El peso del silencio CAPÍTULO 7
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CAPÍTULO 7

Elena esperó a que Ricard se sentara en el borde de la cama, con la chaqueta todavía puesta, antes de empezar a hablar, porque llevaba media noche ensayando en silencio las palabras exactas que iba a usar, calculando cada una con la misma precisión con la que en tiempos había calculado los aplazamientos de la agenda de la notaría.

—Sé que has estado hablando con Purificación. Y con Emili. —No era una pregunta, y Ricard no la trató como tal—. Sé que has encontrado algo que no te cuadra.

Ricard la miró largamente, buscando en su rostro alguna señal de la mujer que Purificación le había descrito por teléfono aquella tarde de hacía seis años, esa calma imposible, esa ausencia total de temblor.

No la encontró: Elena tenía los ojos enrojecidos, las manos entrelazadas con tanta fuerza que los nudillos se le habían quedado blancos, y por primera vez en mucho tiempo, Ricard no supo si lo que veía era la verdad por fin asomando o una actuación todavía más pulida que todas las anteriores.

—Entonces cuéntamelo tú —dijo él—. Cuéntamelo tú antes de que tenga que seguir buscándolo por mi cuenta, pieza a pieza, como si fuera un extraño en mi propia vida.

Elena cerró los ojos un instante. Cuando volvió a abrirlos, había tomado una decisión, la misma decisión, en el fondo, que llevaba tomando cada día desde hacía seis años: no contar la verdad entera, sino la porción exacta de verdad que permitiera que la mentira siguiera sosteniéndose en pie.

—Aquella tarde estaba al teléfono —dijo, y cada palabra le costaba un esfuerzo físico, como si tuviera que arrancársela de un lugar profundo y resistente—.

Con una amiga. Con Rosa Maria, de Reus, ¿te acuerdas de ella?

Llevábamos meses hablando casi cada tarde, cosas de mujeres, tonterías, y aquel día me distraje más de la cuenta.

Ricard escuchaba con una atención absoluta, notarial, la misma con la que llevaba media vida escuchando testimonios en su despacho, calibrando cada pausa, cada elección de palabra, cada detalle que sonaba genuino frente a cada detalle que sonaba preparado.

El nombre de Rosa Maria existía, lo sabía; era una compañera del colegio de Elena que se había mudado a Reus años atrás y con la que, en efecto, Elena había mantenido cierta correspondencia.

Era, se dio cuenta con una punzada amarga, una mentira construida sobre una verdad real, la técnica más antigua y más efectiva de todas.

—¿Y cuando colgaste? —preguntó Ricard, con una voz que se esforzaba por sonar neutra.

Elena tardó en responder. Cuando lo hizo, las lágrimas que había estado conteniendo empezaron a caer, y Ricard no pudo determinar, ni entonces ni después, si eran lágrimas genuinas por el recuerdo de aquella tarde o lágrimas cuidadosamente permitidas para sostener el resto del relato.

—Cuando colgué y salí al porche y vi… —Se detuvo, se llevó una mano a la boca, y por un momento pareció incapaz de continuar—.

Cuando lo vi, Ricard, me quedé paralizada.

No pude moverme. No pude gritar. Me quedé de pie, mirando la piscina, no sé cuánto tiempo, con el cuerpo completamente congelado, incapaz de reaccionar, hasta que algo en mí, no sé qué, se rompió por fin y pude correr hacia él.

Era, comprendió Ricard con un escalofrío, casi exactamente la explicación que el propio doctor Roca le había ofrecido en su consulta como la alternativa amable, la que no implicaba nada oscuro: el shock paralizante que borra minutos enteros de la memoria consciente.

Y sin embargo, oírla en boca de Elena, con ese llanto perfectamente calibrado, le produjo el efecto contrario al que sin duda pretendía: en lugar de tranquilizarlo, aumentó su desconfianza, porque la explicación encajaba con una precisión casi demasiado perfecta con lo que él mismo había estado buscando.

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—¿Y la llamada a la notaría? —preguntó, decidido a no dejar que el llanto de Elena cerrara la conversación antes de tiempo—. ¿La que aplazó al señor Aldabó? Purificación dice que sonabas tranquila. Ordenada. Nada que ver con una mujer que acaba de salir de un shock.

Por primera vez desde que había empezado a hablar, Elena vaciló de verdad, y Ricard, que llevaba media vida detectando exactamente ese tipo de vacilación en los testigos menos preparados, supo que había tocado el punto donde el relato ensayado no llegaba a cubrir del todo la realidad.

—No lo recuerdo bien, Ricard. Han pasado seis años.

Supongo que en algún momento, entre el desmayo y la llegada del médico, alguien tuvo que llamar a la notaría, y seguramente fui yo, de forma automática, sin ser consciente de lo que hacía.

