CAPÍTULO 20 LA MUGA
A las diez y veinte de la mañana de un sábado de principios de abril, el tren regional procedente de Donostia y Hendaya redujo su marcha con un prolongado chirrido metálico al ingresar bajo la marquesina de hierro forjado y cristal de la Gare de Bayonne.
La luz limpia de la primavera atlántica, templada por una brisa suave que arrastraba el olor salino del estuario del Adour y la fragancia húmeda de las colinas labortanas, inundaba los andenes de piedra gris donde los viajeros descendían con paso desahogado.
Caminó unos pasos a lo largo del tren, esquivando a un grupo de cicloturistas que desmontaban sus alforjas, hasta que sus ojos se encontraron con la figura que aguardaba junto a una de las columnas neoclásicas del vestíbulo.
Mathieu Etcheverry estaba de pie con las manos metidas en los bolsillos de una chaqueta azul marino de corte marinero, sobre una camisa de lino gris abierta en el cuello.
Llevaba el pelo oscuro ligeramente alborotado por el viento y en su mandíbula se dibujaba la sombra de una barba recortada con esmero.
Al verla avanzar entre los pasajeros, una sonrisa franca, limpia de cualquier sombra de cansancio táctico, iluminó sus facciones.
No hubo necesidad de pronunciar nombres ni de intercambiar protocolos procesales.
Ainara soltó la bolsa de lona en el suelo de baldosas y dio los dos últimos pasos que la separaban de él con el corazón latiendo a un ritmo vivo y desacompasado.
Mathieu dio un paso al frente, la rodeó con ambos brazos por la cintura y la levantó apenas unos centímetros del pavimento, atrayéndola contra su pecho con una fuerza contenida que desvaneció de golpe las últimas tensiones acumuladas en los juzgados de Bilbao.
Ainara hundió el rostro en el hueco entre el cuello y la solapa de su chaqueta, aspirando el olor inconfundible de su piel: jabón neutro, tabaco frío de hebra negra y ese aire balsámico a madera de roble y lluvia de montaña que la transportaba de inmediato al caserío de Ustaritz.
Cuando Mathieu aflojó la presión de los brazos, no se separaron.
Sus miradas se sostuvieron durante varios segundos con una intensidad reposada, reconociéndose fuera del cerco, fuera de los despachos precintados y de las persecuciones bajo la niebla.
Mathieu deslizó los dedos de su mano derecha por la mejilla de Ainara, apartando un mechón de pelo detrás de su oreja, y se inclinó para besarle los labios.
Fue un beso pausado, profundo y cálido, sin la urgencia febril de la clandestinidad ni el miedo a la muerte que había marcado sus encuentros en el piso de la calle Ribera o en el hotel del Ensanche.
Sabía a alivio, a salitre atlántico y a una promesa cumplida que no necesitaba actas notariales para sostenerse.
—Tenías razón —susurró Ainara cuando sus frentes quedaron apoyadas la una contra la otra, sintiendo el aliento tibio de él en los labios—. El sol existe a este lado de los Pirineos. En Bilbao dejamos una llovizna gris que parecía no querer despegarse de las fachadas de la Gran Vía.
Mathieu sonrió, tomándola de la mano mientras recogía la bolsa de lona con la otra:
—La primavera en Lapurdi no pide permiso a los temporales del Cantábrico, Ainara. En cuanto el viento gira al sur y sopla desde los hayedos de Aldudes, los valles se abren en un par de mañanas. El coche está aparcado fuera, en la plaza de la República. Vamos a casa.
Salieron del edificio histórico de la estación y cruzaron hacia la orilla del río.
Se detuvieron unos instantes sobre el pretil de piedra del Pont Saint-Esprit para contemplar la desembocadura de la Nive en el Adour.
El agua atlántica, empujada por la pleamar viva de abril, remontaba el cauce fluvial con una fuerza serena, mezclando los sedimentos oscuros de la montaña pirenaica con la espuma salada del golfo de Bizkaia.
Gaviotas patiamarillas planeaban en círculos sobre las barcazas areneras y los remeros de las traineras locales se entrenaban en el canal central, acompasando el golpe de las palas con gritos rítmicos que rebotaban en las fachadas color ocre del muelle.
Mathieu apoyó la mano en la barandilla de hierro y señaló el curso del agua hacia el sur:
—La marea entra casi doce kilómetros tierra adentro por el Errobi, hasta más allá de las compuertas de Ustaritz.
Mi abuelo decía que este río tiene dos corazones: uno de agua dulce que baja de las nieves de Donibane Garazi y otro de agua salada que sube dos veces al día desde San Juan de Luz.
Por eso los pescadores de la costa y los pastores del interior nunca necesitaron tratados para entenderse; sabían que el río respiraba como un pulmón común.
Subieron al turismo de Mathieu y dejaron atrás los bulevares urbanos de Bayona para tomar la carretera departamental D932, que avanzaba hacia el sur bordeando los meandros serpenteantes del Nive.
