El peso del silencio CAPÍTULO 9
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CAPÍTULO 9

La Sala Fortuny, en el casco antiguo de Tarragona, seguía existiendo tal como aparecía en la entrada amarillenta que Ricard llevaba guardada en el bolsillo interior de la chaqueta desde hacía tres días, como si temiera que el papel pudiera desintegrarse si dejaba de tocarlo.

Era una galería pequeña, de techos altos y paredes encaladas, especializada en pintores catalanes de mediano nombre, y el hombre que la regentaba —mayor ya, con gafas de pasta gruesa y un jersey de lana que desentonaba con el calor de la tarde— recibió a Ricard con la cortesía cansada de quien lleva toda la vida atendiendo a curiosos que entran más por el fresco del local que por el arte expuesto.

—¿En qué puedo ayudarle?

Ricard sacó la entrada con un cuidado casi religioso y la depositó sobre el mostrador de cristal, alisándola con dos dedos como quien presenta una prueba ante un tribunal.

—Es de una exposición de la primavera del ochenta y tres. Me gustaría saber qué se expuso aquel mes, si es posible, y si guarda algún registro de visitantes.

El galerista se ajustó las gafas y examinó la entrada con un interés que fue creciendo a medida que sus ojos reconocían la letra impresa, el membrete descolorido, el nombre de la sala que él mismo llevaba treinta y dos años regentando.

—Aquello… —murmuró, y su rostro se iluminó con la satisfacción particular de quien encuentra en su memoria algo que creía perdido—.

Aquello fue la exposición de Ramon Casals, el paisajista de Falset.

Me acuerdo bien porque fue una de las más concurridas que hicimos aquellos años, vino gente de Barcelona incluso.

—Le devolvió la entrada—. Pero registro de visitantes no guardamos, si es eso lo que busca.

No con nombres, al menos. Solo el libro de firmas, que ni siquiera sé si conservo de una exposición de hace tanto tiempo.

Ricard sintió que la esperanza que había alimentado durante todo el trayecto en coche desde su pueblo hasta Tarragona empezaba a desinflarse, pero antes de que pudiera darle las gracias y marcharse, el galerista, con la generosidad ociosa de quien disfruta hablando del pasado con cualquiera dispuesto a escucharlo, añadió algo que le devolvió el pulso acelerado.

—Lo que sí le puedo decir es que, si buscaba usted un rostro conocido entre el público habitual de aquellos años, tenía usted que fijarse en la mesa del Bar Núria, aquí al lado, en la placeta.

Casi toda la gente que venía a las inauguraciones acababa la noche allí.

Yo mismo, si quiere que le sea sincero, prefería aquella terraza a mis propias exposiciones.

•  •  •

El Bar Núria —Ricard no pudo evitar un escalofrío ante la coincidencia del nombre con el de su propia hija, como si el destino insistiera en tejer hilos allí donde él solo buscaba certezas— seguía en la misma esquina de la placeta, con las mismas mesas de mármol desconchado y un camarero de edad avanzada que llevaba, según le confirmó el propio dueño del local, sirviendo cafés en aquella terraza desde antes incluso de que Ricard naciera.

El camarero, que respondía al nombre de Sebastià y que parecía llevar la memoria de todo el barrio grabada en los surcos profundos de su rostro, escuchó la pregunta de Ricard —una mujer joven, morena, de ojos claros, que solía venir por primavera del ochenta y tres, quizá acompañada— con la paciencia de quien ha oído mil preguntas parecidas a lo largo de los años, formuladas por maridos, por padres, por policías jubilados que ya no tenían casos que resolver salvo los de su propia familia.

—Mire, caballero, por aquí ha pasado tanta gente en cuarenta años que sería mentirle si le dijera que me acuerdo de una cara así, sin más.

—Sebastià se secó las manos en el delantal, pensativo—.

Pero si me dice usted que venía con alguien, eso ya cambia la cosa.

Aquí la gente que venía sola, pues nada, un café y ya está.

Pero la gente que venía en pareja, esa se quedaba, hablaba, discutía de arte hasta las tantas. Esos sí que se quedan en la memoria.

—Se llamaba Elena. Elena Vidal, aunque entonces todavía no era Ferrer del todo, quiero decir, ya estaba casada, pero...

Ricard se detuvo, consciente de que estaba a punto de decir en voz alta, ante un desconocido, algo que ni siquiera se había permitido pensar con esas palabras exactas: que buscaba pruebas de que su propia esposa había tenido un amante.

