El peso del silencio CAPÍTULO 5
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CAPÍTULO 5

El doctor Emili Roca recibió a Ricard en la misma consulta de siempre, en la calle Major, con las mismas estanterías de libros de medicina encuadernados en piel oscura y el mismo escritorio de roble donde había extendido, seis años atrás, un certificado de defunción que Ricard nunca había vuelto a mirar después de firmarlo entre lágrimas.

—Ricard —dijo el médico, levantándose para estrecharle la mano con esa calidez profesional que llevaba cuarenta años perfeccionando—. Cuánto tiempo. Siéntate, siéntate. ¿Cómo va todo? ¿Cómo está Elena?

Habían sido, además de médico y paciente, amigos desde la infancia —compañeros de colegio, de excursiones al Montsant, de las primeras fiestas mayores— y esa amistad antigua fue, precisamente, lo que permitió a Ricard saltarse los preámbulos con una franqueza que no se habría permitido con nadie más.

—Emili, necesito que me hables como médico, no como amigo. Del día que murió Marc.

La sonrisa de bienvenida se borró del rostro del doctor Roca con una lentitud dolorosa, como si las palabras de Ricard hubieran apagado, una a una, todas las luces de la habitación.

—Ricard…

—Sé que es raro. Sé que han pasado seis años. Pero necesito saberlo, Emili. Necesito que me digas, con la mayor precisión posible, qué fue lo que encontraste aquella tarde. Qué te dijo tu instinto médico, más allá de lo que pusiste en el certificado.

El doctor Roca se quitó las gafas, las limpió con el borde de la bata en un gesto que Ricard reconoció como su manera habitual de ganar tiempo antes de decir algo difícil, y finalmente las volvió a colocar sobre el puente de la nariz con un suspiro largo.

—¿Por qué ahora, Ricard? ¿Ha pasado algo?

—Puede que sí. No lo sé todavía. Por eso necesito que me lo cuentes tú primero, sin que yo te diga lo que sospecho, para no condicionar lo que recuerdas.

Era un truco de notario, una manera de obtener testimonio limpio que Ricard había empleado cientos de veces con clientes reticentes, y le sorprendió a sí mismo utilizándolo ahora, en la consulta de un amigo, para desenterrar la verdad sobre la muerte de su propio hijo.

•  •  •

—Cuando llegué a la finca —empezó el doctor Roca, con la voz de quien elige cada palabra como quien camina sobre hielo—, ya estabais todos allí.

Tu padre, Elena, el servicio. Marc estaba tendido junto a la piscina, y Elena…

Elena estaba destrozada, Ricard, no sé cómo explicarte de otra manera lo que vi aquella tarde. Un dolor que no se puede fingir.

Ricard asintió, aunque algo en su pecho se apretó al oír aquello: no dudaba del dolor de Elena, nunca lo había dudado, y sin embargo esa certeza empezaba a resultarle insuficiente. El dolor no excluía la mentira. A veces, sospechaba ahora, hasta la alimentaba.

—Eso ya lo sé, Emili. Lo que necesito saber es lo otro. Lo técnico.

El doctor Roca se levantó, caminó hasta la ventana, y habló dándole la espalda a Ricard, como si le resultara más fácil decir lo que tenía que decir sin verle la cara.

—Cuando examiné el cuerpo, Ricard, había signos…

había signos que no encajaban del todo con un ahogamiento reciente.

La temperatura corporal, la palidez, un principio de livideces en la espalda que sugerían que Marc llevaba ya un tiempo fuera del agua cuando llegué, más tiempo del que cabría esperar si el aviso se hubo dado de inmediato.

La habitación pareció encogerse alrededor de Ricard.

Había ido a aquella consulta con una sospecha, una intuición fundada en la voz demasiado tranquila que Purificación había descrito, pero oírlo así, en boca de un médico, con el peso frío de la ciencia detrás de cada palabra, era distinto a cualquier cosa que hubiera imaginado.

—¿Cuánto tiempo, Emili? Necesito un número.

—No puedo darte un número exacto, no sin haber hecho entonces un examen forense completo, que nadie pidió porque nadie, en aquel momento, sospechaba de nada.

—El doctor se volvió por fin, y en sus ojos Ricard vio algo parecido a la culpa—.

Pero si me preguntas mi impresión clínica, no de laboratorio, de aquella tarde...

yo diría que Marc llevaba muerto entre treinta y cuarenta y cinco minutos cuando llegué, no los diez o quince que cabría suponer si Elena lo hubiera encontrado nada más ocurrir el accidente y hubiera dado la alarma de inmediato.

