El peso del silencio CAPÍTULO 3
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CAPÍTULO 3

Purificación Soler vivía ahora en un piso pequeño y luminoso de la calle Sant Pau, a cinco minutos a pie del paseo marítimo, con dos canarios en una jaula de latón y una colección de platos de cerámica que cubría una pared entera del comedor.

Había sido secretaria de la notaría Ferrer durante veintidós años, primero con el padre de Ricard y después con Ricard, y se había jubilado con una discreción tan pulcra como todo lo demás en su vida: sin fiesta, sin discursos, con una caja de bombones para cada compañero y una carta de agradecimiento escrita a mano para cada uno de los notarios a los que había servido.

—Ricard —dijo al abrirle la puerta, y su rostro se iluminó con una alegría genuina que a él, en ese momento, le costó sostener sin sentirse un impostor—. Qué sorpresa tan bonita. Pasa, pasa, estaba a punto de poner el café.

Se sentaron en el balcón, entre macetas de geranios que Purificación regaba, según explicó sin que nadie se lo preguntara, exactamente a las siete de la tarde, ni un minuto antes ni un minuto después, porque las plantas «notan el desorden igual que las personas».

Ricard sonrió, bebió el café, preguntó por su salud, por su hermana de Reus, por el sobrino que había entrado en la Guardia Civil, y dejó que la conversación se acomodara en ese ritmo lento y confiado de las visitas sin prisa, hasta que sintió que ya no podía posponerlo más sin que resultara extraño.

—Purificación, tengo que preguntarte una cosa un poco rara. Estoy ordenando papeles viejos de la notaría, de los años ochenta, y me he encontrado la agenda de visitas de agosto del ochenta y tres.

La mano de Purificación, que sostenía la taza a medio camino de la boca, se detuvo un instante —solo un instante, tan breve que Ricard no habría sabido jurarlo ante un juez— antes de completar el gesto con normalidad.

—Ay, qué años aquellos —dijo ella, y bebió—. Yo aún escribía todo a mano, ¿te acuerdas? Tu padre se empeñó en comprar una de esas máquinas eléctricas y yo apenas la usé, la tenía para calentar el despacho en invierno, de tan poco que la tocaba.

Ricard rio, porque era lo que se esperaba de él, y dejó pasar un par de segundos antes de continuar, con el tono más despreocupado que fue capaz de fabricar.

—Hay una anotación del veintiséis de agosto. Una cita con el señor Aldabó, a las cinco y media, aplazada a petición de Elena. ¿Te acuerdas de aquel día?

•  •  •

El silencio que siguió no fue largo —dos, tres segundos, no más— pero Ricard llevaba media vida leyendo silencios ajenos en despachos de notaría, esperando a que un cliente decidiera si iba a decir la verdad o la versión conveniente de la verdad, y reconoció en el de Purificación algo que no era simple esfuerzo de memoria.

—Cómo no me voy a acordar —dijo ella al fin, y dejó la taza en el plato con un cuidado excesivo, como si el gesto necesitara toda su atención—. Fue el mismo día. El día que… el día del niño.

No dijo «el día que murió Marc». Nadie, en veintidós años de amistad, le había dicho nunca a Ricard esa frase entera y desnuda; todos preferían los rodeos, «aquel día», «lo que pasó», «la desgracia», como si nombrarlo pudiera hacerlo ocurrir otra vez.

—Sí —dijo Ricard—. El mismo día.

—Recuerdo que llamaron por la tarde para aplazar al señor Aldabó.

Y recuerdo que, un rato después, llegó tu padre con la cara descompuesta a decirme que cerrara el despacho, que había habido un accidente en tu casa.

—Purificación se llevó una mano al pecho, como si el recuerdo todavía le costara aire—.

Fue una tarde horrible, Ricard. Horrible. Yo no podía ni escribir del disgusto.

Ricard esperó. Había aprendido, en veinte años de profesión, que el silencio bien administrado sacaba más verdad que cualquier pregunta, y algo en el modo en que Purificación evitaba mirarlo directamente le decía que aún no había llegado a la parte que importaba.

—¿Quién llamó para aplazar la cita? —preguntó por fin, cuando el silencio se volvió insostenible para ambos.

Purificación tardó en responder. Miró los geranios, o fingió mirarlos, y cuando habló lo hizo con la voz más baja, como si temiera que los canarios pudieran repetirlo.