Sebastià, sin embargo, no pareció necesitar que terminara la frase.

—Ah. —El camarero asintió despacio, con una comprensión que a Ricard le resultó, simultáneamente, un alivio y una puñalada—.

Ya veo por dónde va la cosa. Mire, no le voy a mentir ni le voy a inventar nada que no recuerde con seguridad.

Pero si me habla de una señora así, joven, elegante, que venía algunas tardes de aquella primavera con el hijo pequeño de los Aldabó, el que después se hizo arquitecto y se fue a Barcelona…

eso sí que me suena. Se sentaban siempre en la misma mesa, la del rincón, la que da a la fuente.

Se reían mucho. Recuerdo que pensé, la primera vez que los vi, que hacían buena pareja, antes de darme cuenta, más adelante, de que ella llevaba anillo de casada y él no era, desde luego, su marido.

•  •  •

El nombre golpeó a Ricard con una fuerza que no había anticipado: Aldabó.

El mismo apellido que llevaba semanas repitiéndose en su cabeza desde que había encontrado, en la vieja agenda de la notaría de su padre, la anotación sobre la cita cancelada aquella tarde de agosto.

El señor Aldabó, el procurador de la finca de la sierra, cliente de la notaría Ferrer desde los tiempos del propio padre de Ricard.

Y ahora resultaba que el hijo de aquel mismo Aldabó, un joven que se había convertido en arquitecto en Barcelona, era —tenía que ser, la coincidencia resultaba demasiado precisa para tratarse de otra cosa— el hombre con quien Elena se había estado viendo aquella primavera y aquel verano.

La ironía tenía un filo cruel que Ricard tardó unos segundos en terminar de asimilar: la tarde en que Marc murió, Elena había llamado a la notaría para aplazar precisamente una cita con el padre del hombre con quien lo engañaba.

¿Habría sido deliberado, un modo indirecto y retorcido de mantener alejada de la familia Aldabó cualquier ocasión de cruce incómodo en un día que ya se anunciaba complicado por otros motivos?

¿O había sido, simplemente, la clase de coincidencia grotesca con la que a veces el destino parece burlarse de quienes intentan ocultar algo, entrelazando sin que nadie lo planee los hilos que después, años más tarde, alguien como Ricard tendría que desenredar uno a uno?

—¿Martí Aldabó? —preguntó, casi sin voz, necesitando oír el nombre completo pronunciado por otra persona para terminar de creérselo.

—Ese mismo. Buen chico, por lo que yo recuerdo.

Educado, hablaba bien, sabía de pintura más que la mayoría de los que venían a las inauguraciones solo por el vino gratis.

—Sebastià se encogió de hombros, con la filosofía tranquila de quien ha visto pasar demasiadas historias humanas por su terraza como para escandalizarse todavía por ninguna—.

No sé qué fue de él. Un buen día dejaron de venir los dos, de golpe, hacia finales de aquel verano, y no he vuelto a verlos por aquí ni al uno ni al otro.

Cosas que pasan, caballero. La gente entra y sale de los bares igual que entra y sale de las vidas de los demás.

•  •  •

Ricard pagó el café que no había llegado a tocar y salió a la placeta con el nombre completo repitiéndose en su cabeza como una letanía: Martí Aldabó.

Ya no era una sospecha vaga, una voz sin rostro al otro lado de un teléfono negro en el recibidor de su propia casa.

Tenía nombre, apellido, y una familia que Ricard conocía de toda la vida, cuyo patriarca había sido cliente de tres generaciones de notarios Ferrer, cuyo despacho quedaba a menos de diez minutos a pie de la propia notaría de Ricard.

Caminó sin rumbo fijo por las calles del casco antiguo, entre turistas que fotografiaban las ruinas romanas ajenos por completo al terremoto silencioso que estaba teniendo lugar dentro de aquel hombre de traje gris que caminaba entre ellos con la mirada perdida, y pensó, con una claridad que le resultó casi insoportable, en todas las veces que había coincidido con el señor Aldabó padre a lo largo de los años —en bodas, en entierros, en la firma rutinaria de escrituras— sin sospechar jamás que aquel hombre, sin saberlo tampoco él, compartía con Ricard un vínculo mucho más íntimo y mucho más doloroso del que ninguno de los dos habría podido imaginar.

Tenía ya, por fin, un nombre al que dirigir las preguntas que llevaban semanas acumulándose sin destinatario.