Treinta y cuarenta y cinco minutos. Ricard hizo el cálculo con una parte de sí mismo que funcionaba, extrañamente, con precisión de reloj suizo, mientras el resto de su cuerpo parecía haberse quedado suspendido en un vacío sin aire: si Marc había muerto sobre las cuatro y media, y el doctor Roca había llegado poco después de las cinco y media —lo recordaba bien, porque el propio Ricard había interrumpido una reunión al recibir el aviso, a las cinco y veinte—, entonces el margen que describía el médico encajaba, dolorosamente, con la llamada tranquila y ordenada que Purificación había recibido pasadas las cinco: una llamada hecha, con toda probabilidad, cuando Elena ya sabía —tenía que saber— que su hijo estaba muerto en la piscina.

—¿Por qué no dijiste nada de esto entonces? —preguntó Ricard, con una voz que ya no reconocía como suya.

—Porque no había ningún motivo para dudar de nada, Ricard —dijo el doctor Roca, casi suplicante—.

Erais una familia destrozada por una tragedia.

Elena estaba fuera de sí. Nadie, ni yo ni el juez que firmó el archivo del caso como accidente doméstico, tenía ningún motivo para pensar que hubiera algo más que contar.

Y sigo sin saber si lo hay, Ricard. Una diferencia de treinta minutos puede explicarse de mil maneras que no impliquen nada oscuro: el shock paraliza a las personas, las deja incapaces de reaccionar durante minutos que después no recuerdan haber vivido.

Podría ser exactamente eso. No vengas a buscar un monstruo donde quizá solo hay una madre que se quedó paralizada de horror.

•  •  •

Ricard condujo de vuelta a la notaría sin encender la radio, sin más compañía que el zumbido del motor y la voz del doctor Roca repitiéndose en su cabeza: treinta, cuarenta y cinco minutos.

Quiso aferrarse a la explicación amable, a la imagen de Elena paralizada de horror junto al cuerpo de su hijo, incapaz de moverse, incapaz de gritar, atrapada en ese tiempo suspendido que a veces el dolor más extremo provoca en las personas.

Pero esa imagen no encajaba con la voz que Purificación había descrito. No se paraliza de horror una mujer que, media hora después de encontrar a su hijo ahogado, es capaz de deletrear con precisión el apellido de un comprador de fincas para que la agenda de la notaría no se equivoque.

Algo no cuadraba. Y por primera vez, sentado en su coche frente al semáforo de la plaza Major, Ricard permitió que su mente formulara, con toda su crudeza, la pregunta que llevaba días evitando: ¿qué había hecho Elena, exactamente, durante esos treinta o cuarenta y cinco minutos que separaban la muerte de Marc de la llamada que finalmente dio la alarma al mundo?

•  •  •

Esa noche, incapaz de conciliar el sueño, Ricard bajó a su despacho de casa —un cuarto pequeño junto al recibidor donde guardaba, por costumbre notarial, copias de casi todos los documentos importantes de su vida— y sacó de un cajón el expediente del entierro de Marc: la factura de la funeraria, el permiso de inhumación, y, sujeto con un clip a la última página, el certificado de defunción firmado por el doctor Roca aquella misma tarde de agosto.

Lo leyó por primera vez en seis años con ojos distintos, ojos de notario acostumbrado a buscar la grieta en cualquier documento, la palabra fuera de lugar, la fecha que no encaja.

Y allí, en la casilla destinada a la hora de la defunción, encontró algo que en su momento no había significado nada para él, ocupado como estaba por el duelo, pero que ahora se le clavó en el pecho como una astilla: «Hora aproximada de la defunción: 16:30 h. Hora de constatación: 17:35 h».

Sesenta y cinco minutos. No treinta, no cuarenta y cinco, como había estimado el doctor de memoria aquella misma tarde en su consulta, sino sesenta y cinco minutos completos entre la hora aproximada de la muerte y la hora en que un médico había podido finalmente constatarla.

El propio documento oficial, firmado por su amigo, sostenía una discrepancia mayor de la que el propio doctor recordaba, como si incluso la letra fría de un formulario administrativo hubiera guardado, todo este tiempo, una verdad que nadie se había atrevido a mirar de frente.

Ricard se quedó largo rato con el papel entre las manos, en la penumbra de su despacho, escuchando la casa dormida a su alrededor: el reloj del pasillo, el motor de la nevera encendiéndose en la cocina, y en algún punto sobre su cabeza, tras la puerta cerrada del dormitorio, la respiración de la mujer con quien había compartido diecinueve años de vida y de la que ahora, por primera vez, sentía que apenas conocía la mitad.

Guardó el documento de nuevo en el cajón, pero no volvió a la cama.

Se sentó en el sillón de cuero gastado que había sido de su padre, con la casa a oscuras y el papel guardado a pocos centímetros de su mano, y decidió, en algún momento indeterminado de aquella noche interminable, que no pararía hasta saber qué había ocurrido de verdad durante esos sesenta y cinco minutos que su mujer llevaba seis años borrando de la historia oficial de sus vidas.