—Fue Elena. Reconocí su voz, claro que la reconocí, la conocía de sobra. Pero…

—¿Pero?

—Pero me extrañó, Ricard. Me extrañó mucho, y durante años he pensado que no debía darle importancia, que la gente reacciona de mil maneras distintas a una desgracia y que no me correspondía a mí juzgar a nadie.

—Tomó aire—. Sonaba completamente tranquila.

Me dio las instrucciones para el señor Aldabó con la misma voz de siempre, ordenada, precisa, hasta me deletreó el apellido del comprador de la finca de la sierra para que no lo anotara mal, como hacía siempre.

Ni un temblor. Ni una palabra fuera de lugar.

El balcón, los geranios, el ruido lejano del paseo marítimo: todo pareció a Ricard, durante un segundo, pertenecer a otra vida, a otra tarde que no era la suya.

—¿Y a qué hora fue esa llamada? —logró preguntar.

—Un poco después de las cinco. Cinco y cuarto, cinco y veinte, por ahí.

Me acuerdo bien porque fue apenas media hora antes de que llegara tu padre con la noticia.

—Purificación negó con la cabeza, despacio, como quien todavía intenta comprender algo que lleva seis años sin comprender del todo—.

Por eso me quedó grabado, ¿sabes? Porque después, cuando ya llevábamos horas con la casa llena de gente y el médico y el cura, no pude dejar de pensar en lo tranquila que había sonado esa voz media hora antes.

Como si nada. Como si el mundo no se le hubiera venido encima todavía.

Ricard dejó la taza sobre la mesa del balcón con un cuidado exagerado, temeroso de que sus manos, si no las vigilaba, empezaran a temblar delante de la única persona que podía darse cuenta de que algo, en su interior, se había partido en dos sin hacer ruido.

—Media hora antes —repitió, más para sí mismo que para ella.

—Sí. ¿Por qué? ¿Tiene eso alguna importancia, después de tanto tiempo?

Podría haber dicho que no. Podría haber sonreído, haber cambiado de tema, haber preguntado por los geranios o por el sobrino de la Guardia Civil, y haber salido de aquel piso con la misma vida ordenada con la que había entrado.

Purificación se lo estaba ofreciendo, sin saberlo: una salida, una manera de cerrar la conversación y devolverla al cajón donde había dormido seis años.

—No, seguramente no —dijo Ricard, y se oyó mentir con una naturalidad que le dio vértigo—. Curiosidad de notario viejo. Nos volvemos así, ya lo sabes, no soportamos una fecha que no cuadre.

Purificación rio, aliviada, y la conversación se deslizó hacia otros asuntos —el tiempo, la boda de una sobrina, el precio desorbitado del pescado en el mercado— mientras Ricard asentía en los lugares correctos y no oía casi nada de lo que se decía, ocupado por completo en un cálculo que no dejaba de rehacer, una y otra vez, como quien repasa una columna de cifras que se empeña en no cuadrar.

Marc había muerto, según todos los relatos, incluido el de Elena, alrededor de las cuatro y media de la tarde. Un descuido de minutos, había dicho ella siempre, un instante de distracción mientras estaba en la cocina. Un accidente fulminante, silencioso, del tipo que no da tiempo a gritar.

¿Y qué había hecho Elena, entonces, durante la hora larga que separaba esas cuatro y media de la llamada tranquila, ordenada, sin un temblor, que Purificación había recibido pasadas las cinco?

•  •  •

Bajó a la calle sin recordar bien la despedida, sin saber si había besado a Purificación en las dos mejillas como siempre o si se había limitado a estrecharle la mano como a una clienta cualquiera.

El sol de la tarde caía oblicuo sobre el paseo marítimo, dorando las fachadas, y Ricard caminó hacia el coche con la sensación extraña de haber envejecido varios años en la última hora, de cargar de pronto con un peso que no cabía en ningún bolsillo.

Se sentó al volante pero no arrancó. Se quedó mirando el mar, ese azul de finales de verano que a Marc le había gustado tanto —recordaba, de pronto, con una nitidez dolorosa, al niño señalando el horizonte y preguntando por qué el agua cambiaba de color según la hora del día, y él sin saber darle una respuesta mejor que «cosas de la luz, hijo»— y pensó, por primera vez en seis años, una frase que hasta entonces no se había atrevido ni a formular en el silencio de su propia cabeza.

