CAPÍTULO 15 ALL IS LOST #6
—He dejado el coche aparcado en la dársena de carga subterránea del Mercado de la Ribera, doscientos metros río arriba —explicó Gorka, señalando las llaves sobre el mármol—.
Es un Passat familiar gris marengo con matrícula ordinaria, registrado a nombre de la Agencia Vasca del Agua para inspecciones de cauce.
No salta en los lectores automáticos de matrículas de la policía municipal ni en los peajes de la autopista AP-8 porque está catalogado como vehículo de servicio público de emergencias.
El depósito está lleno y en el maletero tenéis dos bidones de combustible de repuesto, una caja de herramientas y cadenas para la nieve.
Mathieu miró las llaves y luego clavó sus ojos en el rostro curtido del inspector de la Ertzaintza:
—Sabes perfectamente lo que te ocurrirá si Madrid descubre que nos has facilitado ese vehículo y los terminales limpios, Gorka.
Te quitarán la placa, abrirán una causa penal por el artículo cuatrocientos diez del Código Penal por desobediencia grave y te pedirán cuatro años de prisión en Basauri por colaborar en la sustracción de piezas de convicción judiciales.
Gorka soltó una media sonrisa amarga, casi despectiva, y se cruzó de brazos marcando la envergadura de sus hombros mojados:
—Llevo veinticinco años en este cuerpo, Mathieu.
Empecé patrullando las calles de Ezkerraldea cuando la reconversión industrial destrozaba a las familias de los astilleros, y he visto a demasiados políticos y magnates de Neguri envolverse en la bandera foral para limpiarse las manos manchadas de dinero robado.
Esta mañana he tenido que mirar el cadáver de Miren Uriarte sobre una colcha de flores mientras unos comisarios políticos me explicaban que convenía redactar el atestado como un suicidio para no incomodar a los señores de Bruselas y Madrid.
Mi carrera ya terminó esta mañana en Getxo.
Si tengo que terminarla en la cárcel por ayudaros a reventar el cártel de Arostegui, entraré en Basauri con la cabeza muy alta.
El inspector de la Ertzaintza extendió su mano derecha hacia Mathieu.
El funcionario europeo, que durante años había desconfiado por principio metodológico de las policías territoriales y de los pactos locales, estrechó la palma encallecida de Gorka con una firmeza silenciosa que borró de golpe cualquier frontera institucional.
Ainara se acercó a Gorka y lo abrazó con fuerza. El policía le devolvió el gesto con dos palmadas secas y paternales en la espalda:
— Zorte on, neska . Haz que la muerte de Miren y la de tu padre sirvan para algo. Quémalos a todos.
—Lo haré, Gorka. Te lo juro.
Ainara se colgó la mochila estanca a la espalda, ajustando las correas de los hombros y el cierre pectoral para equilibrar el peso de los discos duros y los expedientes.
Con un movimiento instintivo y pausado, estiró el puño de la manga izquierda de su anorak y consultó la esfera limpia del reloj de pulsera de acero Certina DS que había pertenecido a su padre, Josu Zubiaga.
El segundero avanzaba con una cadencia matemática sobre los números metálicos, marcando exactamente las tres y cuarenta y dos minutos de la madrugada.
Aquel mecanismo de cuerda manual era el único vínculo material que le quedaba con el taller mecanizado de Durango y con la memoria limpia de su linaje; el resto de su vida anterior —la toga de fiscal, el despacho en Henao 9, la legitimidad institucional del Estado— había quedado atrás reducido a cenizas.
Salieron del apartamento en fila india, descendiendo en silencio por la escalera de servicio de madera que desembocaba en el portalón trasero de la calle Barrenkale Barrena.
El aire de la noche bilbaína los recibió con una bofetada húmeda y fría.
La lluvia caía ahora en un murmullo constante y monótono que lavaba los adoquines antiguos del Casco Viejo, arrastrando las hojas caídas hacia las alcantarillas de la ría.
La ciudad dormía bajo la pesadumbre del invierno, ajena al terremoto político que al amanecer abriría las portadas de los periódicos.
Caminaron pegados a las fachadas oscuras hasta alcanzar la rampa de acceso a la dársena de carga del Mercado de la Ribera.
El Passat familiar esperaba en la penumbra del muelle bajo el puente de San Antón, con la carrocería cubierta por una fina película de rocío.
Mathieu abrió el maletero con el mando a distancia, acomodó la mochila bajo la lona retráctil del compartimento de carga y se deslizó tras el volante.
Ainara ocupó el asiento del copiloto, desplegando sobre sus rodillas un mapa de carreteras del Instituto Geográfico Nacional que abarcaba los valles pirenaicos de Navarra y la frontera con el departamento de Pirineos Atlánticos.
Mathieu giró la llave de contacto. El motor diésel cobró vida con un rumor amortiguado y constante. Los faros delanteros cortaron la oscuridad del muelle, proyectando dos haces de luz blanca sobre los adoquines mojados que bordeaban el agua oscura del Nervión.
Mathieu embragó la primera marcha, miró por el espejo retrovisor para comprobar que el callejón permanecía desierto y giró el rostro hacia Ainara:
—Pon rumbo a la muga... nos internamos en Iparralde.
El vehículo arrancó con suavidad, alejándose del centro de Bilbao hacia la carretera del corredor del Txorierri en dirección al paso fronterizo de Dantxarinea, dejando atrás las luces mortecinas de los juzgados para internarse en la noche cerrada de la montaña, donde la ley ya no tenía nombre y la verdad solo se defendía con la propia vida.