El peso del Cupo (Línea de Cupo 1) CAPÍTULO 20 LA MUGA #3
98%

CAPÍTULO 20 LA MUGA #3

Mathieu caminaba a su lado en silencio, con las manos en los bolsillos y la mirada perdida en los remolinos transparentes donde las truchas comunes saltaban de vez en cuando quebrando la lámina dorada de la corriente.

Avanzaron despacio hasta llegar a un viejo embarcadero de tablones de roble sostenido por pilotes de castaño, donde su abuelo Peio amarraba antaño la barca plana que utilizaba para tender las redes de pesca en las pozas profundas del Nive.

Se detuvieron en el extremo del muelle, dejando que sus pies colgaran sobre el agua sin llegar a tocarla. Mathieu apoyó los codos en las rodillas y contempló la primera estrella vespertina que titilaba en el horizonte meridional, sobre la silueta lejana del monte Artzamendi:

—Durante dos años —dijo Mathieu con una voz grave que parecía emerger de un pozo muy hondo—, no hubo una sola noche en Bruselas en que no me despertara empapado en sudor antes de que sonara la alarma.

Veía el muelle de contenedores de Zeebrugge bajo la lluvia gélida de noviembre, el coche patrulla de Isabelle volcado entre los raíles de las grúas pórtico y los sellos de confidencialidad que la dirección de la OLAF estampó sobre el sumario para enterrar la investigación sobre las transferencias de Sorokin.

Sentía que cada informe que redactaba, cada reunión ministerial a la que asistía con el pase diplomático colgado del cuello, era una farsa repugnante: un ejercicio de complicidad burocrática para justificar los salarios comunitarios mientras los que apretaban el gatillo seguían cenando en los restaurantes caros de la plaza Vendôme.

Mathieu calló un instante, clavando los ojos en el fondo pedregoso del río donde las sombras de las algas se mecían con la corriente:

—Cuando me enviaron a Bilbao con la excusa de auditar el Cupo vasco, supe que me estaban utilizando como un ariete ciego.

Querían que redactara un informe demoledor que sirviera a los intereses de la Comisión en Bruselas para forzar la armonización fiscal de las haciendas forales, sin importarles si los datos procedían de un cártel financiero o de una trampa política.

Pero lo más aterrador no eran las presiones de Berlín ni las advertencias veladas de Marchand; lo más aterrador era la tentación de resignarme.

De decirme a mí mismo que el mundo funciona así y que luchar contra un conglomerado financiero internacional era una quijotada infantil que solo conducía al cementerio o al ostracismo profesional.

La desidia moral es el veneno más sutil de las instituciones, Ainara.

Te acostumbras a mirar las cifras en una pantalla y te olvidas de que detrás de cada desvío tributario hay vidas destrozadas, hospitales sin camas y ancianos abandonados a su suerte.

Ainara no respondió de inmediato. Se acercó a él, pasó el brazo por su espalda y apoyó la cabeza contra su hombro, sintiendo el calor firme de su cuerpo y el latido sereno de su pulso a través de la tela de la camisa:

—Esa losa ya no te pertenece, Mathieu —susurró ella, mirando el reflejo de las nubes violáceas en el río—.

Deschamps está en una celda de aislamiento de la prisión de Bayona esperando su traslado a Madrid bajo el mandato de Eurojust; los servidores con los registros fiduciarios están en poder del juzgado central de instrucción; y el expediente que enterraron en Zeebrugge se ha reabierto formalmente como una pieza separada del sumario del Cupo.

Isabelle descansa en paz. La verdad está escrita en autos judiciales que ningún burócrata podrá expurgar.

Mathieu giró el rostro hacia ella y la miró a los ojos con una ternura desarmante:

—No fue la OLAF la que salvó el caso, Ainara.

Fuiste tú. Fuiste tú negándote a entregar los discos duros en el despacho de Mazarredo, plantándole cara a Mendieta en el vestíbulo de Henao y cruzando la muga conmigo de madrugada cuando tenías todas las de perder.

Si no te hubiera encontrado a ti en aquel sótano de Bilbao, yo habría terminado dimitiendo de la comisión o pudriéndome en un despacho de estadística en Luxemburgo.

Ainara dejó escapar una exhalación suave, cerrando los ojos mientras apoyaba la frente en la curvatura de su cuello:

—Mi padre, Josu, murió destruido por un pagaré fraudulento de una sociedad pantalla, convencido de que la ley solo servía para que los de arriba blindaran sus patrimonios mientras a los dueños de pequeños talleres de mecanizado los dejaban en la ruina.

Recuerdo las tardes de lluvia en Durango cuando volvía del taller con las manos manchadas de aceite de torno y limaduras de acero; se sentaba en la cocina, abría los libros de derecho penal que me compraba rascando cada céntimo de las piezas de precisión y me decía que solo los que conocen las tripas de la ley pueden evitar que se convierta en una máquina de aplastar a los que trabajan con las manos.

