El peso del Cupo (Línea de Cupo 1) CAPÍTULO 18 EL CERCO #4
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CAPÍTULO 18 EL CERCO #4

—El puerto de Izpegi —corroboró el oficial de tráfico con semblante grave—.

Col d'Ispeguy. Seiscientos setenta y dos metros de altitud.

Es la conexión más abrupta, solitaria y escarpada entre Navarra y la Baja Navarra francesa.

Una calzada comarcal de apenas cinco metros de anchura, con pendientes que superan el diez por ciento, sin arcén de seguridad ni iluminación artificial, bordeando barrancos verticales de más de doscientos metros sobre el desfiladero de Baïgorry.

En invierno permanece prácticamente abandonada al tráfico rodado por las nevadas y los desprendimientos de roca arenisca.

—¡Va a intentar cruzar al departamento de Pyrénées-Atlantiques por la muga del collado!

—gritó Atxaga por la emisora, mientras el chillido de los neumáticos de su coche al entrar en la primera horquilla de subida resonaba con violencia en la sala—.

¡Ha entrado en las rampas del puerto! ¡No hay tráfico en sentido contrario; si corona el collado y desciende hacia Saint-Étienne-de-Baïgorry por la vertiente francesa, se nos perderá en los bosques de hayas antes de que la Gendarmería pueda montar un retén!

Ainara apretó el micro contra sus labios con una autoridad tajante que acalló cualquier murmullo en la sala:

—¡Gorka, escucha bien mis instrucciones! ¡Bajo ninguna circunstancia intentes embestirlo ni forzar una maniobra de sacada en las curvas de herradura!

—¡Ainara, si no lo freno ahora, en tres kilómetros cruza la divisoria internacional! —bramó el inspector jefe con la adrenalina disparada—. ¡Llevo dos agentes de la Brigada Móvil conmigo; puedo tirarle el coche contra la aleta trasera para que haga un trompo en el próximo apartadero!

—¡He dicho que no, Gorka! —la voz de Ainara resonó como un trueno en el despacho—.

Si le tocas la aleta en una horquilla congelada, ese todoterreno rodará doscientos metros por el precipicio de arenisca.

Arostegui no va a morir en un barranco pirenaico envuelto en llamas como un mártir de la patria foral ni como una víctima trágica que se lleve la verdad a la tumba.

Iñigo Barandiarán murió solo y asfixiado en un palco del Euskalduna; Miren Uriarte fue ejecutada con una sobredosis forzada en un piso franco después de dejar su voz grabada para que la justicia despertara.

Arostegui tiene que salir vivo de ese coche, tiene que escuchar sus derechos con las esposas puestas y tiene que sentarse en estrados ante el juez Irazábal para responder de cada euro saqueado y de cada vida arrancada. ¡Cumple la ley, inspector!

Hubo tres segundos de silencio en la frecuencia, salpicados únicamente por el viento y el chirrido de los frenos sobre el asfalto helado. Finalmente, la voz de Atxaga regresó con una sobriedad áspera:

—Recibido, fiscal. Mantengo la presión a su zaga sin maniobras de choque. Pero más vale que Mathieu esté en la cima... Porque el cabrón acaba de apagar las luces traseras para cegarme en la ventisca.

En el mapa de la Fiscalía, la traza de la persecución remontaba las curvas imposibles del puerto de Izpegi.

La altitud devoraba la vegetación baja; los robledales daban paso a los hayedos trasmochos y a los escarpes de roca rojiza cubiertos por un manto gélido de aguanieve.

La muga territorial del Tratado de Bayona de 1856, marcada por los mojones de piedra en el collado, se encontraba a menos de un kilómetro y medio del morro del todoterreno fugitivo.

—El Centro de Cooperación Policial y Aduanera de Hendaye ha sido notificado formalmente hace diez minutos —intervino el oficial de enlace—.

Se ha invocado de urgencia el artículo cuarenta y uno del Convenio de Aplicación del Acuerdo de Schengen que ampara la persecución transfronteriza en caliente.

Las fuerzas de la Ertzaintza están legitimadas para cruzar la divisoria persiguiendo al prófugo.

Y Mathieu Etcheverry ya está en la vertiente francesa.

Ainara no apartó los ojos del punto rojo que ascendía hacia la cima:

—Que no se rompa la cadena, Dios mío... Que no se rompa ahora.

♦ ♦ ♦

A las siete y media de la mañana, en el puerto de montaña de Izpegi, a seiscientos setenta y dos metros de altitud sobre el nivel del mar, el mundo parecía haberse replegado sobre sí mismo en una desolación helada y mineral.

Una galerna pirenaica feroz y continua, cargada de agujas de aguanieve y ráfagas de viento polar que aullaban entre las ramas desnudas de los hayedos trasmochos, barría la meseta fronteriza donde la carretera navarra NA-2600 se fundía de manera casi imperceptible con la ruta departamental francesa D949.

