El peso del Cupo (Línea de Cupo 1) CAPÍTULO 18 EL CERCO #3
87%

CAPÍTULO 18 EL CERCO #3

En la consola de la Fiscalía se proyectó un gráfico comparativo de flujos: en un lapso de noventa segundos, más de ciento ochenta millones de euros habían quedado petrificados en los sistemas bancarios europeos.

Ningún servidor fiduciario podía liquidar un solo euro; ningún testaferro podía activar cláusulas de compensación ni girar pagarés para comprar voluntades o financiar la infraestructura de evasión.

En la pantalla secundaria, que monitorizaba el tráfico entrante hacia la red de servidores del bufete de Arostegui la ley vasca de 2002 era una herramienta tributaria de soberanía democrática intachable que había sido parasitada por una oligarquía de intermediarios financieros corruptos en connivencia con halcones ideológicos de Bruselas.

—El andamiaje financiero de Atalante Capital ha quedado desarticulado en su totalidad, fiscal Zubiaga —dijo Van der Berg, cerrando las carpetas virtuales en su pantalla—. Arostegui no tiene liquidez ni para costear la nómina de sus escoltas privados. El cártel está quebrado.

—Gracias, Jan. Notifique de inmediato la resolución al magistrado instructor y a la fiscalía delegada de la OLAF —repuso Ainara con firmeza serena.

Antes de que pudiera girarse hacia sus colaboradores, un chasquido agudo y chirriante rasgó el silencio de la sala: el altavoz de la emisora interna de la Ertzaintza, sintonizada en la frecuencia prioritaria del Departamento de Seguridad, emitió una ráfaga de estática antes de que la voz ronca, acelerada y fría del inspector jefe Gorka Atxaga retumbara en las cuatro paredes:

—¡Centro de mando Henao, aquí Bizkor Uno! ¡Atxaga para la fiscal Zubiaga!

Ainara dio un paso hacia el micrófono de base y pulsó el botón de transmisión:

—Te escucho alto y claro, Gorka. ¿Estáis en el caserío de Mungia?

La respiración agitada del veterano policía transmitía el latido furioso del asfalto mojado:

—Acabamos de asegurar la finca de Mungia con dos patrullas de apoyo...

El portalón automatizado de la entrada principal está abierto de par en par, las luces del garaje exterior están encendidas y los dos perros dóberman están encerrados en las perreras traseras.

En el interior no queda nadie. Arostegui no ha dormido en la cama; tenía una maleta de cuero a medio cerrar en el vestíbulo y un triturador de documentos trabajando en el despacho.

Un vecino del caserío colindante lo vio salir hace doce minutos a bordo de su todoterreno blindado de alta gama, con las luces apagadas, enfilando la carretera comarcal hacia el norte a tumba abierta para eludir el nudo de la autovía del Txorierri.

Ainara apretó la mandíbula hasta sentir el chasquido sordo de los molares:

—Deschamps ha caído en Biarritz hace quince minutos, Gorka. Mathieu ha asegurado los discos duros con la contabilidad antes de que los quemara con ácido. Arostegui sabe que sus cuentas están bloqueadas; le envió un mensaje de texto a Deschamps diciendo que se marcha hacia la muga.

—No va a llegar a la autopista, Ainara —bramó Atxaga por la radio, con el motor de su vehículo rugiendo de fondo mientras metía marchas con violencia—.

La A-8 y la A-15 están blindadas por los controles conjuntos de la Ertzaintza y la Guardia Civil.

Va a intentar coronar los puertos interiores hacia Navarra para cruzar por una pista forestal.

Estoy en su rastro por la comarcal; no le llevo más de ocho minutos de desventaja.

♦ ♦ ♦

A las siete menos cuarto de la mañana, la sala de operaciones de la calle Henao se había convertido en una cámara de resonancia donde cada segundo pesaba con la densidad del plomo.

En la pantalla principal, el mapa vectorial de carreteras del País Vasco y Navarra mostraba una red palpitante de arterias viarias donde los sensores de tráfico forales y las cámaras de reconocimiento automático de placas de matrícula (LPR) volcaban sus lecturas en tiempo real hacia la central de mando de la Ertzaintza en Erandio.

Ainara Zubiaga permanecía de pie frente al panel cartográfico, con los brazos cruzados sobre el pecho y los nudillos apretados con tanta fuerza que la piel aparecía blanca sobre los tendones.

