CAPÍTULO 15 ALL IS LOST #3
Mathieu apretó el receptor satelital. Durante una fracción de segundo, la memoria lo transportó dos años atrás, al despacho alfombrado de la Rue de la Loi donde los mismos superiores jerárquicos le habían exigido archivar las diligencias sobre los buques de carga de Sorokin en el puerto de Zeebrugge.
Aquella orden de retirada había costado la vida a Isabelle sobre el asfalto de la autopista de Lieja.
Había acatado entonces la disciplina del cuerpo, convencido de que la maquinaria institucional corregiría el rumbo; el resultado había sido un ramo de flores marchitas en el cementerio de Ixelles y el ascenso meteórico de los intermediarios financieros en Luxemburgo.
—¿Me has escuchado con claridad, Mathieu? —insistió Marchand desde Bruselas—. Tienes veinticuatro horas. Coge el primer vuelo de Brussels Airlines en Loiu y regresa a casa.
Mathieu respiró hondo. La frialdad de su pulso era la de quien acaba de cruzar una línea sin retorno:
—Le he escuchado perfectamente, señor Director de Investigaciones.
Sin esperar réplica ni confirmar el acatamiento de la orden, Mathieu presionó la tecla roja de desconexión del Iridium y abatió la antena con un chasquido seco.
Permaneció inmóvil durante unos instantes en la penumbra templada de la habitación.
Luego se levantó, caminó hacia el escritorio y abrió el cajón inferior bajo llave.
Extrajo el disco duro externo de estado sólido, blindado en aluminio anodizado negro con la etiqueta adhesiva de la policía científica de la Ertzaintza que certificaba el hash criptográfico SHA-256 del clonado de Mazarredo.
Lo introdujo en el bolsillo interior de su maletín de cuero de viaje, cerró las cremalleras y apretó la mandíbula con una determinación silenciosa:
—No esta vez, Bernard... no volveré a callarme.
♦ ♦ ♦
A las dos y cuarto de la tarde, el viento del noroeste que entraba desde el Cantábrico arrastraba jirones de niebla salina sobre los acantilados de Usategui, en la parte alta de Algorta.
El paraje residencial, caracterizado por sus villas señoriales de principios de siglo y sus bloques bajos de ladrillo caravista con vistas abiertas a la bocana del puerto de Bilbao, se encontraba tomado por un despliegue policial de una sobriedad lúgubre.
Dos patrullas camufladas de la Ertzaintza bloqueaban el acceso al callejón sin salida con las luces de emergencia apagadas, mientras una cinta balística de color blanco y rojo acordonaba el portal del edificio donde la División de Investigación Criminal mantenía su piso franco de testigos protegidos.
Ainara Zubiaga bajó del taxi en la esquina de la calle San Nicolás, resguardándose bajo un paraguas negro que apenas resistía las rachas húmedas.
Al identificarse ante el cordón perimetral, el agente de paisano no le pidió credenciales; reconoció su rostro con una mirada sombría y alzó la cinta en silencio para permitirle el paso.
En el descansillo de la primera planta, apoyado contra la pared desconchada junto a la puerta blindada entreabierta, esperaba Gorka Atxaga.
El inspector jefe vestía su cazadora de cuero oscuro abierta, el cuello de la camisa desabrochado y las manos hundidas en los bolsillos del pantalón con una rigidez que delataba un colapso interior absoluto.
Sus ojos, enrojecidos por la falta de sueño y la humillación profesional, se fijaron en Ainara con una expresión de dolor mudo.
—Dime que no es verdad, Gorka —susurró ella, deteniéndose en el último peldaño de la escalera con el paraguas goteando sobre el terrazo.
Atxaga tardó varios segundos en contestar. Su voz sonó como si tragara grava:
—La encontró el agente del relevo a la una y diez, Ainara. Subió con la bandeja del almuerzo y la puerta no estaba cerrada con llave.
Ainara empujó la hoja de madera y cruzó el recibidor del piso franco.
La vivienda, desprovista de adornos personales y amueblada con la fría funcionalidad de un cuartel provisional, olía a café frío, humedad y el aroma penetrante del reactivo de revelado lofoscópico que dos peritos de la Policía Científica aplicaban con brochas de fibra de vidrio sobre el marco de la cocina.
Al fondo del pasillo, en el dormitorio principal, la luz plomiza del mar entraba a través de las lamas de la persiana veneciana.
Sobre la cama de matrimonio, tendida boca arriba sobre la colcha de flores descoloridas, yacía Miren Uriarte.
Llevaba puesta su bata de lana gris abrochada hasta el último botón del cuello, con las manos cruzadas sobre el abdomen en una postura de reposo antinaturalmente perfecta.
Sus gafas metálicas redondas descansaban cuidadosamente plegadas sobre la mesilla de noche, junto a un vaso de cristal con dos dedos de agua turbia y tres blísteres vacíos de medicación farmacológica.
