CAPÍTULO 16 FUERA DEL SISTEMA
A las cinco y cuarto de la madrugada, las curvas húmedas y cerradas del puerto de Otxondo ascendían hacia la divisoria pirenaica bajo una niebla algodonosa y densa que reducía el alcance de los faros a menos de diez metros.
El asfalto de la carretera comarcal navarra, encajonado entre laderas escarpadas cubiertas de hayas centenarias y helechos marchitos por la escarcha, brillaba con una pátina de humedad gélida que hacía que los neumáticos del sedán familiar sin distintivos perdieran tracción en cada horquilla.
En su muñeca izquierda, el reloj de pulsera de acero pulido de su padre, Josu Zubiaga, latía contra su piel con una frialdad mecánica.
Por primera vez en sus diez años de carrera en la carrera judicial, Ainara cruzaba un territorio no como representante de la legalidad pública ni como fiscal anticorrupción de la Comunidad Autónoma, sino como una fugitiva del propio sistema institucional que había jurado defender.
—En diez minutos descenderemos hacia las ventas de Dantxarinea —dijo Mathieu en euskera labortano, con una voz reposada y profunda que llenó el habitáculo de una calma reparadora—.
A esa hora las gasolineras y las tiendas de licores de la muga están completamente cerradas; solo los camiones que transportan carne o ganado hacia los mataderos de Baiona y Burdeos se detienen en los arcenes.
Pasaremos de Navarra al departamento de Pyrénées-Atlantiques sin detenernos.
Ainara volvió el rostro hacia él. La luz ámbar del cuadro de instrumentos recortaba el perfil afilado de Mathieu: la nariz recta, la sombra de la barba de dos días en la mandíbula y esas arrugas de concentración en el rabillo de los ojos que delataban a un hombre habituado a operar en la intemperie:
—Durante años he tramitado comisiones rogatorias internacionales y órdenes europeas de investigación a través de la red judicial Eurojust, Mathieu —susurró ella, dejando escapar un aliento tibio que empañó el cristal de la ventanilla—.
Siempre creí que la frontera era un expediente administrativo: un formulario con membrete de la Unión Europea, traducido por un perito jurado y sellado en tres idiomas.
Verla reducida a una carretera secundaria sin guardias ni farolas me hace sentir que el suelo bajo mis pies ha dejado de existir.
Mathieu soltó una leve sonrisa melancólica sin apartar los ojos de la calzada:
—Para los Estados centrales, Ainara, la muga siempre ha sido una línea de tiza trazada por diplomáticos en los tratados de Bayona y los despachos de París y Madrid.
Pero para la gente de estos valles —para los labortanos de Ustaritz y los baztaneses de Elizondo—, la muga nunca fue una frontera moral.
Fue una aduana impuesta que separaba caseríos de una misma familia, prados de un mismo rebaño y gentes que hablaban la misma lengua con variantes que cambian cada dos collados.
Mi abuelo no se consideraba un delincuente cuando cruzaba de noche por los hayedos cargando sacas de penicilina, café verde de ultramar o documentos políticos durante el franquismo.
Decía que la noche no tiene banderas y que el camino pertenece a quien sabe pisar la hojarasca sin romperla.
La carretera del puerto de Otxondo, con sus curvas de radio decreciente talladas sobre la roca esquistosa de los Pirineos occidentales, era mucho más que una vía de comunicación entre la cuenca de Pamplona y las llanuras labortanas: era un estrato geológico y político donde se habían superpuesto los conflictos bélicos del último milenio.
Desde las correrías de los banderizos bajonavarros en el siglo catorce hasta el despliegue de los batallones de zapadores durante la Guerra de la Convención y las fortificaciones de la Línea P de posguerra —cuyos búnkeres de hormigón armado permanecían todavía semienterrados entre las hayas como centinelas ciegos cubiertos de musgo—, la montaña guardaba memoria de cada bota que había intentado someterla a la disciplina de los mapas oficiales.
Ainara observaba el limpiaparabrisas barrer la escarcha pastosa del cristal.
Su mente de jurista, acostumbrada a encajar cada conducta humana en un tipo del Código Penal o en un artículo de la Ley de Enjuiciamiento Criminal, pugnaba por procesar la realidad de su situación.
En el plazo vertiginoso de doce horas había pasado de presidir un equipo de investigación anticorrupción con el auxilio de la policía autonómica a viajar como prófuga en un vehículo no registrado, transportando evidencias sustraídas de una sede judicial intervenida.
Si el Fiscal General del Estado o el Ministerio del Interior cursaban una requisitoria judicial a través del Sistema de Información de Schengen de segunda generación (SIS II), su fotografía y sus datos biométricos aparecerían en las pantallas de todas las patrullas policiales entre Algeciras y Helsinki bajo el epígrafe de «persona requerida para interdicción judicial».