Lo que no tenía todavía era el valor —ni la certeza de que quisiera encontrarlo— de subir a Barcelona y llamar a la puerta de Martí Aldabó para preguntarle, sin rodeos, qué sabía él de los minutos exactos en que Marc Ferrer se había ahogado mientras su madre hablaba, en algún lugar de aquella misma ciudad, con la voz que Ricard llevaba diecinueve años creyendo conocer mejor que la suya propia.

•  •  •

Antes de volver al coche, Ricard hizo una última parada, casi sin decidirlo del todo, guiado por un impulso que no supo nombrar hasta que ya estaba de pie frente al escaparate del despacho de procuradores Aldabó e Hijos, en una calle estrecha y silenciosa del centro de Tarragona, con el mismo rótulo dorado y algo deslucido que Ricard recordaba de las contadas veces que había acompañado a su padre a firmar algún documento conjunto años atrás.

No entró. Se quedó allí, al otro lado de la calle, observando las ventanas del primer piso, donde una figura borrosa se movía tras las cortinas de encaje, y se preguntó si aquel hombre mayor —porque tenía que ser mayor ya, el propio Aldabó padre, si es que todavía trabajaba— sabía algo de la vida que su hijo había llevado en Tarragona seis años atrás, o si, como el propio Ricard hasta hacía apenas unas semanas, había vivido todos estos años completamente ajeno a los hilos invisibles que conectaban su familia con la suya.

Pensó en entrar, en presentarse, en preguntar directamente por Martí con cualquier excusa profesional que sonara plausible.

Pero se contuvo. No era todavía el momento: necesitaba primero decidir qué hacer con la información que ya tenía, cómo emplearla, a quién enfrentar primero —si a Elena, con el nombre completo por fin sobre la mesa, o directamente a Martí, lejos del alcance protector de una esposa que llevaba seis años demostrando una habilidad inquietante para convertir cualquier pregunta incómoda en una respuesta a medias, verosímil, imposible de desmontar del todo sin pruebas más contundentes.

Condujo de vuelta a casa con las ventanillas bajadas, dejando que el aire caliente de la tarde le despejara la cabeza, y por primera vez desde que había empezado aquella investigación silenciosa sintió algo parecido al vértigo del que está a punto de saltar desde un lugar muy alto: sabía ya lo suficiente para cambiarlo todo, y sin embargo no sabía todavía si sería capaz de dar el paso que ese conocimiento exigía.

•  •  •

Ya cerca de casa, paró en el mirador de la carretera de la costa, el mismo desde el que seis años atrás había visto amanecer, sin dormir, la mañana después del entierro de Marc, incapaz de volver a un dormitorio donde todo —las sábanas, el armario, el propio cuerpo dormido de Elena a su lado— le recordaba lo que acababan de enterrar.

Se sentó en el capó del coche, con el nombre de Martí Aldabó todavía resonando en su cabeza, y miró el mar oscurecerse poco a poco bajo un cielo que empezaba a llenarse de las primeras estrellas.

Pensó en Núria, que a esa hora estaría terminando los deberes en su habitación, ajena por completo a que el mundo ordenado en el que había crecido estaba a punto de resquebrajarse bajo sus pies.

Pensó en doña Pilar, que llevaba semanas esperando con la paciencia de una araña a que Ricard llegara, por fin, a la misma conclusión que ella llevaba años sospechando.

Y pensó, sobre todo, en Marc, en la imagen borrosa que conservaba de él correteando entre los rosales de la finca, y se preguntó si el niño, de haber vivido, habría llegado a conocer algún día la verdad completa de aquella tarde, o si esa verdad estaba destinada, como tantas otras cosas en aquella familia, a permanecer enterrada bajo capas y capas de silencio bien administrado.

Cuando por fin arrancó de nuevo el coche, camino ya de la calle del Carme, Ricard había tomado una decisión que le pesaba en el pecho como una losa: no iría a Barcelona todavía.

Primero le daría a Elena una última oportunidad de contarle la verdad completa, por su propia voluntad, sin necesidad de que él tuviera que arrastrarla hasta la puerta de Martí Aldabó para arrancársela a la fuerza.

Sería, se prometió a sí mismo mientras las luces de la ciudad empezaban a aparecer al fondo de la carretera, la última oportunidad que le concedería.

Después de aquella noche, si Elena seguía escondiéndose detrás de amistades inventadas y silencios calculados, Ricard ya no tendría reparo alguno en buscar la verdad allí donde hiciera falta, aunque el precio fuera derribar, piedra a piedra, todo lo que quedaba en pie de su matrimonio.