, caminó hasta la ventana que daba al patio interior, y habló dándole la espalda a Ricard, exactamente del mismo modo en que el doctor Roca lo había hecho semanas atrás en su consulta, como si aquella postura —la espalda vuelta, la mirada perdida en algún punto neutral— fuera el único modo que los hombres de aquella generación conocían para decir las verdades más difíciles.
—Estuvimos juntos aquella primavera y aquel verano, sí. Fue algo real, señor Ferrer, por mucho que le cueste oírlo de mi boca. No fue un capricho pasajero, al menos no para mí. Pero Elena decidió, ya en agosto, que aquello tenía que terminar, y yo respeté su decisión, aunque me costara aceptarla.
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—La tarde del veintiséis de agosto —dijo Ricard, sin poder esperar más—. Cuénteme exactamente qué pasó en esa llamada.
Martí se volvió por fin, y su rostro, cuando habló, mostraba una angustia que a Ricard le pareció, contra todo pronóstico, genuina.
—Elena me llamó sobre las cuatro. Me dijo que teníamos que dejar de vernos, que no podía seguir viviendo con aquella culpa.
Yo intenté convencerla de que lo habláramos en persona, que no terminara algo así por teléfono, y discutimos, señor Ferrer, con una intensidad que ahora, mirando atrás, me avergüenza recordar.
—Hizo una pausa, tragó saliva—. En algún momento de la discusión, ella se calló de golpe.
Un silencio total, como si hubiera dejado caer el teléfono.
La llamé por su nombre varias veces, cada vez más alto, sin obtener respuesta, hasta que finalmente colgó, o se cortó la línea, no sabría decirle cuál de las dos cosas.
—¿Cuánto tiempo pasó entre ese silencio y que colgara la línea?
Martí cerró los ojos, haciendo un esfuerzo visible por reconstruir, seis años después, unos segundos que probablemente había repasado miles de veces en su propia memoria.
—No fue inmediato, señor Ferrer. Estuve gritando su nombre, esperando, quizá un minuto entero, minuto y medio. Se me hizo eterno, pero sé que en realidad no fue tanto tiempo. Después la línea se cortó del todo.
Ricard hizo el cálculo mentalmente, con la misma precisión fría que llevaba semanas aplicando a cada pieza de aquel rompecabezas: un minuto, minuto y medio de silencio antes del corte de línea no coincidía del todo con la imagen que Elena le había dado de correr de inmediato hacia la piscina en el instante exacto en que algo cambiaba en la voz de Martí.
Había, otra vez, una discrepancia pequeña pero real entre lo que Elena le había contado y lo que el propio Martí recordaba.
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—¿Volvió a hablar con ella después de aquello? —preguntó Ricard—. ¿Ese mismo día, o los días siguientes?
Martí negó con la cabeza, y por primera vez desde que había empezado la conversación, algo parecido a la vergüenza auténtica cruzó su rostro.
—Lo intenté. La llamé esa misma noche, más tarde, sin saber todavía lo que había pasado, y me contestó una voz que no reconocí, alguien de su familia imagino, que me dijo que Elena no podía ponerse al teléfono y que no volviera a llamar a ese número nunca más.
—No supe nada más hasta dos días después, cuando leí en el periódico de Tarragona la esquela.
El nombre de un niño, Marc Ferrer Vidal, siete años.
Y entonces até cabos, señor Ferrer, y durante seis años he vivido con la sospecha atroz de que aquella discusión, aquel silencio de un minuto y medio que yo interpreté como un simple corte de teléfono, fue en realidad el momento exacto en que su hijo se estaba ahogando a pocos metros de su madre.
La habitación se quedó en un silencio absoluto.
Ricard sintió que las piezas, una vez más, se reordenaban en su cabeza con una violencia que le costaba procesar: si Martí decía la verdad, el silencio de Elena al teléfono no había sido el instante en que descubría a Marc, sino, muy probablemente, el instante exacto en que ya lo había encontrado y colgaba deliberadamente para poder actuar, dejando a Martí gritando su nombre a un auricular vacío mientras ella, al otro lado, tomaba decisiones que tardaría seis años en empezar a confesar.
