El peso del Cupo (Línea de Cupo 1) CAPÍTULO 18 EL CERCO #5
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CAPÍTULO 18 EL CERCO #5

A través de los cristales tintados de cuarenta milímetros de grosor, la silueta del conductor permanecía rígida como una estatua de sal.

Gorka Atxaga se aproximó a la ventanilla del lado del conductor, extendió su mano izquierda enfundada en un guante de cuero negro y golpeó con dos toques secos los nudillos contra el cristal.

En el interior se escuchó el chasquido sibilante del compresor de aire al liberarse el cierre centralizado de seguridad. Con una lentitud agónica, el cristal blindado descendió apenas diez centímetros, dejando escapar el hedor acre a tabaco rubio, sudor rancio y calefacción recalentada.

En el asiento del conductor se hallaba Kepa Arostegui.

La arrogancia aristocrática del patricio que durante décadas había manejado los hilos del poder político y financiero en los reservados de los restaurantes de Bilbao se había desmoronado por completo.

Su cabellera plateada, habitualmente peinada hacia atrás con esmero, caía en mechones desordenados y sudorosos sobre una frente lívida.

La corbata de seda italiana colgaba torcida sobre el cuello desabrochado de una camisa de hilo arrugada, y sus manos temblaban sobre el aro de cuero del volante con un estertor espasmódico.

Sus ojos, enrojecidos y hundidos en ojeras violáceas, miraban a Gorka con la incredulidad rota de quien contempla el final abrupto de un reinado que creía intocable.

Gorka lo observó durante tres largos segundos con una pesadumbre inmensa en la mirada, la tristeza contenida de un policía que había conocido al Arostegui de los años de la transición foral, antes de que la codicia desmedida y el tráfico de influencias carcomieran su dignidad.

—Kepa —dijo Gorka en voz baja, hablando en un tono sosegado que no necesitaba elevarse sobre el viento—. Apaga el motor y saca las manos despacio por la ventanilla. Ya no hay frontera para ti.

Arostegui tragó saliva con dificultad. Su mirada osciló entre el uniforme de la Ertzaintza, las luces azules de los furgones de la Gendarmería y la mole silenciosa del mojón fronterizo sobre el que descansaba la rueda delantera de su vehículo.

Comprendió en ese instante la futilidad de cualquier resistencia: el Convenio de Schengen y el mandato del Equipo Conjunto de Eurojust habían borrado la muga como refugio jurídico.

Francia y España operaban como un único territorio de justicia.

Con un movimiento mecánico y desprovisto de fuerza, Arostegui giró la llave del contacto para cortar el circuito eléctrico, empujó la pesada puerta blindada hacia afuera y extendió ambas muñecas hacia el aire helado del collado.

Gorka enfundó su arma con un gesto sobrio, extrajo los grilletes de acero pavonado de su cinturón y ajustó las anillas alrededor de las muñecas del ex Diputado General con dos chasquidos firmes y secos. Entre dos agentes de la Brigada Móvil lo incorporaron con firmeza sobre el firme escarchado.

Al verse de pie sobre la línea imaginaria de la frontera, con las botas hundidas en el aguanieve, Arostegui alzó la cabeza y clavó sus ojos inyectados en sangre en Mathieu Etcheverry. Una mueca de odio sibilino desfiguró sus labios amoratados por el frío:

—¿Te crees muy satisfecho, Etcheverry? —susurró con un veneno concentrado que destilaba desprecio—.

¿Crees que habéis salvado el Concierto Económico?

No tenéis ni la menor idea de lo que habéis hecho...

Barandiarán era un burócrata cobarde que creía en los manuales de derecho financiero; vosotros sois unos ilusos que pensáis que la justicia existe al margen de la correlación de fuerzas.

Habéis entregado el país a los tecnócratas centralistas de Bruselas y a los buitres de Fráncfort.

Cuando las cooperativas del interior quiebren y los fondos buitre desmantelen los hornos y las matrices tecnológicas porque nadie en Madrid ni en Bruselas mueva un dedo para defender el fuero vasco, os acordaréis de este día en este monte.

Mathieu dio un paso hacia él, sosteniendo su mirada sin alterar un solo músculo de su rostro:

—El autogobierno vasco no se defendía robando el dinero de los hospitales y de las escuelas para transferirlo a cuentas fiduciarias en Dubái y Zúrich, señor Arostegui.

