CAPÍTULO 19 EL PESO #6
—Es una victoria limpia en los tribunales de Bilbao y París, Mathieu —respondió ella con voz sosegada—.
Kepa Arostegui dormirá esta noche en un módulo de ingresos del penal de Basauri, y el Concierto Económico ha salido blindado ante la Unión Europea con la firma del Cupo.
Pero ambos sabemos que el tablero no termina en el estuario del Nervión.
Mathieu asintió con lentitud, expulsando un fino reguero de humo hacia el cielo despejado:
—Viktor Sorokin sigue intocable en sus oficinas blindadas de la torre Almas en Dubái.
Los Emiratos Árabes Unidos aplican su propia legislación federal contra el blanqueo de capitales sin convenios bilaterales de extradición con los tribunales europeos ni reconocimiento de órdenes de embargo emitidas desde La Haya.
Moverá sus fondos a través de plazas financieras del Golfo Pérsico o en los mercados inmobiliarios de Singapur fuera del alcance de las directivas comunitarias.
Para hombres como él, la caída de peones como Deschamps o Arostegui no representa más que una prima de riesgo asumible en su balance de operaciones.
—Y Patricia Hagen —añadió Ainara, volviendo el rostro hacia él—. El informe de OLAF la desvincula formalmente de la acusación penal por razones de Estado.
—Hagen ha sido cesada de su cargo de enlace en la representación permanente de Bruselas —explicó Mathieu con una mueca de escepticismo veterano—.
Ha regresado a su despacho en el cuartel general del Bundesnachrichtendienst en Chausseestraße, en Berlín.
Ningún gobierno procesa públicamente a sus propios mandos de inteligencia si puede resolver el conflicto con una jubilación anticipada o un traslado discreto a un departamento de análisis exterior.
El centralismo tiene muchas caras en Europa, Ainara; algunas visten toga, otras gestionan fondos buitre y otras redactan informes clasificados en ministerios federales.
Ainara bajó la mirada hacia su muñeca izquierda y rozó la esfera de acero pulido del reloj Certina DS de su padre, Josu Zubiaga.
El metal transmitía una frialdad familiar, un ancla indestructible con la memoria de los hombres y mujeres que creyeron que la honradez de un pueblo no se mide por el tamaño de sus rascacielos ni por la arrogancia de sus banqueros, sino por la lealtad con la que defienden sus leyes comunes.
Recordaba las tardes de lluvia en Durango, cuando su padre regresaba del taller mecánico con las manos engrasadas y le repetía que el derecho solo cobra sentido cuando protege a los que no tienen dinero para comprar jueces ni ministros.
—Mi padre solía decirme que la justicia humana nunca es un monumento de mármol que se termina de construir —murmuró ella con una sonrisa melancólica—.
Decía que es una trinchera en la tierra húmeda: si te descuidas una sola noche, la maleza y los usureros vuelven a invadirla.
Arostegui me advirtió en la sala de vistas que el dinero buscará el valle del Deba.
Mencionó las cooperativas de Mondragón y la compra de deuda industrial por parte de fondos extranjeros.
Mathieu arrojó la colilla del cigarrillo a una papelera de hierro fundido del muelle y se detuvo junto a la barandilla de acero que dominaba la ría.
Se volvió hacia ella, acortando el espacio que los separaba.
En la penumbra, sus ojos castaños tenían una calidez reposada y franca que borró de golpe el peso de los códigos penales y las amenazas políticas.
Alzó la mano derecha y tomó los dedos enguantados de Ainara entre las suyas, envolviéndolos con un calor firme que le recorrió el brazo.
—El valle del Deba seguirá allí la próxima semana, Ainara —dijo Mathieu en un euskera labortano dulce y pausado, con esa cadencia musical que a ella le sonaba como un refugio antiguo—.
Y los fondos extranjeros también. Pero tú y yo hemos cumplido nuestro juramento.
En cuarenta y ocho horas comienza mi permiso reglamentario de la OLAF y tengo orden estricta de no encender el ordenador en dos semanas.
Ainara alzó la vista hacia él. El viento del Cantábrico le agitaba un mechón de pelo oscuro sobre la mejilla; por primera vez en muchos meses, la tensión que tensaba sus mandíbulas se disolvió en una calma luminosa y plena.
—¿Y qué propone el inspector Etcheverry que hagamos durante dos semanas fuera de los tribunales? —preguntó ella, con una chispa de ironía tierna en la mirada.
Mathieu sonrió despacio, acariciando el dorso de su mano con el pulgar:
—Cruzar la muga. Dejar atrás la AP-8 y las autopistas.
En Ustaritz los manzanos del caserío están empezando a florecer junto al río Nive, y mi madre Maider ha prometido que no dejará entrar a ningún fiscal ni a ningún policía en su cocina mientras estemos allí.
Quiero que conozcas mi casa, Ainara. Quiero que veas el río sin tener que vigilar quién viene detrás.
Ainara apretó los dedos de Mathieu con fuerza, devolviéndole el calor de su mano en la noche bilbaína. Su sonrisa se ensanchó, iluminándole el rostro bajo los reflejos cobrizos del agua.
—Prepara el coche para el viernes, Mathieu —dijo ella con voz suave y decidida—. Nos vamos a Ustaritz.