El peso del Cupo (Línea de Cupo 1) CAPÍTULO 15 ALL IS LOST #4
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CAPÍTULO 15 ALL IS LOST #4

Con un movimiento rápido y entrenado, el inspector de la Ertzaintza deslizó la mano bajo su cazadora de cuero y extrajo del bolsillo interior de su chaleco táctico un sobre estanco de plástico transparente sellado con calor.

Dentro del envoltorio se distinguía una tarjeta de memoria Secure Digital de color negro con la etiqueta roja de alta velocidad de grabación.

—¿Qué es esto, Gorka? —susurró Ainara con la respiración entrecortada.

—Ayer por la tarde, cuando la secretaria judicial Maite Aranguren dio por concluida la diligencia de prueba preconstituida en este salón, yo me quedé recogiendo el trípode y el grabador estenográfico oficial —explicó Atxaga en un susurro febril, pegando su boca al oído de Ainara—.

En lugar de embalar la tarjeta original con el precinto del juzgado de guardia, cambié la tarjeta de la cámara por una idéntica del almacén de científica y le metí una copia en bruto.

La tarjeta original con las cuatro horas de declaración íntegra de Miren...

donde da los nombres de los directores generales de Lakua, los números de cuenta en Nicosia y el papel de Arostegui en la redacción de las enmiendas del Concierto... está aquí dentro.

Gorka apretó el sobre de plástico contra la palma de Ainara, cerrándole los dedos sobre el plástico con una fuerza casi desesperada:

—Madrid va a intervenir el juzgado número cuatro esta misma tarde, Ainara.

Si esa tarjeta entra en la cadena de custodia oficial de la comisión que viene en el avión de Loiu, la declaración de Miren se perderá en un fallo informático de los servidores centrales antes de cuarenta y ocho horas.

Es la voz de una muerta. Es lo único que nos queda para demostrar que no estaba loca y que no se suicidó. Llévatela.

Ainara guardó el sobre estanco en el bolsillo interior de su abrigo, junto al pecho, sintiendo el filo rígido de la tarjeta plástica como un hierro candente contra las costillas:

—¿Y tú qué vas a hacer, Gorka?

El inspector jefe de la Ertzaintza miró hacia la puerta del dormitorio donde los forenses comenzaban a desplegar la bolsa de transporte judicial:

—Yo tengo que aguantar aquí el tirón hasta que el juez de guardia levante el cadáver y redacte el atestado del suicidio simulado.

Luego me iré a casa a esperar la orden de suspensión.

Coge a ese inspector de la OLAF y sal de Bilbao antes de que anochezca, Ainara.

Porque después de lo de hoy, ya no quedan líneas rojas para nadie.

♦ ♦ ♦

El anochecer cayó sobre Bilbao con la pesadez de una mortaja de plomo y agua.

En el tercer piso del número catorce de la calle Ribera, frente a la mole decimonónica del Teatro Arriaga cuyas molduras de piedra arenisca brillaban empapadas bajo los focos halógenos de la plaza, el salón del apartamento de Ainara permanecía sumido en una penumbra azulada.

A través de los balcones altos, el resplandor tembloroso de las farolas del muelle proyectaba sobre el techo de vigas de madera centenarias el reflejo líquido de las aguas lentas y oscuras de la ría.

Mathieu Etcheverry cerró la puerta de entrada tras de sí con el sigilo del intruso que no desea alertar a los vecinos.

Había caminado bajo la lluvia desde el Ensanche, eludiendo las paradas de taxi y las vías principales del Casco Viejo, con el maletín de cuero apretado bajo el brazo.

Al entrar en la vivienda, no encendió las lámparas del recibidor.

Se despojó del abrigo empapado y avanzó hacia la claridad tenue que se filtraba desde el salón.

Ainara estaba sentada en el suelo de madera noble, con la espalda apoyada contra el hierro fundido del radiador apagado bajo el ventanal central.

Tenía las piernas flexionadas contra el pecho, abrazando sus rodillas con los brazos desnudos y la frente apoyada en las rótulas.

Su abrigo oscuro yacía arrojado sobre la alfombra de lana junto al maletín de la fiscalía y el sobre hermético de la tarjeta de memoria.

No se movió al escuchar sus pasos; su respiración era un jadeo corto y entrecortado que sacudía sus hombros en espasmos intermitentes.

Mathieu se arrodilló frente a ella sobre el parqué encerado. La estancia olía a madera vieja, cera y la salitre fría que entraba por las rendijas de la carpintería francesa.

—Ainara... —murmuró él en voz baja, extendiendo las manos para tocarle los antebrazos.

Al sentir el contacto de sus palmas calientes, Ainara alzó el rostro.

Sus ojos verdes, habitualmente afilados como hojas de bisturí en sala de vistas, estaban enrojecidos, hinchados por el llanto y rodeados de unas ojeras violáceas que le conferían la fragilidad de una superviviente de un naufragio. Sus labios temblaban sin control.