El paisaje que se abría a ambos lados de la calzada respiraba una serenidad absoluta.
Los prados de un verde esmeralda deslumbrante, salpicados de margaritas silvestres y dientes de león, descendían en suaves ondulaciones hasta la misma orilla del agua, donde las hileras de plátanos y alisos comenzaban a despuntar con brotes nuevos de un verde tierno.
En las laderas altas de Villefranque y Jatxou, rebaños de ovejas manex de cabeza negra pastaban ajenos al mundo entre manzanos de sidra y nogales frondosos, mientras los caseríos labortanos, con sus muros encalados de un blanco deslumbrante y sus maderas labradas en rojo buey, se recortaban contra el cielo azul como centinelas de una paz inmemorial.
Ainara apoyó el codo en la ventanilla entreabierta, dejando que el aire fresco del valle le acariciara la cara:
—Durante semanas estuve convencida de que la frontera era una línea de fuego, Mathieu —comentó ella, contemplando el vuelo bajo de una garza real sobre los rápidos del Nive—.
En la fiscalía nos pasamos la vida leyendo acuerdos de Schengen, directivas de cooperación judicial europea y convenios de extradición bilateral, tratando la divisoria como un foso entre dos jurisdicciones que solo se tocan cuando un prófugo salta de un lado a otro.
Y ahora veo esta carretera, estos huertos que se extienden de una orilla a otra sin que nadie pregunte por pasaportes, y me doy cuenta de lo ciegos que estamos en las capitales.
Mathieu asintió con la cabeza, reduciendo la marcha al cruzar el puente de piedra que daba acceso al término municipal de Ustaritz:
—El Tratado de Bayona de 1856 tardó casi diez años en colocar los mojones de piedra numerados a lo largo de las crestas de los Pirineos, desde la desembocadura del Bidasoa hasta la Mesa de los Tres Reyes.
Los ministros plenipotenciarios de Isabel Segunda y Napoleón Tercero creían que estaban cerrando dos imperios con candado diplomático.
Pero la Eurorregión Nueva Aquitania-Euskadi-Navarra no se inventó en los despachos de Bruselas ni en los fondos de cohesión Interreg: este corredor ferroviario entre Bilbao, San Sebastián y Bayona solo recuperó el camino natural por el que los carpinteros de ribera de Pasajes y los toneleros del Nive llevaban siglos comerciando sin pedir autorización a las aduanas.
La muga es solo una cicatriz administrativa; la carne que hay debajo es la misma.
Mathieu señaló con un gesto del mentón hacia una hilera de molinos harineros de sillería arenisca cuyas compuertas de madera aún regulaban el flujo de agua en un recodo del Errobi:
—Los molineros de Ustaritz y los de Villefranque tenían convenios de molienda mutua firmados en euskera labortano que databan del siglo dieciséis.
Cuando las crecidas del otoño rompían la presa de un caserío, los sacos de trigo se cruzaban en chalanas a la otra orilla sin que ningún alguacil del rey de Francia interviniera.
Del mismo modo, los marineros de Hondarribia y de Hendaia han compartido las mareas de la bahía de Txingudi bajo los acuerdos de la Conferencia del Bidasoa durante cuatrocientos años, respetando vedas y caladeros comunes mientras las coronas de Madrid y París se desangraban en guerras dinásticas.
El río nunca fue una barrera; fue el camino real por el que bajaban las vigas de roble de los bosques comunales de Baïgorry para construir los barcos balleneros de San Juan de Luz.
La gente de estos valles aprendió a ignorar a las cancillerías mucho antes de que naciera el mercado común europeo.
El coche abandonó la carretera comarcal y se adentró en una senda estrecha flanqueada por muros bajos de piedra seca cubiertos de musgo y hiedra.
Al final del camino de grava, el caserío de los Etcheverry se alzaba bajo la sombra protectora de sus robles centenarios, con las contraventanas rojas abiertas de par en par al sol de la mañana y una voluta tenue de humo blanco saliendo de la chimenea de piedra.
—Mi madre lleva desde las siete trajendose en los fogones —dijo Mathieu con una mirada pícara al apagar el motor—.
Ha preparado un marmitako con bonito fresco del puerto de San Juan de Luz y una tarta vasca de crema de almendras que ha dejado enfriar en la despensa.
Hoy no se admiten informes periciales en la mesa, fiscal Zubiaga.
Hoy no existen Madrid, ni París, ni Bruselas.
Ainara rio por lo bajo, una risa limpia y cristalina que no recordaba haber emitido en meses:
—Es la orden más sensata que he recibido en todo el año, inspector.
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El almuerzo se prolongó durante casi tres horas en el porche de madera del caserío, bajo una parra centenaria cuyos sarmientos nudosos comenzaban a poblarse de hojas tiernas que tamizaban los rayos dorados del mediodía.