El peso del Cupo (Línea de Cupo 1) CAPÍTULO 15 ALL IS LOST #5
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CAPÍTULO 15 ALL IS LOST #5

Ainara soltó un grito sofocado contra la boca de él, arqueando la pelvis hacia arriba para recibir cada centímetro de su peso.

La sensación de plenitud física, de fricción carnal absoluta contra la carne viva de un hombre que se negaba a abandonarla, barrió de golpe el horror de la morgue de Getxo.

Era un acto de supervivencia elemental: dos cuerpos expulsados de sus mundos institucionales que se aferraban el uno al otro en mitad del vacío para no ser tragados por la nada.

Mathieu comenzó a moverse con una cadencia pesada, lenta y continua, hundiéndose hasta el fondo de su matriz y retirándose apenas lo justo antes de volver a clavar sus caderas contra su pubis.

El sonido de la piel sudada chocando rítmicamente contra la piel en el silencio del dormitorio se fundió con el rumor lejano de la lluvia en los tejados.

Mathieu le sujetó la nuca con la mano derecha, inclinándose sobre su rostro para susurrarle al oído con esa cadencia nasal y grave del euskera labortano:

— Hemen nago, Ainara... nirea zara gaur gauean... ez zaitut utziko, ez zaitut sekula bakarrik utziko...

Ainara cerró los ojos, sintiendo que una ola de calor volcánico le recorría la espina dorsal desde el vientre hasta las sienes. Apretó los muslos alrededor de la cintura de él, guiando el ritmo de las embestidas con una violencia visceral en vizcaíno crudo:

— Gehiago... estutu nazazu gogor, Mathieu... arnasa kendu arte... ez nazazu utzi...

— Ez gaituzte geldituko —gruñó él contra su clavícula, acelerando el compás de sus caderas, penetrándola con una fuerza posesiva y desbordante que la arrastró hacia el abismo.

El orgasmo conjunto estalló en ellos no como una dulce liberación sentimental, sino como una deflagración física devastadora.

Ainara arqueó el cuerpo en un espasmo incontrolable, clavando las uñas en los omóplatos de Mathieu y ahogando un gemido ronco en su hombro, mientras él se vaciaba en su interior con varias contracciones profundas, temblando sobre su pecho mientras el sudor y las lágrimas se fundían sobre las sábanas blancas.

Permanecieron abrazados en la oscuridad durante largo tiempo, sintiendo cómo sus respiraciones desbocadas recuperaban paulatinamente un compás acompasado.

El aire frío de la ría que entraba por el balcón comenzó a secar la humedad de sus pieles entrelazadas, pero ninguno de los dos hizo el menor ademán de separarse.

Ainara abrió los ojos y apoyó la palma de la mano derecha sobre el centro del pecho de Mathieu, sintiendo el latido regular y poderoso de su corazón bajo el esternón.

En su mirada ya no quedaba rastro de las lágrimas ni de la desolación de la mañana; había en sus pupilas una resolución diamantina, limpia de miedo y de ataduras procesales.

—Estamos solos fuera de la ley, Mathieu... —dijo en un susurro claro y firme—. Y vamos a quemar a los que hicieron esto.

Mathieu tomó la mano de ella, entrelazando sus dedos largos con los suyos antes de besarle los nudillos en la penumbra:

—Hasta el final, Ainara. Hasta el final.

♦ ♦ ♦

A las tres y media de la madrugada, la cocina del apartamento de la calle Ribera permanecía iluminada únicamente por la bombilla halógena suspendida sobre la mesa central de mármol y zinc.

Las tazas de café amargo descansaban vacías en el fregadero junto a los restos de una botella de agua mineral.

La atmósfera olía a metal, café requemado y a la lona encerada de los macutos de montaña.

Mathieu Etcheverry estaba de pie frente al mostrador, vestido con un jersey negro de cuello cisne, pantalones tácticos de montaña y botas de senderismo impermeables.

Sobre la superficie fría del mármol había desplegado los elementos que hasta esa noche habían constituido su identidad legal y profesional: el pasaporte de servicio diplomático emitido por el Reino de Bélgica con los sellos del Servicio Europeo de Acción Exterior, la tarjeta magnética de acceso a las sedes de la Comisión Europea en Bruselas y Luxemburgo, y su teléfono institucional de alta seguridad provisto por la OLAF.

Con movimientos pausados y metódicos, Mathieu extrajo con un clip metálico la bandeja de la tarjeta SIM del teléfono encriptado.

Tomó el diminuto chip dorado entre las yemas de los pulgares y lo partió en dos mitades exactas sobre la mesa con un chasquido nítido; a continuación, abrió la navaja de bolsillo con empuñadura de boj que siempre llevaba consigo y rayó con saña el microprocesador de contacto de su credencial comunitaria hasta inutilizar los circuitos integrados de radiofrecuencia.

Arrojó los restos inservibles en el fondo del cubo de la basura bajo el fregadero.

A su lado, Ainara Zubiaga terminaba de cerrar las correas de compresión de una mochila estanca de montaña de cincuenta litros de capacidad.

Llevaba unos vaqueros oscuros reforzados, un forro polar negro bajo el anorak impermeable y el pelo castaño recogido en una coleta tirante que despejaba la determinación afilada de sus pómulos.

En el interior del macuto descansaban las piezas que justificaban su condena: los dos discos duros clonados en el sótano de Alameda Mazarredo con el estándar forense internacional, el lápiz criptográfico IronKey de Miren Uriarte, el dosier encuadernado en tafilete negro con el membrete del «CUPO — PLAN B» y, en un compartimento estanco independiente, la tarjeta de memoria con las cuatro horas de declaración preconstituida de la inspectora asesinada.

Un crujido metálico suave en la puerta trasera que daba al patio interior de la manzana interrumpió el silencio de la cocina.

Mathieu se aproximó a la hoja de madera con la navaja cerrada en el puño. Miró a través de la mirilla óptica y desbloqueó el cerrojo de seguridad.

La puerta se abrió para dar paso a Gorka Atxaga.

El inspector jefe de la Ertzaintza entró empapado, con la gorra de lana calada hasta las cejas y una cazadora náutica oscura que chorreaba agua sobre el felpudo.

Cerró la hoja tras de sí y pasó el pestillo antes de soltar un resoplido largo que empañó el cristal de la alacena.

—Los inspectores de la Fiscalía General de Madrid han aterrizado en Loiu en el último vuelo de la noche —dijo Gorka en voz baja, quitándose los guantes de cuero húmedos—.

Han montado el cuartel provisional en la sede del Tribunal Superior, en los Jardines de Albia.

A las ocho de la mañana tienen orden de precintar tu despacho, Ainara, y de cursar a la comisaría de Erandio una orden de localización y comparecencia forzosa contra los dos por obstrucción a la justicia y revelación de secretos de Estado.

Ya han intervenido los servidores de la fiscalía provincial y la Audiencia Nacional ha asumido el control de la causa.

Atxaga abrió la bolsa de lona que traía bajo el brazo y depositó sobre la mesa de la cocina tres objetos: dos terminales telefónicos satelitales compactos de la marca Thuraya con tarjetas prepago internacionales no vinculadas a ningún censo oficial, un sobre abultado con diez mil euros en billetes usados de cincuenta y cien euros procedentes de la caja de fondos reservados de la unidad de Delitos Económicos, y un juego de llaves con el logotipo de Volkswagen.