CAPÍTULO 6
Doña Pilar llegó sin avisar, como hacía siempre, con la excusa de traer unos melocotones de su huerto que en realidad podría haber mandado con la asistenta, y se sentó en la cocina con la espalda recta y las manos cruzadas sobre el regazo en esa postura de reina destronada que llevaba adoptando desde que Ricard había heredado la notaría y ella había pasado, en su propia percepción, de ser la señora Ferrer a ser simplemente «la madre del notario».
—Qué casa tan silenciosa —dijo, mirando alrededor con esos ojos pequeños y agudos que nunca se perdían un detalle—. ¿Dónde está Ricard?
—En la notaría. Ya sabes que estos días anda liado con papeles de tu marido, que en paz descanse.
Doña Pilar chasqueó la lengua, un gesto que en su repertorio gestual equivalía a una acusación completa. Elena, que llevaba diecinueve años aprendiendo a leer aquel código privado, sintió que el estómago se le encogía antes incluso de que la mujer volviera a hablar.
—Papeles de mi marido. —Doña Pilar sonrió sin ninguna alegría—.
Elena, hija, llevo sesenta y ocho años en este pueblo.
Aquí no se mueve una mosca sin que yo me entere antes de que aterrice.
Y me han dicho que mi hijo ha estado visitando al doctor Roca.
Y a Purificación. Preguntando por agosto del ochenta y tres.
El silencio que siguió fue tan denso que Elena pudo oír, con una nitidez casi dolorosa, el zumbido de la nevera y, más allá, en la calle, el motor de algún coche pasando despacio.
—No sé de qué hablas —dijo, con una voz que a sus propios oídos sonó demasiado firme, sospechosamente firme, la voz de alguien que ha ensayado esa misma frase durante seis años sin saber que algún día tendría que usarla contra su propia suegra.
—Claro que lo sabes —replicó doña Pilar, sin alzar la voz, sin necesitarlo, porque llevaba toda una vida ejerciendo la autoridad con el mismo tono con que se pide una taza de té—.
Siempre lo has sabido todo, Elena. Desde el primer día que entraste en esta familia, con tus modales de ciudad y tu padre sin apellido que conocer, siempre he pensado que sabías exactamente lo que hacías.
Elena sintió que algo antiguo y furioso se removía dentro de ella, algo que llevaba diecinueve años conteniendo por educación, por prudencia, por el simple instinto de supervivencia que exige convivir en paz con la madre del propio marido.
—¿Qué estás insinuando, Pilar?
La anciana la miró largamente, con una expresión que no era del todo hostil —Elena habría podido soportar la hostilidad, incluso agradecerla, porque al menos habría sido honesta— sino algo más complicado: una mezcla de curiosidad clínica y de vieja sospecha por fin autorizada a salir a la luz después de seis años de silencio obligado.
—No insinúo nada, hija. Solo te digo lo que veo.
Veo a mi hijo, que en seis años no había vuelto a mencionar aquella tarde ni una sola vez, de repente obsesionado con fechas y horas y certificados médicos.
Y veo a la madre de mi nieto muerto, que lleva seis años exactamente igual de tranquila que el primer día, sin un solo desliz, sin una sola grieta.
—Hizo una pausa calculada, de esas que Elena reconocía de las largas sobremesas familiares, donde doña Pilar siempre esperaba a que el silencio hiciera el trabajo por ella—.
Y eso, Elena, en toda mi vida, nunca lo había visto en una madre de verdad.
• • •
Elena no recordó, después, cómo consiguió terminar aquella visita sin llorar, sin gritar, sin confirmar con su propio rostro cada una de las sospechas de doña Pilar.
Se despidió con la misma cortesía de siempre, prometió mandar recuerdos a la hermana de Reus, y cerró la puerta con una calma que le costó cada gramo de voluntad que le quedaba en el cuerpo.
Solo cuando el coche de su suegra desapareció al final de la calle, Elena se permitió apoyar la espalda contra la puerta cerrada y deslizarse hasta el suelo, con las piernas temblando, mientras las palabras de doña Pilar seguían resonando: «Eso, en toda mi vida, nunca lo había visto en una madre de verdad».
Lo peor, pensó Elena, sentada en el suelo del recibidor con la espalda contra la madera fría, no era que su suegra sospechara.
Doña Pilar llevaba sospechando de ella desde el día de la boda, y esa sospecha, hasta ahora, había sido solo el ruido de fondo incómodo de una vida por lo demás soportable.
Lo verdaderamente terrible era que, por primera vez, la sospecha tenía delante un aliado inesperado: Ricard, con sus visitas discretas, con sus preguntas cuidadosamente formuladas, estaba construyendo sin saberlo el mismo caso que doña Pilar llevaba años deseando poder construir.
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Aquella noche, mientras fingía leer una novela en el sofá del salón sin entender una sola línea de lo que sus ojos recorrían, Elena tomó una decisión que llevaba días evitando: tenía que adelantarse.
No podía seguir esperando, pasiva, a que Ricard fuera acumulando piezas hasta completar un rompecabezas que terminaría por señalarla de manera irrefutable.