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—¿Por qué no dijo nada de esto en su momento? —preguntó Ricard, con una voz que ya no intentaba disimular la ira—. ¿Por qué guardó silencio durante seis años?
—Porque no tenía ninguna prueba, señor Ferrer, solo sospechas terribles sobre la mujer que había amado, y porque hablar habría significado destruir a la familia de un niño muerto sin ninguna certeza de que sirviera para algo más que para hacer daño.
—Martí lo miró directamente por primera vez desde que había empezado a hablar, con los ojos húmedos—.
Y porque, se lo confieso ahora, también tenía miedo.
Miedo de que, si hablaba, la sospecha recayera también sobre mí.
Al fin y al cabo, fui yo quien discutió con ella por teléfono esa tarde. Fui yo quien la empujó a colgar.
Ricard se levantó, incapaz de seguir sentado un segundo más en aquel despacho silencioso, con las maquetas de edificios inacabados observándolo desde las estanterías como testigos mudos de una confesión que cambiaba, otra vez, todo lo que creía saber.
—Necesito que ponga esto por escrito —dijo, con la voz de notario que llevaba media vida empleando para dar forma legal a las verdades más incómodas—. Todo. La hora, el minuto y medio, la llamada de esa misma noche. Todo.
Martí asintió, pálido, y por primera vez desde que Ricard había entrado en aquel estudio, ambos hombres compartieron, sin decirlo en voz alta, la misma certeza: que la historia que habían construido por separado, cada uno con su propia mitad de verdad, estaba a punto de converger en algo que ninguno de los dos, ni siquiera Elena, sería ya capaz de controlar.
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Ricard salió del estudio de arquitectura con un sobre en el bolsillo de la chaqueta —Martí había insistido en escribir allí mismo, a mano, en una hoja de papel del estudio, un breve relato de aquella tarde, con fecha y firma, como si necesitara desprenderse físicamente de aquel peso antes de que Ricard cruzara la puerta— y caminó durante horas sin rumbo por las calles del Eixample, incapaz de volver directamente a la estación, incapaz de subir al tren y sentarse durante dos horas a solas con sus propios pensamientos.
Se detuvo, en algún momento, en un banco de la plaza de Catalunya, rodeado de palomas y turistas y vendedores ambulantes, y sacó el sobre para releer una vez más las palabras de Martí, como si la quinta o sexta lectura fuera a revelarle algo que las anteriores no le habían mostrado.
No fue así. El relato decía exactamente lo mismo cada vez: un minuto y medio de silencio, una discusión, una llamada nocturna rechazada por una voz desconocida.
Pensó en llamar a Elena desde una cabina, allí mismo, y preguntarle sin rodeos por aquel minuto y medio que ahora tenía, por fin, un testigo dispuesto a jurarlo por escrito.
Pero se contuvo. Sabía, con la misma certeza notarial con la que sabía casi todo lo demás en aquel momento, que una acusación lanzada por teléfono, a distancia, sin poder ver el rostro de Elena mientras respondía, no serviría de nada salvo para darle tiempo de preparar una nueva versión, una nueva explicación cuidadosamente calibrada para sobrevivir también a esta prueba.
No, decidió finalmente, mientras el sol de la tarde empezaba a proyectar sombras largas sobre los adoquines de la plaza.
Aquella conversación, la definitiva, tendría que producirse en persona, cara a cara, sin posibilidad de que Elena tuviera tiempo de ensayar una respuesta.
Y tendría que producirse pronto, porque Ricard sentía, con una claridad que le resultaba casi física, que cada día que pasaba sin confrontar aquel último minuto y medio era un día más que le robaba a la posibilidad, cada vez más remota, de que quedara algo salvable entre ellos.