No había desgarros en la ropa, hematomas visibles en las muñecas ni indicios mecánicos de defensa en los nudillos; parecía una mujer que se hubiera deslizado suavemente hacia el sueño definitivo tras una jornada extenuante.
Junto a los blísteres, sobre el tablero de madera aglomerada de la mesilla, reposaba una cuartilla de papel blanco arrancada de un bloc de notas.
Una caligrafía temblorosa en tinta azul rezaba: «Perdón a mis compañeros y al pueblo de Bizkaia.
No puedo soportar el peso del daño que mis sospechas han causado a la Hacienda que juré proteger» .
La médico forense de guardia del Instituto Vasco de Medicina Legal, enfundada en su buzo blanco de protección, se incorporó tras auscultar el tórax inmóvil de la inspectora y dirigió una mirada cautelosa a Ainara:
—La rigidez cadavérica es incipiente en los maseteros y el cuello, compatible con una data de muerte situada entre las diez y las once de esta mañana —explicó en voz baja—.
Pupilas midriáticas no reactivas, ausencia absoluta de signos de sofocación externa o estrangulamiento.
En la mesilla hay envases vacíos de atenolol de cien miligramos, su antihipertensivo pautado, mezclados con comprimidos de digoxina concentrada de cero veinticinco miligramos.
En un paciente con antecedentes de bloqueo de rama y cardiopatía isquémica leve, la ingesta masiva combinada de un betabloqueante y un glucósido cardiotónico provoca una bradicardia sinusal fulminante, parada auriculoventricular y asistolia en menos de cuarenta minutos.
La hipótesis preliminar apunta a una parada cardiorrespiratoria autolítica por sobreingesta farmacológica en contexto de estrés agudo.
Ainara se aproximó al lecho con pasos lentos, sintiendo que el suelo de la estancia perdía solidez bajo sus botas.
Se arrodilló junto al colchón y extendió la mano derecha desenguantada hacia la piel de Miren.
El contacto con el dorso de sus dedos fue como tocar una barra de hielo; la frialdad cadavérica comenzaba a adueñarse de las falanges que apenas veinticuatro horas antes habían sostenido la estilográfica con pulso de acero para firmar cada una de las páginas de la prueba preconstituida.
—No fue un suicidio —dijo Ainara, y su voz no tembló, pero contenía un filo tan afilado que la médico forense dio un paso atrás.
—Hay una nota manuscrita, fiscal —señaló la perito con prudencia profesional—. Y los fármacos coinciden con el tratamiento que tenía pautado en su historial médico.
—Miren Uriarte no escribió esa nota para pedir perdón —sentenció Ainara, señalando con el índice la disposición milimétrica de los blísteres y el vaso de agua—.
Ayer por la tarde, en este mismo salón, Miren me miró a los ojos y me dijo: «Si me ocurre algo esta noche, mi firma ya está en el sumario judicial» .
Una mujer que sabe que su declaración bajo el artículo setecientos setenta y siete de la ley procesal acaba de blindar la causa penal no se quita la vida doce horas después pidiendo disculpas por haber cumplido con su deber cívico.
La obligaron a escribirla. La sujetaron entre dos mientras un tercero le forzaba la mandíbula para tragar el cóctel con el agua.
Sabían perfectamente que la combinación de atenolol y digoxina provocaría una muerte limpia, sin traumatismos, que un examen forense superficial clasificaría como muerte natural o autolisis por estrés.
Es el mismo veneno con el que asesinaron a Iñigo Barandiarán en el Euskalduna. Exactamente el mismo.
Gorka Atxaga se acercó al umbral del dormitorio. Su mandíbula cuadrada temblaba con una furia impotente:
—El relevo de la vigilancia estática se produjo a las nueve y media, Ainara.
Los agentes que entraban de guardia encontraron la puerta del portal cerrada y no vieron a nadie en las escaleras.
Quien entró aquí sabía exactamente cuándo se producía el relevo de la patrulla, qué piso ocupaba Miren y qué medicación tomaba para la tensión.
El topo no está en la comisaría de Getxo; está en la cúpula que autorizó la orden de protección del piso franco.
Ainara se puso en pie despacio. Contempló por última vez el rostro sereno y macilento de Miren Uriarte, sintiendo que una garra helada le atenazaba el corazón.
La culpa la golpeó con la fuerza destructiva de un derrumbe: Miren había confiado en su palabra de fiscal, en la garantía institucional del Estado de Derecho, en la promesa de que la justicia la protegería frente a los amos del dinero.
Y la justicia la había dejado sola en un dormitorio prestado de Getxo para que los sicarios de Arostegui la ahogaran con su propia medicina.
Era el mismo patrón de desolación que había presenciado quince años atrás en Durango, cuando su padre, Josu Zubiaga, apareció muerto en el foso de su taller tras negarse a firmar la quiebra fraudulenta que le exigían los bancos.
Gorka la tomó del codo con suavidad y tiró de ella hacia la penumbra del pasillo exterior, lejos de la vista de los peritos y de los policías que custodiaban el descansillo.