El peso del Cupo (Línea de Cupo 1) CAPÍTULO 20 LA MUGA #2
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CAPÍTULO 20 LA MUGA #2

Sobre la mesa rústica de roble, vestida con un mantel de lino crudo bordado con motivos tradicionales labortanos, reposaban fuentes de barro con el marmitako humeante, preparado con patatas alavesas y atún pescado a caña frente a las costas de Guetaria, una hogaza de pan de masa madre recién abierta que desprendía un aroma tostado a centeno y una cuña generosa de queso curado de oveja de las estribaciones de Baïgorry, elaborado con leche cruda no pasteurizada bajo la estricta tradición pastoril de la denominación de origen Ossau-Iraty, acompañado por una botella de vino tinto de Irouléguy de color picota oscuro y notas minerales de pizarra y sotobosque.

Maider Etcheverry presidía la cabecera con esa serenidad majestuosa que solo confieren los años de docencia y resistencia civil en los valles del norte.

Llevaba una blusa de hilo blanco con mangas recogidas hasta el codo y una falda oscura de algodón, y sus ojos claros brillaban con una alegría templada mientras servía el café de puchero en tres tazas de porcelana fina.

—La prensa de Bayona apenas dedicó tres líneas a la detención de Sylvain Deschamps en Biarritz —comentó Maider en su euskera labortano cantarín, deslizando un plato con porciones triangulares de pastel vasco hacia Ainara—.

Decían que la policía judicial francesa colaboró con la guardia de fronteras en un operativo contra el blanqueo de capitales corporativo.

Ni una sola palabra sobre los piratas de Bruselas ni sobre los despachos de Berlín.

Si no fuera por vosotros, la gente de aquí seguiría pensando que ese hombre era un banquero distinguido que venía a tomar el sol en el hotel du Palais.

Ainara tomó un sorbo de café, saboreando el regusto a achicoria y canela:

—Es el lenguaje habitual de las cancillerías, Maider.

Prefieren presentar una operación internacional como un ajuste técnico entre tribunales antes que admitir que una facción de los servicios secretos alemanes intentó reventar el Concierto Económico foral utilizando fondos desviados a Dubái.

Pero en Bilbao la verdad quedó registrada en el auto judicial del juez Irazábal: nadie podrá borrar los nombres de las cuarenta y dos sociedades pantalla ni la procedencia de los dieciocho millones de euros de ayuda europea que intentaron manipular.

Maider sonrió con un leve asentimiento, se levantó de la silla con paso pausado y entró en la casa. Regresó dos minutos más tarde sosteniendo entre las manos un fardo estrecho envuelto en papel encerado y atado con un cordel de cáñamo gastado.

Se sentó de nuevo, desató el nudo con dedos firmes y desplegó sobre la mesa, retirando con cuidado las tazas de café, un trozo grande de tela de lino de color hueso, amarilleado por el paso de los decenios y reforzado en las costuras con pespuntes de hilo encerado.

Ainara y Mathieu se inclinaron sobre el lienzo.

Era un mapa topográfico trazado a mano alzada con tinta china negra y sepia elaborada con agallas de roble, donde se detallaban con caligrafía minuciosa los relieves montañosos, las cuencas fluviales, las pistas forestales y los pasos clandestinos que enlazaban el valle de Baztan con las comarcas bajonavarras de Baïgorry y Saint-Jean-Pied-de-Port.

—Este mapa lo dibujó mi padre, el abuelo Peio, en el invierno de mil novecientos cuarenta y cuatro —explicó Maider, acariciando la tela con la yema de los dedos—.

El papel se pudría con la humedad de la nieve y el sudor de la espalda cuando caminaban de noche por los hayedos; por eso calcó las curvas de nivel sobre lino de sábanas viejas y fijó la tinta con vinagre y hollín de la chimenea.

En este lienzo están marcados los senderos del gau lana : las sendas por las que cruzaron aviadores aliados derribados en Francia, familias judías que huían de la Gestapo en Bayona y, más tarde, obreros y sacerdotes vascos perseguidos por la policía de la dictadura.

Con el índice, la anciana maestra señaló un punto preciso situado en una vaguada escarpada, justo debajo de la línea de cresta del puerto de Izpegi, en la vertiente septentrional del collado:

—Aquí, a seiscientos metros de altitud, protegida por una pared vertical de arenisca roja que desvía el viento del norte, se alza la borda de piedra caliza de Larremendi.

No figura en los mapas del Instituto Geográfico Nacional de Madrid ni en los planos catastrales de la prefectura de Pau.

Es una construcción de piedra seca levantada por los pastores de Aldudes hace más de doscientos años.

Cuando la nieve cerraba los caminos principales o las patrullas montaban emboscadas en las ventas de la muga, esa borda era el único refugio donde un hombre perseguido podía encender una lumbre sin que el humo delatara su posición en el valle.

