El peso del Cupo (Línea de Cupo 1) CAPÍTULO 20 LA MUGA #4
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CAPÍTULO 20 LA MUGA #4

La luz de la luna llena de abril, filtrada a través de las lamas entreabiertas de las contraventanas de roble rojo, proyectaba franjas de plata pálida sobre los muros encalados y las vigas centenarias del techo, labradas a golpe de huela por los carpinteros del siglo dieciocho.

En el centro de la estancia, sobre una tarima de madera de pino curada con cera virgen de abejas, se alzaba la cama grande de matrimonio, vestida con sábanas de lino áspero de hilado casero lavadas al sol de montaña con aroma a lavanda y flores de brezo.

No había prisa. No había teléfonos satelitales parpadeando en la mesilla de noche, ni balizas térmicas rastreando las colinas, ni el temor asfixiante a que una patrulla de la policía judicial reventara la cerradura al filo de la madrugada.

Mathieu cerró la puerta de roble con un chasquido suave del cerrojo de hierro forjado.

Se acercó a Ainara, que permanecía descalza junto al ventanal contemplando el plateado curso del agua entre los sauces, y colocó sus manos sobre los hombros de ella.

A través de la lana suave del jersey crudo, sus palmas transmitían un calor hondo y reconfortante que deshizo el último nudo de tensión en los músculos de su cuello.

Ainara se dio la vuelta despacio y apoyó las palmas de las manos sobre el pecho de Mathieu, sintiendo la firmeza de su caja torácica y el latido acompasado de su corazón bajo el lino de la camisa.

Lo miró a los ojos en la penumbra plateada: no había en su rostro la mirada analítica del inspector de aduanas que examina un balance contable, sino la devoción entregada de un hombre que se despoja de todas sus defensas ante la mujer que ama.

Mathieu deslizó los dedos bajo el borde inferior del jersey de Ainara.

Con una lentitud casi ceremonial, alzó la prenda por encima de su cabeza y la dejó caer sobre una banqueta de enea.

Sus manos recorrieron los costados de Ainara, trazando la curva suave de su cintura y subiendo hasta las clavículas, donde sus labios se posaron con una ternura minuciosa que hizo que ella cerrara los ojos y dejara escapar un suspiro entrecortado.

Besó la hendidura de su garganta, el nacimiento de sus hombros y la línea firme de su mandíbula, saboreando la calidez de su piel limpia de artificios.

—Mírame, Ainara —susurró Mathieu con voz enronquecida por la emoción contenida.

Ella abrió los ojos, encontrándose con su mirada oscura y limpia.

Desabrochó uno a uno los botones de la camisa de él, apartándola de sus hombros hasta descubrir su torso musculado y fibroso, marcado en el costado derecho por la cicatriz antigua de un corte que el tiempo había tornado pálida.

Ainara acarició aquella marca con las yemas de los dedos, sintiendo bajo la piel el relieve rugoso del tejido cicatrizal, e inclinándose para rozarla con los labios en un gesto de reconocimiento y entrega absoluta que estremeció a Mathieu desde las entrañas.

Se despojaron del resto de las ropas con una cadencia sosegada y natural, sin torpeza ni urgencia apresurada.

Cuando sus cuerpos desnudos se deslizaron entre las sábanas de lino, el contraste entre la aspereza fresca del tejido y la calidez ardiente de su piel compartida desató una corriente eléctrica que los recorrió por entero.

Mathieu la cubrió con su cuerpo, apoyando el peso sobre los antebrazos para no aplastarla, y comenzó a besarla con una pasión profunda y envolvente.

Sus bocas se buscaron con hambre madura, reconociendo cada rincón, cada roce de las lenguas, mientras sus manos exploraban sin reservas la geografía de sus cuerpos: la firmeza suave de los senos de Ainara estremeciéndose bajo las yemas de sus dedos, la redondez templada de sus caderas encajando contra sus muslos, la piel suave de sus piernas abriéndose para acogerlo sin sombra de resistencia.

Ainara enredó los dedos en el cabello oscuro de Mathieu, arqueando la espalda para buscar su contacto con una entrega total.

La boca de Mathieu descendió por su cuello hacia sus pechos, rodeando con lentitud devota cada pezón erecto con la lengua tibia antes de succionar con una presión firme y dulce que arrancó de la garganta de Ainara un gemido ronco y entrecortado.

Sintió la dureza ardiente y decidida de él rozando su vientre y sus muslos.

Cuando Mathieu descendió aún más entre sus piernas, arrodillándose en el lecho para besar la parte interna de sus muslos y rozar con la boca y los labios la intimidad más sensible de su sexo, un escalofrío abrasador recorrió la médula de Ainara.

Mathieu la acarició allí con la lengua, paciente, hondo y húmedo, reconociendo el aroma limpio y salino de su excitación, prolongando el éxtasis hasta que las caderas de ella se alzaron buscando su boca con una súplica sin palabras.