La niebla de altura, densa y lechosa como una gasa impenetrable, reducía el alcance visual a menos de doce metros, borrando los escarpes de arenisca roja del pico de Auza y transformando las siluetas de las bordas de pastores en peñascos informes cubiertos por una pátina de escarcha.

Mathieu Etcheverry permanecía de pie en el arcén de la vertiente francesa, resguardado a duras penas tras la aleta delantera de uno de los dos vehículos todoterreno de tracción integral del Peloton de Gendarmerie de Montagne con base en Saint-Jean-Pied-de-Port.

Había subido desde Saint-Étienne-de-Baïgorry en una ascensión frenética por las horquillas de la D949, coordinando con el mando galo la colocación del bloqueo en el límite estricto de soberanía.

Los dos furgones de la Gendarmería formaban una barrera en cuña sobre la calzada congelada, con los rotativos estroboscópicos de color azul zafiro cortando la ventisca con ráfagas rítmicas de luz que se proyectaban contra la cortina blanca como destellos fantasmales.

Junto a él, el subteniente francés al mando del dispositivo de montaña consultaba el radar térmico portátil:

—Se aproxima a gran velocidad por la vertiente sur, Mathieu. El enlace de la Ertzaintza en Erandio nos confirma que acaba de salir de la última curva ciega, a menos de cuatrocientos metros del hito fronterizo.

Mathieu no contestó; se limitó a ajustar el cierre de su chaquetón impermeable y a clavar la vista en la penumbra del collado.

Sus botas de montaña descansaban sobre la gravilla escarchada a escasos palmos de un bloque prismático de piedra granítica, erosionado por siglo y medio de tempestades atlánticas, en cuya cara superior permanecía toscamente cincelada la letra «P» mayúscula y una cruz de delimitación: el mojón divisorio erigido de conformidad con el Tratado de Límites de Bayona, firmado el dos de diciembre de 1856 entre los plenipotenciarios de Isabel II de España y Napoleón III de Francia.

Durante generaciones, los contrabandistas de Aldudes y los mugalaris de la familia de su madre habían utilizado aquel hito de piedra como un punto de inflexión vital: la raya donde las patrullas de carabineros españoles debían detener el fuego y donde la noche concedía una tregua precaria a los fugitivos.

De pronto, un estruendo gutural y bronco rasgó la ventisca: el rugido ensordecedor de un motor V8 empujando tres toneladas de acero a régimen máximo de aceleración sobre una pendiente resbaladiza.

Dos conos de luz blanca de alta intensidad atravesaron la niebla como dos sables de xenón.

El todoterreno blindado de Kepa Arostegui coronó la rampa final del collado a una velocidad suicida, barriendo el asfalto congelado con la violencia de un proyectil descontrolado.

Al toparse de bruces con la barrera en cuña de los vehículos franceses y el resplandor cegador de los rotativos azules, los neumáticos del vehículo fugitivo chirriaron sobre la gravilla con un alarido agudo.

Arostegui pisó el pedal del freno a fondo; la pesada mole de acero derrapó de costado sobre una placa de hielo negro, coleando de forma salvaje hacia el talud de la cuneta en un trompo incompleto.

Arostegui engranó con desesperación la marcha atrás para girar en redondo e intentar descender de nuevo hacia Navarra, pero la escapatoria acababa de cerrarse para siempre: el vehículo camuflado de la Ertzaintza conducido por Gorka Atxaga emergió de la niebla a escasos cinco metros de su zaga, frenando en seco con las cuatro ruedas bloqueadas y cruzándose de través a escasos centímetros del paragolpes trasero del todoterreno blindado.

Las cuatro ruedas del coche de Arostegui patinaron sin tracción en el barro helado y la nieve pastosa del arcén, arrojando una lluvia de piedras contra los bajos de la carrocería, hasta encallar de forma definitiva contra la base del mojón granítico del Tratado de 1856.

El motor emitió un estertor sordo de ahogo y se caló.

Un silencio sobrecogedor se desplomó sobre el collado, quebrado únicamente por el aullido del vendaval y el chasquido metálico del tubo de escape sobrecalentado enfriándose contra la nieve.

Gorka Atxaga abrió la puerta del coche camuflado y descendió con paso lento y medido sobre la calzada resbaladiza.

Llevaba la cazadora oscura de la Ertzaintza empapada por la lluvia, el cuello empapado y el rostro surcado por profundas arrugas de tensión y fatiga, pero en su postura no había un solo ápice de vacilación: avanzaba con su pistola reglamentaria empuñada en guardia baja, apuntando al suelo en estricto cumplimiento de los protocolos de seguridad ciudadana, sin aspavientos innecesarios ni teatralidad armada.

A ambos flancos del vehículo inmovilizado, dos agentes de la Brigada Móvil de la Ertzaintza y dos gendarmes franceses de montaña tomaron posiciones de cobertura con potentes linternas tácticas iluminando el habitáculo blindado.

Mathieu dio varios pasos hacia adelante desde el lado francés, con las manos abiertas y visibles, situándose a la altura de la aleta delantera.