Y la memoria de Iñigo Barandiarán y de Miren Uriarte no se borra con discursos patrióticos en los periódicos.

La ley no es patrimonio de sus sociedades pantalla; la ley pertenece a los ciudadanos que pagan sus impuestos con honradez.

El subteniente de la Gendarmería y los agentes de la Ertzaintza introdujeron a Arostegui en el compartimento celular reforzado del furgón de escolta, cerrando la puerta enrejada con un golpe seco.

Bajo la aguanieve incesante que comenzaba a cubrir de blanco las capotas de los coches, Gorka Atxaga y Mathieu Etcheverry se miraron a los ojos.

No hubo apretones de manos ni celebraciones efusivas.

Solo un asentimiento silencioso, la comunión sobria de dos hombres de ley que sabían que acababan de arrancar la pieza maestra del tablero en el corazón de la tormenta pirenaica.

♦ ♦ ♦

A las diez de la mañana, la comitiva policial descendía por la carretera nacional N-121-A a través de las hoces encajonadas del río Bidasoa, enfilando los tramos rectos que comunicaban los valles navarros con el nudo viario de Gipuzkoa y el acceso metropolitano al Gran Bilbao.

El temporal de aguanieve que a primera hora de la mañana había azotado el collado fronterizo de Izpegi comenzaba a fracturarse sobre las cumbres de los montes Cinco Villas, dando paso a grandes claros de un azul pálido y cristalino por los que se filtraba una luz invernal fría y brillante que encendía de destellos metálicos el cauce crecido y plomizo del río.

El convoy avanzaba con una disciplina milimétrica sobre el asfalto húmedo: abriendo la marcha rodaba un vehículo patrulla de la Ertzaintza con los rotativos apagados pero manteniendo una velocidad de crucero constante de noventa kilómetros por hora; en el centro de la columna marchaba el furgón celular de alta seguridad de la Brigada Móvil, blindado contra ataques con armas pesadas y dotado de compartimento individual sellado donde Kepa Arostegui viajaba incomunicado y custodiado por dos agentes con equipo táctico completo; escoltando los flancos se desplazaban dos todoterrenos de apoyo; y cerrando la formación avanzaba el sedán camuflado de color oscuro en cuyo interior viajaban Ainara Zubiaga, Mathieu Etcheverry y el inspector jefe Gorka Atxaga.

En el habitáculo del sedán reinaba un silencio espeso, profundo y reparador, muy distinto al silencio asfixiante que durante las semanas precedentes había pesado sobre sus hombros como una losa de culpabilidad impuesta.

Era el silencio de quienes han cruzado el abismo de la persecución clandestina, el dolor por los compañeros caídos y la amenaza real de una demolición política y personal orquestada desde las cloacas del poder financiero, emergiendo al otro lado con la verdad intacta entre las manos.

Al volante, Gorka Atxaga conducía con las dos manos firmes sobre el aro de cuero, manteniendo la vista fija en la calzada y en el espejo retrovisor.

Tenía el rostro demacrado por el insomnio de dos jornadas ininterrumpidas de alerta operativa, pero en la comisura de sus labios se adivinaba una calma antigua, la satisfacción sobria del ertzaina veterano que ha cumplido su deber sin torcer el rumbo ni buscar atajos al margen de la ley.

En el asiento del copiloto, Mathieu Etcheverry permanecía recostado contra el respaldo, con los ojos cerrados a medias contemplando el curso del Bidasoa entre los robledales de la ribera.

Llevaba el chaquetón desabrochado sobre el jersey oscuro y las manos apoyadas en el reposabrazos central.

Con un movimiento lento y medido, desprovisto de cualquier premura o artificio, Mathieu desplazó los dedos de su mano derecha sobre la consola central, buscando el contacto con la mano de Ainara.

Ainara, sentada a su derecha, volvió la palma de la mano hacia arriba y entrelazó sus dedos con los de él.

El contacto fue cálido, firme y profundamente reconfortante.

Ainara apretó los nudillos de Mathieu, sintiendo la textura áspera de su piel y la cadencia acompasada de su respiración.

No hicieron falta palabras, ni promesas de futuro, ni discursos de balance.

En ese apretón silencioso lateaba la certeza indestructible de haber sobrevivido juntos a la tormenta que había pretendido enterrar sus vidas en el lodo de la infamia institucional.