Tenía que hablar con él antes de que doña Pilar lo hiciera, antes de que la anciana, con su paciencia de décadas y su instinto certero, encontrara la manera de plantar en la cabeza de su hijo la palabra que todavía nadie, en toda esta historia, se había atrevido a pronunciar en voz alta.
Pero hablar con Ricard significaba decidir, por fin, cuánto estaba dispuesta a contarle.
La verdad completa —Martí, el teléfono, los minutos exactos, la decisión fría y calculada de recomponer la escena antes de dar la alarma— podía significar perderlo todo: a Ricard, a Núria, el apellido Ferrer que llevaba diecinueve años vistiendo como una segunda piel.
Pero una verdad a medias, cuidadosamente editada, quizá bastara para satisfacer las preguntas de Ricard sin destruir la vida que Elena había construido, ladrillo a ladrillo, sobre los cimientos de aquella mentira original.
El problema, comprendió con una claridad que la dejó sin aliento, era que ya no sabía si sería capaz de distinguir, llegado el momento, dónde terminaba la verdad a medias y dónde empezaba una mentira nueva, tan cuidadosamente construida como la primera.
• • •
Núria entró en el salón poco antes de las diez, con los libros del instituto abrazados contra el pecho, y se detuvo un instante en el umbral al ver a su madre sentada a oscuras, con la novela abierta sobre el regazo y la mirada perdida en algún punto de la pared que no contenía nada.
—Mamá, ¿estás bien?
Elena se sobresaltó, como si la hubieran sorprendido haciendo algo prohibido, y encendió la lámpara del sofá con una rapidez que probablemente delató más de lo que pretendía ocultar.
—Sí, cariño, perdona, estaba distraída con la lectura. ¿Ya has cenado?
Núria se sentó en el brazo del sofá, con esa mezcla de torpeza y ternura de los quince años, la edad en que los hijos empiezan a mirar a sus padres no como figuras absolutas sino como personas con grietas, con historias propias que no siempre se cuentan del todo.
—Papá está muy raro últimamente —dijo Núria, sin mirarla, jugueteando con el borde de un cojín—. Anoche le oí hablando solo en el despacho. Y esta mañana, en el desayuno, te miraba como… no sé, como si tuviera miedo de algo.
Elena sintió que el corazón le daba un vuelco.
Si Núria, con quince años y la cabeza llena de exámenes e ilusiones adolescentes, había notado ya el cambio en Ricard, ¿cuánto tardaría en notar también el cambio en ella misma, en las ojeras que el maquillaje ya no lograba disimular del todo, en el modo en que Elena evitaba, desde hacía días, quedarse a solas en cualquier habitación con su marido más de lo estrictamente necesario?
—Tu padre está reordenando papeles de la notaría, cielo, cosas atrasadas de cuando murió el abuelo. Ya sabes cómo se pone con esas cosas, todo le parece urgente.
Fue, se dio cuenta Elena en el mismo instante en que pronunciaba la frase, la primera mentira directa que le decía a su hija sobre aquel asunto, una mentira pequeña y aparentemente inofensiva que sin embargo se sumaba, con un peso propio, a la arquitectura entera que llevaba seis años sosteniendo.
Se preguntó, con una punzada de vértigo, cuántas mentiras más tendría que ir añadiendo, una tras otra, para proteger a Núria de una verdad que la propia Elena todavía no sabía cómo nombrar del todo.
Núria no pareció convencida —tenía, como su padre, esa capacidad silenciosa de detectar cuando algo no encajaba del todo— pero no insistió.
Besó a su madre en la mejilla, le deseó buenas noches, y subió las escaleras hacia su habitación con los libros todavía abrazados contra el pecho, dejando a Elena de nuevo a solas con la lámpara encendida y la certeza, cada vez más nítida, de que el círculo de personas capaces de percibir que algo se estaba resquebrajando en aquella familia empezaba a crecer más deprisa de lo que ella podía controlar.
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Ricard llegó pasada la medianoche, oliendo levemente al humo de la notaría, donde ya nadie fumaba desde hacía años salvo él mismo, en los últimos tiempos, cuando el peso de sus propios pensamientos se volvía insoportable sin un cigarrillo entre los dedos.
Encontró a Elena todavía despierta, sentada en la cama con la luz de la mesilla encendida, esperándolo con una quietud que a él le pareció, por primera vez en seis años, deliberadamente ensayada.
—Tenemos que hablar —dijo ella, antes de que él pudiera siquiera quitarse la chaqueta.
Ricard se detuvo en el umbral del dormitorio, con la mano todavía en el marco de la puerta, y durante un instante ninguno de los dos dijo nada más, como si ambos comprendieran, sin necesidad de palabras, que aquella frase —«tenemos que hablar»— llevaba seis años esperando pacientemente su turno, y que ya no había manera de seguir posponiéndola ni una noche más.
—Está bien —dijo él por fin, cerrando la puerta a su espalda con un chasquido suave que a Elena le sonó, absurdamente, como el cierre de algo mucho más grande que una simple puerta—. Hablemos.