¿Y si Elena no había encontrado a Marc por accidente, en un instante de distracción, sino que había tardado en encontrarlo mucho más de lo que decía?

¿Y si aquella media hora escondía algo que ni siquiera Ricard, que llevaba media vida leyendo entre líneas los silencios ajenos, era todavía capaz de imaginar?

No tenía respuestas. Solo tenía, por primera vez, la certeza incómoda de que la mujer con la que había compartido diecinueve años de vida, de cama, de duelo compartido junto a una tumba pequeña en el cementerio nuevo, guardaba un tramo de aquella tarde que nunca le había contado.

Y que ahora, después de seis años de silencio, no sabía si tendría el valor de preguntárselo, ni si quería de verdad conocer la respuesta.

Arrancó el coche cuando ya el sol empezaba a rozar el mar, y condujo de vuelta a casa por el camino largo, el que bordeaba el acantilado, porque no se sentía capaz, todavía, de sentarse a la mesa frente a Elena y fingir, una vez más, que no había averiguado nada.

•  •  •

Cuando por fin llegó, la casa de la calle del Carme estaba encendida en todas sus ventanas, como si Elena hubiera necesitado esa noche una luz especialmente firme contra la oscuridad.

La encontró en el jardín trasero, arrodillada junto al parterre de las hortensias que había plantado el mismo otoño de la muerte de Marc y que cuidaba con una dedicación que a Ricard, hasta esa tarde, siempre le había parecido simple amor por las plantas.

—Llegas tarde —dijo ella sin volverse, reconociendo sus pasos en la grava—. Núria ya ha cenado, se ha ido a estudiar a su cuarto. Te he guardado plato.

Ricard se quedó de pie, a un par de metros, mirando la espalda de su mujer inclinada sobre la tierra, las manos enguantadas de jardinera, el gesto tan doméstico, tan inocente, que por un instante todo lo que había oído en el balcón de Purificación le pareció una fantasía absurda, el delirio de un hombre que llevaba demasiados años sin permitirse hacer preguntas y que ahora, de golpe, no sabía hacer otra cosa.

—He ido a ver a Purificación —dijo, y se oyó a sí mismo lanzar la frase al aire como quien suelta una piedra desde un puente, sin saber todavía si va a caer en el agua o en la orilla.

Las manos de Elena, hundidas en la tierra húmeda, se quedaron quietas.

—¿Purificación? —repitió ella, y solo entonces se volvió, con una sonrisa ya preparada, la misma sonrisa cortés y ligeramente extrañada que Ricard le había visto emplear cientos de veces con clientes pesados y parientes inoportunos—. Qué casualidad. ¿Cómo está?

—Bien. Los canarios, los geranios, el sobrino en la Guardia Civil. Todo igual. —Ricard hizo una pausa que no fue premeditada, sino simplemente el límite de lo que su voz era capaz de sostener sin quebrarse—. Hablamos de agosto del ochenta y tres.

El jardín, de pronto, pareció quedarse sin sonido: ni el rumor lejano del mar, ni el crujido de los grillos que empezaban a despertar con la caída de la noche, ni siquiera la respiración de Elena, que Ricard habría jurado que se detuvo por completo durante los dos o tres segundos que tardó en responder.

—¿Y qué hay que hablar de agosto del ochenta y tres? —dijo ella por fin, y su voz sonó exactamente igual de tranquila, exactamente igual de ordenada, que la voz que Purificación acababa de describirle en el balcón. La misma calma. La misma ausencia total de temblor.

Y fue precisamente esa calma, esa perfección inmutable con la que Elena sostenía cualquier conversación sobre la peor tarde de sus vidas, lo que hizo que Ricard, por primera vez en seis años, sintiera un miedo verdadero: no el miedo de descubrir que su mujer le ocultaba algo, sino el miedo, mucho más profundo, de no saber ya, después de diecinueve años juntos, quién era en realidad la persona que tenía delante.

—Nada —dijo él por fin, incapaz de sostenerle la mirada un segundo más—. Cosas de viejos. Voy a cenar.

Pero mientras cruzaba el jardín hacia la casa, con el plato de Núria esperándole tapado con un paño en la cocina, Ricard supo con una certeza fría, casi física, que aquella conversación no había hecho más que empezar, y que a partir de esa noche ya no habría manera de volver a la vida sencilla en la que se había limitado, durante seis años, a no preguntar.