Durante diez años estudié oposiciones, aprobé la carrera fiscal y me puse la toga pensando en él.

Cuando el fiscal general ordenó la avocación y los policías precintaron mis despachos, sentí que mi padre tenía razón: que todo era una comedia orquestada para salvar las apariencias.

Abrió los ojos y contempló el agua del Nive, donde los últimos destellos cobrizos del atardecer daban paso a la penumbra aterciopelada de la noche:

—Pero cuando vi a Kepa Arostegui derrumbarse en la sala de vistas frente al juez Irazábal, balbuceando excusas miserables sobre la patria y la estabilidad foral mientras se le notificaba el auto de prisión incondicional en Basauri, comprendí que la justicia no reside en los despachos presidenciales ni en las circulares de Madrid.

La justicia es una trinchera que se defiende paso a paso, con pruebas forenses irrebatibles y sin pedir perdón por hacer cumplir la ley.

Mi padre habría estado orgulloso de ver a ese hombre subir al furgón penitenciario con las esposas puestas.

Y Miren Uriarte, allá donde esté, sabe que su muerte no fue en vano.

Permanecieron abrazados en el muelle durante largos minutos, escuchando el murmullo constante de los rápidos del río y el canto nocturno de un cárabo entre la arboleda de la ribera.

Mathieu contempló la mano de Ainara descansando sobre su rodilla: sus dedos largos y delgados, curtidos por miles de horas de pasar folios procesales y tomar notas apresuradas en guardias judiciales, encajaban con una naturalidad absoluta entre los suyos.

Eran dos biografías forjadas a orillas distintas de la misma cordillera: la de los talleres humeantes del Duranguesado donde el metal al rojo vivo exigía una vigilancia implacable, y la de las laderas labortanas donde los contrabandistas y los pastores desafiaban la noche sin más brújula que las estrellas.

En ese instante de sosiego crepuscular, ambas orillas se habían reconocido como parte de una sola raíz obstinada que no se doblegaba ante el miedo.

Mathieu deslizó los dedos por el dorso de la mano de Ainara, entrelazando sus dedos con los de ella:

—Bernard Marchand me llamó ayer desde la sede central de la OLAF en Bruselas —dijo Mathieu en tono confidencial—.

El Colegio de Comisarios ha aprobado la creación de una oficina permanente de enlace judicial y financiero transfronterizo adscrita a Eurojust, con base compartida entre Bilbao y Madrid.

Me han ofrecido la jefatura de la unidad operativa para coordinar las investigaciones sobre fraude fiscal societario y fondos europeos en el norte peninsular y el sur de Francia.

No tendré que volver a vivir en Bélgica, Ainara.

Mi despacho estará a poco más de una hora de la calle Henao.

Ainara alzó la cabeza y lo miró con una mezcla de sorpresa contenida y una alegría luminosa que encendió sus ojos castaños:

—¿Una unidad permanente en el País Vasco? —preguntó con una sonrisa dulce—. Parece que el intendente general ha decidido que ya no somos una amenaza para el orden institucional.

—Se han dado cuenta de que tenernos dentro del sistema es menos peligroso que dejarnos sueltos por los montes de Iparralde —bromeó Mathieu, atrayéndola suavemente hacia su regazo—.

Y además, Marchand sabe que la cooperación judicial europea no funciona desde los rascacielos de cristal del barrio europeo de Bruselas.

Funciona cuando los fiscales y los investigadores conocen el terreno, hablan la lengua de los testigos y no tienen que pedir autorización diplomática cada vez que un delincuente cruza un puente sobre el Bidasoa.

Con la Fiscalía Europea plenamente operativa bajo el Reglamento 2017/1939, podremos solicitar embargos preventivos en veinticuatro horas y cruzar la muga con mandamientos judiciales directos.

Ya no podrán esconderse detrás de las fronteras de los Estados.

La primera estrella de la tarde brillaba solitaria en lo alto de la bóveda celeste. Una brisa fresca bajó desde las cumbres de los Pirineos, agitando las copas de los sauces y haciendo que Ainara se estremeciera levemente contra su pecho.

Mathieu se puso de pie en el embarcadero, la tomó de la cintura con ambas manos y la ayudó a incorporarse, sosteniéndola contra su cuerpo con una firmeza protectora que le hizo olvidar el frío:

—Entremos en la casa, Ainara... la noche es nuestra.

♦ ♦ ♦

El dormitorio principal de la planta alta del caserío respiraba una intimidad templada y recogida, ajena a cualquier ruido que no fuera el rumor rítmico del río Nive deslizándose entre las piedras de la ribera.