Maider recorrió con la mirada las vigas de roble del porche antes de continuar con voz queda:

—Ustaritz fue durante siglos la sede del Biltzar de Lapurdi, la asamblea foral donde los delegados de las parroquias labortanas juraban defender los fueros y las libertades comunales antes de que los jacobinos de la Revolución Francesa abolieran nuestras instituciones en mil setecientos ochenta y nueve para imponernos la división departamental.

Aquellas asambleas no se reunían en palacios con tapices dorados, Ainara; se celebraban al aire libre, en torno a la piedra de Kapito-Harri, bajo la sombra de un roble juradero, donde los alcaldes y jurados deliberaban de pie, sin armas ni títulos nobiliarios, porque entre labortanos la palabra dada valía más que cualquier cédula real.

El principio básico de nuestro derecho consuetudinario era el carácter sagrado de la casa solar: la etxea era indivisible y pertenecía por igual a la memoria de los antepasados y a las generaciones venideras.

Mi padre entendía la muga como una anomalía impuesta por las monarquías que no tenía legitimidad moral frente a la solidaridad de los valles.

En esa borda de Larremendi durmieron sindicalistas de Altos Hornos de Vizcaya en la huelga de mil novecientos sesenta y dos y campesinos navarros que traían grano para evitar el estraperlo oficial.

Los pastores de ambos lados firmaban los tratados de compastería y facerías en el collado de Elhorrieta, compartiendo los pastos de altura para sus rebaños en verano sin que ningún gendarme ni carabinero pudiera multarlos.

Para ellos, el monte no tenía dueño porque el pasto pertenecía a quien lo cuidaba.

Ainara contempló las líneas trazadas en la tela, sintiendo una vibración profunda en el pecho.

Comprendió que la memoria de aquel pueblo no dependía de los archivos oficiales ni de los discos duros que ella custodiaba en la fiscalía, sino de la fidelidad silenciosa con que cada generación transmitía a la siguiente los refugios de la dignidad humana:

—En los tribunales creemos que la ley lo abarca todo —murmuró Ainara, con la mirada fija en el mapa—. Pero la verdadera ley de estos montes es la que protegió a quienes no tenían más defensa que una cabaña de piedra y la palabra de un vecino.

Maider asintió, mirando a Ainara con un afecto que ya no guardaba ninguna distancia:

—Por eso quería que lo vieras, alaba. El puerto de Izpegi, donde atrapasteis a ese traidor de Mazarredo hace quince días, no era un simple paso de carretera; era el mismo collado por el que mi padre traía a los hombres libres cuando el mundo se desmoronaba.

Vosotros habéis continuado esa cadena. Y mientras esa memoria no se quiebre, ninguna orden ministerial podrá comprar la conciencia de nuestra gente.

La anciana recogió el mapa con delicadeza, lo dobló siguiendo sus pliegues originales y lo dejó sobre la repisa de la ventana. Luego consultó el péndulo del comedor, que dejaba escapar un compás metálico y regular desde el interior de la casa, y se colocó un pañuelo de seda al cuello:

—Son casi las cuatro, hijos. En Cambo-les-Bains celebran esta tarde las vísperas de la fiesta patronal y mi hermana Kattalin me espera para preparar los dulces de la cofradía. Me quedaré a dormir en su casa hasta mañana por la tarde.

Maider tomó una cesta de mimbre cubierta con un paño blanco, se despidió de Mathieu con una caricia en la frente y abrazó a Ainara con una calidez envolvente que despejó cualquier asomo de duda o timidez en la joven fiscal:

—Las llaves de la despensa y del cobertizo están colgadas junto a la puerta, Ainara. Esta es vuestra casa. Descansad, respirad el aire del río y dejad que la paz entre en vosotros. Os la habéis ganado con creces.

La cancela de hierro del jardín se cerró tras los pasos ligeros de Maider. El sonido del motor de su pequeño utilitario se fue apagando a lo largo del camino de grava hasta fundirse con el murmullo cristalino del Nive.

El silencio de la tarde pirenaica cayó sobre el caserío como un manto tibio. Ainara y Mathieu se quedaron solos en el porche, contemplando el balanceo perezoso de las hojas de la parra bajo la luz dorada que comenzaba a inclinarse hacia el oeste.

♦ ♦ ♦

Hacia las siete de la tarde, cuando las sombras de los robles se alargaban sobre los prados y el cielo sobre los picos de Iparralde mutaba de un azul cobalto a un ámbar encendido, Mathieu y Ainara salieron de la casa para caminar por la ribera del río.

Se habían descalzado en el porche. Ainara llevaba sus zapatillas de lona en la mano izquierda y los bajos de los vaqueros enrollados hasta las pantorrillas, sintiendo bajo la planta de los pies el frescor húmedo y elástico de la hierba recién brotada.

El aire del atardecer olía a saúco en flor, a tierra fértil regada por el deshielo y al aroma dulce y mineral del agua corriendo sobre los cantos rodados del cauce.