CAPÍTULO 4
Elena no durmió aquella noche, ni la siguiente.
Se quedaba tendida junto a Ricard, escuchando su respiración volverse profunda y regular, y cuando estaba segura de que dormía, bajaba descalza a la cocina y se sentaba a oscuras junto a la ventana que daba al jardín, mirando la mancha negra y rectangular de la piscina, apagada desde hacía seis años, cubierta cada invierno con una lona verde que Ricard insistía en quitar cada primavera «para que no se estropee el filtro» y que ella, cada primavera, volvía a cubrir en cuanto él se iba a la notaría.
Había desarrollado, con los años, una liturgia privada para sobrevivir a los días: no cruzar el jardín después de las cuatro de la tarde, la hora exacta; no entrar en la habitación de Marc, que Ricard había insistido en conservar tal cual, con los cochecitos alineados sobre la estantería y el olor a colonia infantil que ya no podía ser real pero que Elena juraba seguir percibiendo cada vez que, por error, abría esa puerta; y, sobre todo, no dejar jamás que nadie —ni Ricard, ni Núria, ni el espejo del baño a las tres de la madrugada— le sostuviera la mirada el tiempo suficiente para ver lo que había debajo.
Esa liturgia, que llevaba seis años sosteniendo con la disciplina silenciosa de quien reza un rosario que ya no cree pero que teme abandonar, se había resquebrajado de golpe la tarde en que Ricard volvió del pueblo con los ojos de un hombre que ha visto algo que no sabe nombrar.
«He ido a ver a Purificación.» «Hemos hablado de agosto del ochenta y tres.»
Las frases se le habían quedado clavadas en algún punto entre las costillas, y llevaba dos días sin poder respirar hondo del todo, como si un hueso astillado le impidiera llenar los pulmones.
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El teléfono del recibidor, el mismo aparato negro y pesado de seis años atrás —Ricard nunca había querido cambiarlo, decía que aún funcionaba perfectamente, y Elena sospechaba que en realidad era otra de las piezas de aquella tarde que ninguno de los dos se atrevía a tocar—, había sido durante meses, en el verano del ochenta y tres, la puerta secreta hacia una vida paralela que Elena no se permitía nombrar ni siquiera en sus pensamientos más privados.
Martí. Se llamaba Martí, y había sido, durante ese único verano, la prueba de que Elena Vidal seguía existiendo debajo de la señora Ferrer: una risa que no calculaba el efecto que producía, una manera de hablarle de pintura y de libros como si su opinión importara más allá de la mesa familiar, una atención que no llevaba adjunta ninguna factura de gratitud ni ningún deber de esposa.
Se habían conocido en una exposición en Tarragona, en primavera, y para agosto ya existía entre ellos ese lenguaje cifrado de las llamadas a las cuatro de la tarde, cuando doña Pilar dormía la siesta y Ricard estaba lejos, en la notaría, ajeno por completo a que su mujer hubiera encontrado, en la voz de otro hombre, un rincón de sí misma que llevaba años dando por perdido.
Después de aquel veintiséis de agosto, Elena no volvió a descolgar el teléfono para él.
No hizo falta ninguna conversación, ninguna ruptura formal: simplemente dejó de existir la mujer que había hablado con Martí durante aquellos meses, sustituida de un día para otro por otra Elena, una viuda de su propio hijo, que ya no tenía derecho a ningún placer que no fuera la expiación.
Durante seis años había conseguido no pensar en él más que en fogonazos breves y controlados, del mismo modo que había aprendido a no pensar en la piscina, en el sonido del teléfono cayendo al suelo, en la hora exacta —las cuatro y diez— en que había empezado todo.
Pero esa noche, sentada a oscuras en la cocina, con la pregunta de Ricard todavía resonando entre las costillas, Elena pensó en Martí por primera vez en años con una claridad que la asustó: ¿sabría él, si alguna vez llegaba a saberse la verdad completa de aquella tarde, que había sido, sin comerlo ni beberlo, la causa remota de todo?
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Por la mañana, Ricard se comportó como si la conversación del jardín no hubiera existido.
Desayunó el mismo café con el mismo periódico, besó a Núria en la coronilla antes de que se fuera al instituto, y a Elena le dio un beso rápido en la mejilla, mecánico, idéntico al de todas las mañanas de los últimos seis años.
Solo al llegar a la puerta se detuvo un instante, con la mano en el pomo, y dijo, sin volverse del todo:
—Esta tarde llegaré tarde. Tengo que revisar más papeles de mi padre.
No era mentira, seguramente. Pero Elena, que llevaba diecinueve años aprendiendo a distinguir los silencios de su marido, supo con una certeza gélida que aquellos «papeles de mi padre» ya no significaban lo que habían significado toda la vida: ya no eran escrituras ni testamentos ni permisos de obra polvorientos.
Eran, a partir de ahora, una manera educada de decir que Ricard iba a seguir tirando del hilo.
