El peso del silencio
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CAPÍTULO 1
No la reconoció de inmediato. Eran años en los que Ricard apenas prestaba atención a nada que no fuera imprescindible: recordaba ese verano como se recuerda un accidente de coche, en fragmentos sueltos y fuera de orden, sin la lógica de causa y efecto que gobierna el resto de la vida.
Abrió la carpeta por costumbre, con la misma indiferencia mecánica con la que llevaba media mañana abriendo otras veinte, y encontró dentro un fajo de recibos del negocio familiar, facturas de suministros, y —sujeta con un clip oxidado— la agenda de visitas de aquel mes, la que llevaba Purificación, la secretaria que se había jubilado hacía ya seis años.
Diecisiete treinta. El día veintiséis de agosto.
Y según la versión que Elena le había repetido durante seis años, con la misma cadencia exacta cada vez que alguien —un pariente lejano, un cliente indiscreto, algún compañero del colegio de Marc que aún no sabía— le preguntaba por aquella tarde, ella había estado sola con los niños toda la jornada.
Sola en la finca, sin visitas, sin llamadas, sin nadie que pudiera dar fe de nada salvo el silencio espeso de la siesta y el sol cayendo a plomo sobre la piscina.
Así lo había contado ella. Así lo había contado él mismo, tantas veces, que ya no sabía distinguir el recuerdo propio del recuerdo prestado.
Pero alguien había llamado aquella tarde a las cinco y media pidiendo ver al señor Aldabó, el procurador de la finca de la sierra. Y alguien —la señora Ferrer, decía la letra apretada de Purificación— había pedido que se aplazara la cita.
Podía no significar nada. Ricard se lo repitió dos veces, en voz baja, como quien reza una jaculatoria para conjurar un mal pensamiento.
Elena pudo aplazar la visita por la mañana, mucho antes de la tragedia, con el negocio funcionando de un modo tan previsible que una llamada a las diez pudiera anotarse igualmente junto a la hora de la cita cancelada.
Era la explicación razonable. Era, casi con toda certeza, lo que había ocurrido.
Y sin embargo había algo en la tinta roja, en la urgencia con que estaba subrayado el nombre, que no encajaba con un simple trámite de agenda.
Purificación no subrayaba en rojo los aplazamientos rutinarios.
Ricard la recordaba bien: una mujer metódica hasta la obsesión, que reservaba esa tinta para lo que ella llamaba, con su media sonrisa perpetua, «los asuntos delicados».
• • •
Esa noche, en la cocina de la casa de la calle del Carme, Ricard observó a Elena servir la cena con la misma precisión de siempre: el plato de Núria primero, luego el suyo, después el de ella, los tres en el orden invariable que llevaba practicando desde que solo eran dos platos sobre la mesa y uno vacío que nadie mencionaba ya.
—¿Ha ido bien el día? —preguntó ella, sin levantar la vista de la cazuela.
—He estado ordenando papeles viejos de mi padre —dijo Ricard, y se oyó a sí mismo elegir las palabras con un cuidado nuevo, como quien camina sobre un suelo que ya no está seguro de que aguante su peso—. Cosas de hace años. La notaría, la finca de la sierra.
Elena no dijo nada. Pero Ricard, que llevaba diecinueve años observándola servir la mesa, advirtió algo que no había visto antes, o que había visto mil veces sin llegar a nombrarlo: la manera en que sus manos, siempre tan seguras, se detuvieron un instante sobre el borde de la cazuela, como si el vapor le hubiera quemado los dedos sin llegar a tocarlos.
—Qué cosas tan raras te dan por revisar —dijo ella por fin, y sonrió, y sirvió el último plato, y la cena continuó como todas las cenas, con el silencio de siempre ocupando la silla vacía.
Pero Ricard, por primera vez en seis años, no dejó de mirarla mientras comía.