CAPÍTULO 2
Seis años antes, aquel agosto llegó a la finca de los Ferrer con la misma pereza dorada de todos los agostos: las cigarras taladrando el aire desde las nueve de la mañana, el olor a resina caliente bajando de los pinos, y Elena de pie en la galería, contando cabezas como hacía cada mañana desde que era madre —Núria en el columpio, Marc persiguiendo un gato entre los rosales— antes de permitirse el primer café del día.
Aquel verano, sin embargo, había un cuarto elemento en la cuenta que Elena no incluía en voz alta: el teléfono.
Llevaba semanas mirándolo con una atención que no le había dedicado nunca, un aparato negro y pesado sobre la mesita del recibidor, que sonaba dos, a veces tres veces por semana, siempre después de las cuatro, siempre cuando Ricard estaba en la notaría y su suegra dormía la siesta con la puerta cerrada.
No se permitía llamarlo por su nombre ni siquiera en el pensamiento.
Era, se decía, una amistad. Una correspondencia.
Una manera de sentirse, durante quince minutos al día, una mujer que no era solo la esposa de Ricard Ferrer ni la nuera de doña Pilar ni la madre de dos niños que llenaban cada hora del reloj: era, durante esos quince minutos, Elena Vidal, veintinueve años, que alguna vez había soñado con estudiar Bellas Artes en Barcelona antes de que su padre decidiera que se casaría con el hijo del notario.
Aquella tarde del veintiséis de agosto, el teléfono sonó a las cuatro y diez.
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—Cinco minutos —le dijo a Marc, que arrastraba un cubo de plástico hacia la piscina—. Quédate donde te vea desde la ventana.
Marc asintió sin mirarla, absorto en la tarea urgentísima de trasladar agua de un extremo de la piscina al otro, y Elena cruzó el porche hasta el recibidor con el corazón ya adelantado, como le ocurría siempre los últimos días, un latido nervioso que era mitad culpa y mitad otra cosa que se negaba a examinar.
La conversación empezó como todas: primero las formalidades, después el silencio cómplice, después las palabras que Elena llevaba guardando toda la mañana como quien guarda monedas en el bolsillo.
No fueron cinco minutos. Fueron diez, quizá doce, aunque después, durante seis años, se obligaría a recordar que solo se había apartado de la ventana «un instante».
Fue la propia voz al otro lado de la línea la que se detuvo primero.
—Elena. Elena, ¿me oyes? —y algo en el tono, un cambio brusco de registro, hizo que ella se volviera hacia el porche antes incluso de terminar de preguntarse por qué.
La piscina estaba demasiado quieta.
Después de aquello, la memoria de Elena se rompía en pedazos que nunca había conseguido volver a unir en el orden correcto: el teléfono cayendo de su mano y golpeando el suelo de baldosas con un ruido seco que años después seguiría oyendo en mitad de la noche; la carrera por el porche, que le pareció a la vez instantánea e infinita; el agua, tan tibia, tan mansa, tan indiferente a lo que sostenía bajo la superficie.
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Lo que Elena hizo en los minutos siguientes no lo decidió con la cabeza.
Fue el cuerpo el que decidió por ella, con una frialdad que la aterrorizaría después, mucho después, cuando ya no hubiera vuelta atrás posible: colgó el teléfono en su sitio.
Recompuso el cojín del sofá donde había estado sentada.
Y cuando por fin dejó que el grito le saliera del pecho, un grito real, desgarrado, el único gesto sincero de toda la tarde, ya había decidido, en algún lugar por debajo del pensamiento, la historia que contaría durante el resto de su vida: que había estado en la cocina.
Que Marc jugaba solo, como tantas otras tardes.
Que nadie, nadie en el mundo, podría haberlo evitado.
Nadie dudó de ella. Ese fue, quizá, el castigo más largo: que el mundo entero le creyera.