El cuerpo hace cosas extrañas cuando la mente no puede procesar lo que está pasando.

Pregúntaselo a Emili, él te lo explicará mejor que yo.

Era, tuvo que admitir Ricard, una respuesta técnicamente posible.

Había leído, en algún artículo de una revista médica que hojeó distraídamente en la sala de espera de algún dentista, sobre estados disociativos, sobre personas que realizaban tareas complejas en pleno shock sin guardar memoria consciente de haberlas hecho.

Podía ser cierto. Quería, con una parte de sí mismo que llevaba seis años cansada de sospechar, que fuera cierto.

Pero había otra parte, más nueva, más afilada, que llevaba solo unos días despierta y que ya no se conformaba con explicaciones posibles cuando lo que necesitaba eran explicaciones verdaderas.

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—Está bien —dijo por fin, con una voz vacía de la que ni él mismo sabría decir qué sentimiento la sostenía—. Está bien, Elena.

No era, ambos lo sabían, una frase de perdón ni de cierre.

Era, simplemente, una tregua: la decisión tácita de dejar descansar, por esa noche, una conversación que ninguno de los dos tenía ya fuerzas para sostener más tiempo.

Ricard se quitó por fin la chaqueta, se tumbó en su lado de la cama sin apagar del todo la luz de la mesilla, y ambos permanecieron despiertos durante horas, dándose la espalda, fingiendo cada uno para el otro un sueño que ninguno de los dos estaba teniendo.

Elena, con los ojos abiertos en la oscuridad, repasaba una y otra vez cada palabra que había dicho, buscando fisuras, calculando si Ricard las habría encontrado también.

Había mentido, sí, pero había mentido con la habilidad de quien lleva seis años entrenándose para ese momento exacto, entretejiendo verdad y ficción hasta hacerlas indistinguibles incluso para sí misma.

Ricard, por su parte, repasaba la conversación desde el ángulo opuesto, notario hasta en la intimidad de su propia cama, buscando la grieta que su instinto le decía que tenía que estar ahí, en algún punto entre el llanto de Elena y la precisión, demasiado perfecta, de su explicación médica.

No la había encontrado esa noche. Pero sabía, con una certeza que le impedía conciliar el sueño, que seguiría buscándola hasta encontrarla, aunque tardara meses, aunque el precio fuera la propia vida que había construido junto a aquella mujer que ahora, por primera vez en diecinueve años, le resultaba casi una desconocida.

•  •  •

Los días siguientes trajeron una tregua extraña, casi cómoda en su falsedad: Ricard dejó de mencionar el asunto, Elena dejó de esperar, con el estómago encogido, que cada cena trajera una nueva pregunta, y la casa de la calle del Carme recuperó, en apariencia, el ritmo tranquilo de siempre.

Pero era una tranquilidad de superficie, del tipo que Elena conocía bien, porque llevaba seis años viviendo encima de una igual: debajo seguía corriendo, silenciosa e implacable, la misma corriente de sospecha que no se había resuelto, solo aplazado.

Ricard retomó sus rutinas —la notaría por las mañanas, el club de tenis los sábados, la partida de dominó de los jueves con dos amigos de toda la vida— con una normalidad que a cualquier observador externo le habría parecido completa.

Pero por las noches, cuando Elena ya dormía, bajaba a su despacho y sacaba de nuevo el certificado de defunción, releía la anotación de las dos horas, y anotaba en un cuaderno nuevo, comprado expresamente para ese propósito, cada inconsistencia que iba encontrando: la explicación de Rosa Maria, que sonaba verosímil pero que nunca había podido confirmar del todo, porque Elena y su amiga de Reus habían dejado de hablarse, según la propia Elena, «hacía ya un tiempo, cosas de la vida»; la extraña precisión de la explicación médica de Elena, tan ajustada a lo que el propio Emili le había sugerido; y, sobre todo, una pregunta que no dejaba de crecer en la penumbra de aquellas noches insomnes: ¿por qué, si de verdad todo había sido un accidente sin más secreto que el dolor y la parálisis, Elena necesitaba explicar cada detalle con tanto cuidado, en lugar de simplemente vivir el duelo con la torpeza natural de cualquier persona rota por la pena?

Fue en una de esas noches, hojeando el cuaderno bajo la luz de la lámpara de su padre, cuando Ricard tomó una decisión que cambiaría, sin que él lo supiera todavía, el curso entero de los meses siguientes: llamaría a Rosa Maria de Reus.

Y si Rosa Maria confirmaba la llamada de aquella tarde, dejaría descansar sus sospechas para siempre.

Pero si no la confirmaba, ya no habría marcha atrás posible.