Ainara aferró las sábanas de lino con los puños cerrados, dejando caer la cabeza hacia atrás sobre la almohada, con la respiración rota y el vientre inundado de un calor líquido y palpitante.

Mathieu volvió a subir sobre ella, besándole la comisura de los labios, los párpados y la mandíbula mientras sostenía sus caderas con dedos firmes. Se miraron a los ojos en la penumbra lunar y, con un empuje lento, hondo y medido, se deslizó en su interior.

El gemido contenido de Ainara se fundió con el murmullo del río en la noche.

La plenitud de sentirlo dentro, ocupando cada espacio de su cuerpo con una intensidad cálida y poderosa, la desarmó por completo.

No era el choque desesperado de dos fugitivos al borde del abismo; era un acoplamiento perfecto, consciente y soberano, donde cada fricción, cada retirada pausada y cada embestida profunda resonaban con la fuerza de un pacto sellado en la verdad.

Comenzaron a moverse en un compás rítmico y dilatado que acompasaba sus respiraciones y el crujido sutil de la madera de la cama.

Mathieu mantenía la mirada clavada en los ojos anegados en emoción de Ainara, sujetándola con una posesión protectora y reverente, mientras ella rodeaba su cintura con las piernas, pegando su pelvis contra la de él para sentir el roce ardiente y húmedo en su punto más sensible.

El placer fue creciendo desde lo profundo del vientre en oleadas sucesivas de calor que nublaban los sentidos de Ainara.

Sentía el sudor tibio de Mathieu resbalando sobre su pecho, la fuerza elástica de sus hombros bajo sus uñas y la vibración sorda de su garganta en cada penetración honda.

El mundo exterior —los sumarios, los despachos, los tribunales y las fronteras de los estados— había dejado de existir; solo quedaba aquel santuario de vigas de roble, el aroma a lavanda y el latido compartido de dos seres que se reconocían iguales y libres.

Cada embestida de Mathieu se volvía más profunda y entregada, guiada por un deseo sereno y devoto que encontraba en la respuesta ardiente de Ainara su puerto definitivo.

Ella se alzaba a su encuentro con gemidos suaves, mordiéndole el hombro para amortiguar el éxtasis que amenazaba con desbordar la noche, sintiendo cómo la carne de ambos se fundía en una sola marea de calor y piel estremecida.

Cuando la marea del clímax comenzó a elevarse en el cuerpo de Ainara como una galerna incontenible que tensó sus muslos y arqueó su cintura hacia el cielo, apoyó la frente contra la de Mathieu, con lágrimas de pura plenitud asomando a sus pestañas, y susurró con un timbre quebrado por el éxtasis en el euskera dulce de su infancia en Durango:

— Hemen nago, zurekin nago.

Mathieu apretó sus caderas contra las suyas, enterrándose hasta el fondo en una última embestida apasionada que desató el temblor salvaje y simultáneo de sus orgasmos.

Hundió el rostro en el hueco de su cuello, respirando su aroma mientras el placer lo vaciaba de todo pasado y dolor, y respondió con una voz ronca, estremecida de devoción:

— Badakit, maitea... badakit.

Permanecieron abrazados en la quietud posterior, con los cuerpos húmedos y entrelazados sobre las sábanas revueltas, mientras el ritmo desbocado de sus corazones iba descendiendo lentamente hacia un latido acompasado y sereno.

La penumbra del dormitorio, impregnada por el aroma silvestre de la lavanda y el calor tibio de su entrega, se convirtió en un refugio inexpugnable donde no cabían ya las sospechas, el desarraigo ni los temores al porvenir.

Mathieu besó con una devoción pausada el nacimiento del cuello de Ainara, la comisura de sus labios entreabiertos y la frente húmeda, sintiendo la caricia lenta de los dedos de ella enredándose en su pelo.

No necesitaban pronunciar promesas solemnes; cada roce, cada suspiro compartido en la oscuridad de la casa solariega, era la confirmación física de una lealtad forjada en el fuego de la adversidad.

Mathieu cubrió los hombros desnudos de Ainara con la colcha de lino blanco, atrayéndola contra su pecho.

Ella acomodó la cabeza en su hombro derecho, pasando un brazo sobre su torso, y cerró los ojos escuchando la respiración profunda y tranquila de él.

Sus dedos acariciaban perezosamente la piel tersa de su costado, sintiendo la tibieza de la noche filtrándose a través de las maderas centenarias.

A través de las contraventanas rojas entreabiertas, la brisa de la madrugada meció suavemente las cortinas de hilo, trayendo el murmullo incesante del río Nive fluyendo hacia el mar. La muga ya no dividía nada; la frontera había dejado de existir entre ellos para siempre.

♦ ♦ ♦

Diez días después, un lunes de mediados de abril bañado por una lluvia limpia y tibia que lavaba las aceras del Ensanche bilbaíno, el despacho principal de la Fiscalía Delegada Anticorrupción en la segunda planta de la calle Henao 9 respiraba un orden recuperado y luminoso.