Cuando la puerta se cerró y la casa quedó en ese silencio particular de las mañanas de después, Elena se quedó de pie en el recibidor, frente al teléfono negro que llevaba seis años sin descolgar para nadie que no fuera el carnicero o la maestra de Núria, y por primera vez desde agosto de 1983 sintió el impulso, tan fuerte que le temblaron las manos, de marcar un número que aún recordaba de memoria, a pesar de todo, a pesar de los años, a pesar de haberse jurado mil veces que jamás volvería a hacerlo.
No lo hizo. Pero se quedó allí, con la mano suspendida sobre el auricular, el tiempo suficiente para comprender que la liturgia de los últimos seis años —el silencio, la lona verde sobre la piscina, la puerta cerrada de la habitación de Marc— no iba a bastarle mucho más tiempo para seguir conteniendo lo que fuera que estaba a punto de romperse.
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Aquella tarde, en lugar de quedarse en casa esperando el regreso tardío de Ricard, Elena cogió las llaves del coche y condujo hasta el cementerio nuevo, en la falda de la colina, donde una lápida pequeña de mármol blanco decía únicamente MARC FERRER VIDAL y dos fechas separadas por siete años exactos.
Llevaba un ramo de calas, las flores que Marc, con esa lógica implacable de los niños, había decidido un día que eran «las más elegantes de todas» después de verlas en un jarrón en casa de su abuela, y que desde entonces Elena no dejaba de comprar, cada semana, en el mismo puesto del mercado.
El cementerio, a esa hora, estaba casi vacío. Solo una mujer mayor regaba un rosal tres tumbas más allá, y saludó a Elena con esa familiaridad silenciosa que se establece entre quienes visitan la misma calle de nichos con la constancia suficiente para reconocerse sin necesidad de hablar.
Elena se arrodilló junto a la lápida y limpió con la manga unas hojas secas que el viento había depositado sobre el mármol, un gesto que repetía cada visita aunque el cementerio tuviera jardinero y las hojas nunca se acumularan de verdad.
Era, se decía a veces, la única forma de contacto físico que le quedaba con su hijo: aquella piedra fría, aquel nombre grabado, aquel espacio exacto de metro y medio bajo la tierra donde ya no había nada de Marc salvo lo que la memoria de los vivos se empeñaba en conservar.
—Ricard ha empezado a hacer preguntas —le dijo en voz baja, como llevaba haciendo desde el entierro, con la naturalidad de quien continúa una conversación que la muerte no ha interrumpido, solo aplazado—.
No sé cuánto tardará en encontrar las respuestas.
No sé si yo misma sabría qué contestarle, si me preguntara directamente.
El viento movió las calas del jarrón de piedra.
En algún lugar, más allá de los cipreses, sonó una campana —la del asilo cercano, que marcaba las horas con una regularidad que a Elena siempre le había parecido cruel, como si el tiempo, en aquel lugar de todos los tiempos detenidos, no tuviera ningún derecho a seguir avanzando.
Pensó, no por primera vez, en lo fácil que habría sido decir la verdad aquella misma tarde de agosto, con Marc todavía caliente entre sus brazos, con el grito aún vivo en la garganta.
Ricard la habría abrazado. La habría perdonado, quizá, o quizá no, pero al menos habrían cargado juntos con lo ocurrido, en lugar de con esta arquitectura de silencio que Elena había construido sola, ladrillo a ladrillo, mentira a mentira, hasta convertirla en la casa donde ambos llevaban seis años viviendo sin saber que uno de los dos dormía en una habitación falsa.
Pero en aquel momento, con el cuerpo de su hijo todavía tibio, lo único que había sido capaz de sentir era terror.
Terror a la mirada de Ricard cuando supiera que ella había estado al teléfono con otro hombre mientras Marc se ahogaba a quince metros de distancia.
Terror a doña Pilar, que jamás en treinta años había disimulado su desconfianza inicial hacia la nuera «de familia sin apellido», y que habría encontrado en aquella negligencia la confirmación definitiva de todo lo que siempre había sospechado.
Terror, sobre todo, a convertirse ante sus propios ojos en lo que en el fondo ya sabía que era: una madre que había preferido las palabras de un amante a la vida de su hijo, aunque solo hubieran sido unos minutos, aunque nadie pudiera haber previsto lo que iba a pasar en esos minutos exactos.
El miedo había decidido por ella. Y seis años después, aquel miedo seguía ahí, intacto, custodiando la mentira con la misma fiereza del primer día, aunque ahora tuviera un nombre nuevo: Ricard, sentado frente a una vieja agenda de notaría, empezando a tirar de un hilo que Elena ya no sabía cómo cortar sin que se le deshiciera entre las manos la vida entera.
Se levantó por fin, se sacudió la tierra de las rodillas, y antes de irse apoyó la palma de la mano sobre el mármol tibio de sol, un segundo, como hacía siempre, un gesto que ya no significaba una despedida sino una promesa muda que renovaba cada semana sin saber muy bien a quién se la hacía: a Marc, a Ricard, o a la mujer que había sido antes de aquella tarde y que ya no sabía si podría recuperar jamás.