Junto a ella, un oficial de enlace de la División de Policía Judicial seguía con el puntero láser la trayectoria del vehículo sospechoso que acababa de disparar una alarma roja en la comarca vizcaína de Lea-Artibai.

Kepa Arostegui no era un delincuente común presa del pánico ciego; era un estratega avezado de cincuenta y ocho años que durante su etapa como Diputado General y miembro de la Comisión Mixta del Concierto había conocido de primera mano los protocolos de seguridad vial y los planes de emergencia territorial.

Sabía a la perfección que la autopista AP-8 hacia el peaje de Biriatou y la autovía A-15 a través del nudo de Andoain contaban con dispositivos estáticos permanentes donde patrullas conjuntas de la Ertzaintza y la Guardia Civil podían cerrar los carriles de circulación en menos de cinco minutos mediante barreras de pinchos y furgones pesados.

Por ese motivo, su maniobra de evasión había rehuido las vías de gran capacidad: tras salir a tumba abierta de la finca de Mungia a bordo de su todoterreno blindado de gran cilindrada —un modelo de tracción integral con blindaje de nivel B6 capaz de resistir impactos de fusil y dotado de neumáticos antipinchazos con aros interiores de polímero—, se había internado por la carretera comarcal BI-631, cruzando los altos de Sollube bajo una densa cortina de agua, para descender hacia Gernika y enfilar la carretera foral hacia Markina y el límite provincial con Gipuzkoa.

—Ha burlado el cerco de la costa —explicó el oficial de enlace, ampliando el cuadrante nororiental en la pantalla—.

Cruzó la muga con Navarra hace siete minutos por la carretera comarcal NA-1210 a través de los túneles secundarios de Almandoz, eludiendo la calzada principal de la N-121-A.

Su velocidad media supera los ciento diez kilómetros por hora sobre asfalto empapado.

Conduce de forma temeraria, apagando las luces de cruce en los tramos rectos para que las cámaras térmicas de tráfico pierdan la firma de calor de los faros delanteros.

En ese instante, la señal de audio de la patrulla de persecución volvió a abrirse en los altavoces de la sala. El bramido del motor diésel biturbo del vehículo camuflado de la Ertzaintza subía de revoluciones entre un chapoteo continuo de agua y gravilla disparada contra los pasos de rueda:

—¡Centro Henao, aquí Bizkor Uno! —gritó Gorka Atxaga con la voz rota por el esfuerzo físico de mantener el coche sobre la trazada—.

¡Lo tenemos en contacto visual a cuatrocientos metros por delante!

Acaba de tomar la desviación en la glorieta de Oronoz-Mugaire en dirección a Elizondo y el corazón del valle de Baztan.

Ainara dio dos zancadas hacia la consola y tomó el auricular de mando:

—Gorka, mantened la distancia de seguridad. Arostegui no lleva un vehículo comercial ordinario; ese todoterreno pesa casi tres toneladas y tiene cristales laminados de cuarenta milímetros. Si intenta sacaros de la calzada en una curva ciega, os mandará contra el quitamiedos sin despeinarse.

—La potencia me sobra para pegarme a su paragolpes, fiscal —repuso Atxaga entre respiraciones forzadas mientras el sonido del limpiaparabrisas golpeaba con furia a la máxima velocidad—.

El problema es el cielo. A medida que subimos hacia el fondo del valle la temperatura ha caído a un grado bajo cero; la lluvia se está transformando en una aguanieve pastosa y el firme está lleno de placas de hielo negro bajo la hojarasca de los robledales. No podemos maniobrar a ciegas.

En el mapa digital, la línea roja del todoterreno de Arostegui rebasó el casco urbano de Elizondo y continuó hacia el norte sin aminorar la marcha.

En lugar de proseguir por la N-121-B hacia el paso fronterizo tradicional de Dantxarinea —donde sabía que la Policía Nacional y la Police aux Frontières francesa habrían extremado la vigilancia tras la caída de Deschamps en Biarritz—, el vehículo fugitivo metió un volantazo brusco en el término municipal de Erratzu, tomando el desvío señalizado hacia la carretera foral NA-2600.

Ainara clavó los ojos en la pantalla y sintió que un estremecimiento frío le erizaba el vello de los brazos:

—Va hacia Izpegi... —murmuró, reconociendo el trazado que la noche anterior le había descrito Mathieu en Ustaritz.