El peso del Cupo (Línea de Cupo 1) CAPÍTULO 15 ALL IS LOST #2
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CAPÍTULO 15 ALL IS LOST #2

Ainara clavó los ojos en el altavoz con una frialdad glacial:

—Entonces explíqueme por qué ordenó congelar las cinco auditorías internas que Iñigo Barandiarán tenía preparadas en la séptima planta de Capuchinos, señor viceconsejero.

Explíqueme por qué permitió que Arostegui utilizara las Juntas Generales de Bizkaia como su pasarela privada de lavado hacia Chipre.

—¡Porque no teníamos alternativa, Ainara!

—estalló Mendieta en un gemido que sonó casi como un sollozo ahogado—.

Cuando Barandiarán vino a mi despacho a enseñarme los esquemas de las ETVE y los créditos ficticios de I+D, el acuerdo quinquenal del Cupo estaba en su fase más crítica en Madrid.

Llevábamos tres años peleando cada décima del seis coma veinticuatro por ciento en la Comisión Mixta del Concierto.

Si en aquel momento trascendía que una parte de la recaudación del Impuesto sobre Sociedades de Bizkaia estaba inflada artificialmente para desviar dividendos opacos, el Ministerio de Hacienda habría dinamitado la negociación.

Y ahora es diez veces peor. Bruselas tiene los papeles que Deschamps y Arostegui han filtrado.

Si tú llevas a Arostegui a declarar ante el juez Fernando Irazábal y registras las cuentas de Luxemburgo, la Dirección General de Competencia suspenderá la Ley del Cupo diez barra dos mil veintitrés antes de que termine el mes.

Mendieta hizo una pausa y Ainara pudo escuchar el sonido líquido de un trago de agua tragado a la fuerza:

—El Concierto no es una ley ordinaria, Ainara.

Es la sanidad pública de Osakidetza, son los sueldos de la Ertzaintza, son las pensiones y las carreteras de este pueblo.

Si Bruselas lo declara ayuda de Estado ilegal, el Estado central asumirá las competencias tributarias y no las devolverá jamás.

La derecha en Madrid lleva cuarenta años esperando este error para liquidar los fueros.

Arostegui es un criminal sin escrúpulos, lo sé mejor que nadie, pero si lo quemamos en la plaza pública, el país entero arderá con él.

Te lo suplico como amigo de tu casa... entrega las carpetas a la comisión de Madrid.

Deja que entierren el escándalo antes de que nos maten a todos de inanición financiera.

El silencio volvió a inundar el despacho de la cuarta planta.

Ainara miró la lluvia que azotaba los cristales, sintiendo el peso de las palabras del viceconsejero como una losa de plomo sobre la nuca.

Aquella era la verdad desnuda del encubrimiento: no había un pacto de mafiosos armados en una trastienda, sino la cobardía estructural de una clase política aterrada que prefería sacrificar la memoria de sus muertos y amparar a los defraudadores antes que poner en riesgo los despachos alfombrados y la estabilidad del régimen foral.

Ainara se inclinó sobre el micrófono del teléfono con una lentitud deliberada:

—Mi padre murió en Durango con las manos destrozadas por el torno de su taller creyendo que las leyes forales protegían a los trabajadores de este país frente a los usureros, señor Mendieta.

No murió para que ustedes utilizaran el Concierto como un burladero de impunidad para ladrones con despacho en Mazarredo.

Si el autogobierno de Euskadi solo puede sostenerse tapando el asesinato de Iñigo Barandiarán y encubriendo trescientos doce millones de euros robados a la hacienda pública, entonces su Concierto no es un monumento al pueblo vasco. Es una fosa común de cobardes.

Sin esperar respuesta, Ainara extendió la mano y cortó la comunicación de golpe.

Gonzalo Arana soltó la estilográfica sobre el secante. Sus facciones parecían haber envejecido diez años en el curso de la llamada.

—Tienes noventa minutos para desalojar tu despacho, Ainara —dijo el Fiscal Superior en un susurro ronco—.

He ordenado a la secretaría que bloquee tu acceso al sistema informático de la fiscalía.

Los dos inspectores de Madrid llegarán al aeropuerto de Loiu a mediodía para recoger las piezas bajo acta de precinto.

No me obligues a llamar a los agentes judiciales para que te retiren la acreditación en el pasillo.

Ainara no respondió. Se dio la vuelta con una rectitud marcial, abrió la puerta de roble y salió al corredor de la cuarta planta.

