CAPÍTULO 8
Rosa Maria Puig vivía todavía en Reus, en el mismo piso de la calle Monterols donde Elena la había visitado tantas veces de jovencitas, y accedió a recibir a Ricard con la curiosidad ligeramente inquieta de quien no entiende del todo por qué el marido de una amiga de la infancia, a la que apenas ha vuelto a ver en años, se presenta de pronto en su puerta un martes por la tarde.
—Ricard Ferrer —dijo, estrechándole la mano en el rellano, sin invitarlo todavía a pasar—. Cuánto tiempo. ¿Va todo bien? ¿Le pasa algo a Elena?
—Elena está bien, no te preocupes. Solo necesitaba preguntarte una cosa, si tienes un minuto.
Rosa Maria lo hizo pasar a una salita pequeña y ordenada, con fotografías de nietos sobre el aparador y un televisor encendido sin volumen en una esquina, y le ofreció un café que Ricard rechazó con la excusa de no tener mucho tiempo, cuando en realidad era su propio estómago, encogido de nervios, el que no habría tolerado ni un sorbo.
—Necesito preguntarte por agosto de 1983 —dijo, sin más preámbulo del que era capaz de sostener—. Concretamente por una tarde. El veintiséis.
El rostro de Rosa Maria, hasta entonces amable y ligeramente expectante, se ensombreció al instante.
—El día que murió el niño. Dios mío, Ricard, cómo no me voy a acordar. Fue terrible. Terrible.
—¿Hablaste con Elena aquel día? ¿Por teléfono?
Rosa Maria lo miró con una expresión que Ricard reconoció al instante, porque era la misma que había visto en el rostro de Purificación semanas atrás: la expresión de alguien a quien se le pide confirmar un recuerdo y que, en el proceso de buscarlo, descubre que no encaja del todo con lo que se espera de él.
—¿Que si hablé con Elena aquel día? —repitió, casi para sí misma, como quien repasa mentalmente un calendario borroso por el tiempo—.
No, Ricard. No hablé con Elena aquel día.
De hecho, llevábamos meses sin hablar. Casi un año, creo.
Desde que se casó su prima Montse, que fue la última vez que coincidimos, y aun así solo fue un saludo rápido en la boda.
Ricard sintió que el suelo de aquella salita ordenada, con sus fotografías de nietos y su televisor mudo, se inclinaba levemente bajo sus pies, como si la casa entera hubiera decidido, por un instante, dejar de sostenerse en línea recta.
—¿Estás segura? ¿Completamente segura?
—Ricard, no hemos hablado por teléfono desde hace años, y menos aún «casi cada tarde», como me dices que ella te ha contado.
—Rosa Maria negó con la cabeza, con un gesto que era más de desconcierto que de acusación, porque no tenía forma de saber en qué red se había convertido, sin quererlo, uno de los hilos—.
¿Por qué me preguntas esto ahora, después de tantos años? ¿Ha pasado algo?
• • •
Ricard condujo de vuelta desde Reus por la autovía, con las manos aferradas al volante en una tensión que le dolía en los antebrazos, repitiendo mentalmente, una y otra vez, la conversación que acababa de tener.
No había margen de error posible, no en esta ocasión: Rosa Maria no había dado una respuesta ambigua, ni una explicación forzada, ni un silencio calculado.
Había respondido con la sorpresa genuina y un poco herida de alguien a quien se atribuye, sin su conocimiento, una amistad que hacía años que apenas existía.
Elena le había mentido. No una imprecisión del shock, no un recuerdo confuso por el paso de los años: una mentira construida con nombre y apellido, con la precisión suficiente para resultar verosímil, con un detalle real —la existencia de Rosa Maria, la amistad de juventud— utilizado como andamiaje para sostener una fabricación completa.
Y si aquello era mentira, ¿qué parte, entonces, de todo lo que Elena le había contado aquella noche en el dormitorio, con las lágrimas cayéndole por el rostro y las manos entrelazadas hasta blanquear los nudillos, podía seguir sosteniéndose como verdad?
Ricard paró el coche en un área de servicio a mitad de camino, incapaz de seguir conduciendo con la cabeza tan llena de ruido, y se quedó allí sentado, con el motor apagado y las manos todavía en el volante, durante casi una hora, mientras el sol de la tarde se iba inclinando sobre los campos de avellanos que bordeaban la carretera.