Mathieu redujo la marcha al pasar junto a la solitaria ermita de San Juan Bautista, antes de encarar el último tramo de descenso:
—El Reglamento de Fronteras Schengen, en su artículo veintitrés, prohíbe taxativamente a los Estados miembros restablecer controles permanentes en las fronteras interiores de la Unión —explicó Mathieu, rompiendo el silencio con esa cadencia pausada que transmitía una seguridad inquebrantable—.
Sin embargo, Francia y España llevan una década abusando de la cláusula de excepción de los artículos veinticinco y veintisiete, prorrogando indefinidamente los controles móviles bajo el pretexto de la lucha antiterrorista o el control de los flujos migratorios.
En el puente internacional de Santiago en Hendaya o en el peaje de Biriatou sobre la autopista A-8, la Police aux Frontières francesa mantiene puestos de filtrado permanente donde registran cada maletero y comprueban cada documento de identidad contra las bases de datos de Interpol y Europol.
Cruzar por la autopista habría sido entregarnos en bandeja a los mismos mandos policiales que reciben órdenes del Ministerio del Interior en Madrid y de la prefectura de Pau.
—Y en cambio, por Dantxarinea... —murmuró Ainara, mirando los perfiles oscuros de los caseríos navarros.
—Por Dantxarinea la frontera es una ficción topográfica —concluyó Mathieu—.
Los ganaderos de Ainhoa tienen sus pastos en la ladera sur y los comerciantes de Urdax compran el pan en la panadería labortana del otro lado del regato.
Para levantar un muro aquí tendrían que desalojar a tres valles enteros que llevan mil años ignorando que pertenecen a dos repúblicas y dos reinos distintos.
El sedán inició el descenso por la vertiente norte.
Las curvas de herradura dieron paso a una recta flanqueada por grandes naves comerciales de tejados de cinc y gasolineras de bajo coste que anunciaban la zona comercial de Dantxarinea.
Al sobrepasar el puente de piedra sobre el regato que marcaba la divisoria entre Navarra y la provincia histórica de Labort, no hubo puestos de aduana ni barreras de peaje.
El asfalto rugoso de la carretera foral se transformó en el pavimento más oscuro y liso de la ruta departamental D4 en dirección a Ainhoa.
El único cambio perceptible era la señalización viaria en francés y euskera y la repentina aparición de los primeros caseríos labortanos: fachadas encaladas de tres plantas, vigas vistas de madera labrada y contraventanas de madera pintadas en ese color rojo buey ( gorri ) característico de la comarca.
Al tomar la curva cerrada que rodeaba el cementerio de Ainhoa, las luces largas de un vehículo que circulaba en sentido contrario barrieron el habitáculo del sedán.
Una furgoneta azul oscuro de la Gendarmerie Nationale francesa, con el logotipo reflectante en las puertas laterales y la antena de comunicaciones de techo oscilando con el viento, redujo la marcha al cruzarse con ellos en el estrecho tramo urbano.
Ainara contuvo la respiración y apoyó la palma de la mano sobre la mochila de los discos duros, sintiendo que los músculos de sus hombros se agarrotaban como alambres.
Mathieu no aceleró ni apartó la mirada de la carretera.
Mantuvo la velocidad exacta de cuarenta kilómetros por hora, sin titubear, con las dos manos firmes sobre el volante, dejando que la furgoneta policial se deslizara a su lado a menos de medio metro de distancia.
El gendarme que ocupaba el asiento del copiloto miró brevemente hacia el interior del sedán, pero la penumbra y la densa capa de vaho en las lunas ocultaron los rostros.
La furgoneta continuó su trayecto hacia el sur sin encender los rotativos prioritarios, perdiéndose en la niebla que coronaba el puerto de Otxondo.
Ainara soltó el aire retenido en una exhalación lenta y temblorosa:
—Eso ha estado demasiado cerca, Mathieu.
—El Código de Fronteras Schengen abolió las aduanas interiores fijas, pero permite controles móviles de identidad en una franja de veinte kilómetros contigua a la muga por razones de seguridad pública —explicó Mathieu con voz serena mientras engranaba la cuarta marcha en la salida hacia Espelette—.
Pero los gendarmes de brigada buscan contrabandistas de tabaco o furgonetas con jornaleros agrícolas sin contrato; no esperan que un inspector de la OLAF y una fiscal provincial de Bilbao viajen en un turismo familiar antes del amanecer.
En quince minutos estaremos en Ustaritz. Allí estaremos seguros.
♦ ♦ ♦
A las seis y media de la mañana, la silueta señorial del caserío familiar de los Etcheverry emergió entre la bruma que se desprendía de los meandros del río Nive, en las afueras meridionales de la localidad labortana de Ustaritz.