—No la salvé, Mathieu... —brotó de su garganta una voz rota, desgarrada por un dolor tan primitivo que pareció quebrar el aire de la habitación—.

Miren está muerta en Getxo... con tres botes de pastillas en la mesilla y una nota de suicidio que no escribió.

Igual que mi padre en Durango... exactamente igual.

Todos los que confían en mí acaban con la boca llena de tierra mientras los canallas brindan con txakoli en el palacio foral. No he salvado a nadie.

Ainara descargó los puños cerrados contra el pecho de Mathieu, golpeándole la camisa con una furia desesperada, ciega, que no buscaba causarle daño sino destruir la losa de impotencia que la asfixiaba por dentro:

—¡No salvé a nadie, joder! ¡A nadie!

Mathieu no retrocedió ni un milímetro. Recibió el impacto de los puños contra su esternón con la solidez de una roca y, con un movimiento rápido y firme, atrapó las dos muñecas de Ainara entre sus dedos grandes, inmovilizándolas contra su propio torso.

La atrajo hacia sí con una fuerza protectora e implacable, obligándola a levantar la mirada para clavar sus pupilas en las suyas:

—Mírame, Ainara. Mírame a los ojos.

Ella forcejeó durante una fracción de segundo, jadeando con la boca abierta, antes de que la resistencia física se derrumbara por completo.

Se desplomó hacia adelante, hundiendo el rostro en el hueco del cuello de Mathieu, y rompió a llorar con un sollozo salvaje, convulsivo y desgarrador que brotó desde las entrañas mismas de su ser.

Mathieu la envolvió con sus brazos, apretándola contra su cuerpo con una intensidad feroz.

Le acarició la nuca con los dedos, apartando los mechones de cabello castaño húmedo que se le pegaban a las sienes, y comenzó a besarle la frente, las mejillas empapadas de lágrimas amargas y las comisuras de la boca trémula.

Los besos no tenían nada de consuelo compasivo ni de ternura condescendiente; eran una afirmación física violenta, un desafío visceral contra la sombra de la muerte que acababa de arrebatarles a Miren Uriarte y que pretendía devorarlos a ellos dos en la oscuridad de Bilbao.

Ainara alzó las manos y le sujetó la nuca con dedos crispados.

El sabor salado de su propio llanto se mezcló en la boca de Mathieu con el calor abrasador de su respiración.

Un gemido ronco, a medio camino entre la rabia y una necesidad biológica incontrolable de sentir la vida latiendo a través de la piel, brotó de su garganta.

Sus labios se abrieron con una voracidad desesperada, buscando la boca de él con una urgencia que no admitía dilaciones ni decoro burocrático.

El despojo de la ropa fue un combate febril sobre el suelo del salón.

Mathieu le desabotonó la blusa de seda con manos impacientes, rasgando los ojales superiores mientras ella le arrancaba la corbata y desabrochaba los botones de la camisa blanca de lino hasta exponer la solidez de su pecho atlético y la cicatriz plateada que le cruzaba las costillas izquierdas.

Ainara arqueó la espalda, dejando caer la falda sastre y la ropa interior sobre la alfombra de lana, entregando su desnudez a la penumbra fría de la estancia.

Mathieu la alzó en volandas sin romper el contacto de sus bocas, sintiendo el temblor eléctrico que recorría los muslos de ella al rodearle la cintura con las piernas.

La llevó en tres zancadas hacia el dormitorio contiguo, donde la cama de roble macizo esperaba bajo la sombra protectora de las vigas centenarias.

Al depositarla sobre el colchón, el contraste entre el aire gélido de la habitación y el fuego sofocante de sus cuerpos desnudos fue como una quemadura.

Mathieu se tendió sobre ella, cubriendo su vientre con el peso firme de su musculatura, y bajó la boca hacia el cuello esbelto de Ainara, mordisqueándole la piel con una posesividad que le arrancó a ella un suspiro entrecortado.

Descendió con besos lentos y profundos hacia la curvatura de sus senos, rodeando la turgencia de sus pezones con la lengua caliente hasta hacerla jadear de placer y clavar las uñas en los músculos de sus hombros.

Ainara deslizó las manos por la espalda ancha de Mathieu, bajando por la hendidura firme de la columna hasta asir sus caderas con una demanda salvaje. Su respiración se aceleró hasta convertirse en un jadeo rítmico:

—Mathieu... —susurró con la voz enronquecida por la excitación y el dolor—. Hazlo ahora... no me dejes pensar... lléname entera.

Mathieu se colocó entre sus muslos abiertos.

La miró a los ojos en la penumbra azulada, sosteniéndole la cadera izquierda con una mano de hierro mientras guiaba su dureza palpitante hacia la humedad cálida y resbaladiza de su sexo.

La penetró con una lentitud deliberada, profunda y completa, sintiendo cómo los tejidos apretados de Ainara lo acogían con una succión ardiente que le arrancó a él un gruñido gutural desde el fondo del pecho.