Pensó en su padre, en la notaría, en los cientos de contratos que había redactado a lo largo de los años basándose en la confianza de que las dos partes decían la verdad sobre lo que firmaban.
Pensó en lo ingenuo que resultaba ahora ese oficio, construido sobre la ficción de que las personas, ante un documento formal, ante un compromiso serio, se comportan con honestidad.
Él mismo llevaba diecinueve años firmando, sin saberlo, un documento distinto cada día: el matrimonio con una mujer capaz de mentir con la fluidez suficiente como para inventar, sobre la marcha, una amistad completa, con nombre, con detalles, con la textura verosímil de una vida compartida que jamás había existido en la forma en que ella la había descrito.
• • •
Cuando por fin llegó a casa, ya de noche, encontró las luces apagadas salvo la del dormitorio, y a Elena dormida —o fingiendo dormir, ya no sabía distinguirlo— de espaldas a la puerta.
Se quedó de pie en el umbral, mirando la forma de su cuerpo bajo las sábanas, la respiración que subía y bajaba con una regularidad perfecta, y sintió, por primera vez desde que había empezado a tirar de aquel hilo, no rabia ni siquiera tristeza, sino algo mucho más frío y mucho más definitivo: la certeza absoluta de que ya no importaba cuánto tiempo más tardara en descubrir la verdad completa, porque la mentira, en sí misma, ya había destruido algo entre ellos que no tenía reparación posible.
No la despertó. Se sentó en el sillón junto a la ventana, todavía vestido, y decidió que a partir de esa noche dejaría de darle a Elena la oportunidad de seguir construyendo explicaciones.
La próxima vez que hablara con ella, no sería para darle ocasión de mentir de nuevo.
Sería para decirle, con la misma precisión notarial con la que redactaba cualquier documento vinculante, exactamente lo que sabía —y exactamente lo que ya no estaba dispuesto a seguir fingiendo que no sabía.
• • •
Pero no habló con ella esa noche, ni la siguiente.
Descubrió, para su propia sorpresa, que necesitaba tiempo antes de dar aquel paso: no por falta de certeza, sino porque una parte de sí mismo —la parte que todavía recordaba a la joven Elena Vidal, veintidós años, riéndose bajo la pérgola de la finca en el banquete de su boda, la parte que había construido con ella diecinueve años de vida entrelazada de un modo que ya no sabía deshacer sin destruirlo todo— necesitaba, antes de la ruptura definitiva, entender el porqué.
Empezó entonces una investigación distinta, más silenciosa y más metódica que la anterior: revisó, noche tras noche, los extractos bancarios antiguos que conservaba en el archivo de la notaría, buscando algún pago, alguna transferencia, algún gasto fuera de lo común en los meses previos a la muerte de Marc que pudiera arrojar luz sobre la persona con la que Elena había estado hablando realmente aquellas tardes de verano.
Revisó también, con una punzada de vergüenza que no lograba acallar del todo, las cartas antiguas que Elena guardaba en una caja de latón en el altillo del armario, cartas de juventud, postales de viajes, nada que pareciera comprometedor a primera vista, pero que Ricard examinó con el mismo cuidado forense con que un investigador examina la escena de un crimen, buscando un nombre, una letra desconocida, cualquier indicio que pudiera sustituir el nombre falso de Rosa Maria por uno verdadero.
No encontró nada concluyente aquella semana.
Pero encontró, doblada entre las páginas de un libro de poemas que Elena guardaba desde sus años de estudiante, una entrada de una exposición de pintura en Tarragona, fechada en la primavera de 1983, con una anotación a lápiz en el reverso —una hora, un nombre de café, nada más— que no significaba nada para nadie que no llevara semanas buscando exactamente ese tipo de grieta minúscula en la superficie pulida de una vida en apariencia intachable.
Ricard se quedó mirando aquella entrada de museo, aquella letra que reconocía como la de Elena de hacía años, más redonda, más despreocupada que la que usaba ahora, y sintió que por fin, después de semanas de sospechas difusas, tenía en las manos algo que se parecía, aunque fuera vagamente, a un principio de verdad.