Frente a la puerta de su antiguo despacho, dos agentes judiciales de uniforme oscuro aguardaban ya con expresión incómoda, sosteniendo bajo el brazo sendos rollos de cinta adhesiva roja con el sello impreso del Ministerio de Justicia y un maletín de precintos de plomo para asegurar los archivadores metálicos.

Ainara pasó junto a ellos con la barbilla en alto, sin concederles un solo gesto de debilidad, mientras el sonido de sus propios pasos sobre el terrazo húmedo le recordaba que la ley que había jurado defender acababa de expulsarla para siempre de sus templos.

♦ ♦ ♦

En la habitación cuatrocientos dos del Hotel Ensanche, en el número veintiocho de la Alameda Rekalde, la claridad de las once de la mañana entraba a través de las cortinas a medio correr con la textura apagada de una fotografía velada.

El zumbido constante del tráfico rodado sobre el asfalto mojado y el golpeteo del sirimiri contra el doble acristalamiento creaban una cápsula de aislamiento acústico donde cada sonido interior adquiría una resonancia metálica.

Mathieu Etcheverry permanecía sentado en el borde del escritorio de caoba, vestido únicamente con un pantalón de franela gris y la camisa blanca desabotonada en el cuello, sosteniendo contra la oreja izquierda el terminal satelital Iridium Extreme con la antena orientada hacia el tragaluz del balcón.

El aparato, blindado mediante cifrado de grado gubernamental AES de doscientos cincuenta y seis bits para transmisiones del Servicio Europeo de Acción Exterior, emitía un chasquido rítmico que precedía a cada bloque de voz digitalizada.

Al otro lado de la línea, en el tercer piso del edificio corporativo de la OLAF en la Rue Joseph II número treinta de Bruselas, la voz de Bernard Marchand sonaba con la sequedad burocrática de un acta de liquidación forzosa.

—El gabinete de la Comisaria de Competencia ha llamado dos veces a la Dirección General esta mañana, Mathieu —decía Marchand en un francés impecable, donde la cortesía administrativa apenas disimulaba una irritación contenida—.

Y la Cancillería de Berlín ha solicitado una nota verbal urgente a través del embajador alemán ante la Unión.

La filtración de ese dosier a los teletipos internacionales ha desatado una tormenta política que no estamos en condiciones de gestionar.

El mandato técnico que te otorgó el Reglamento ochocientos ochenta y tres barra dos mil trece ha quedado formalmente desbordado.

Mathieu no alteró su postura. Mantuvo los ojos fijos en el reflejo de los tejados señoriales del Ensanche que devolvía el cristal:

—El mandato técnico sigue siendo exactamente el mismo que me encomendó el comité de investigaciones, Bernard —respondió con una serenidad glacial—.

El desvío de trescientos doce millones de euros hacia sociedades pantalla en Chipre y fondos fiduciarios en Luxemburgo afecta directamente a los recursos propios tradicionales de la Unión y a la base imponible del IVA armonizado.

Además, el análisis preliminar de las imágenes forenses clonadas en Alameda Mazarredo confirma que el fondo Atalante Capital Partners, dirigido por Sylvain Deschamps, canaliza capitales vinculados a Viktor Sorokin a través de la zona franca de Dubái.

Es la misma red de blanqueo que investigamos en Amberes. La misma.

Un crujido estático interrumpió la señal antes de que Marchand retomara la palabra con un tono más cortante:

—Isabelle está muerta, Mathieu. Y Viktor Sorokin no es competencia de la OLAF en Bilbao.

Deja de mezclar tus obsesiones personales con la política de la Comisión.

Lo que ocurre en el País Vasco es un contencioso de soberanía fiscal entre una región histórica y el Estado español que debe ventilarse ante los tribunales de Luxemburgo por los cauces ordinarios del artículo ciento ocho del Tratado.

No permitiremos que un inspector principal actúe como un ariete descontrolado en mitad de una crisis de ayudas de Estado.

—No soy un ariete descontrolado —replicó Mathieu despacio, articulando cada sílaba con precisión quirúrgica—.

Soy el único funcionario europeo que tiene en su poder las copias maestras de los servidores que Deschamps intentó destruir ayer desde Biarritz.

Si la OLAF se repliega ahora, el mensaje a los mercados financieros será devastador: cualquier cártel que amenace con desestabilizar un régimen fiscal autonómico obtendrá la impunidad automática de Bruselas.

—No hay debate, Mathieu. Te estoy notificando una orden de servicio de obligado cumplimiento.

El sonido del teclado mecánico de Marchand llegó con nitidez a través del auricular:

—En virtud del artículo ochenta y seis del Estatuto de los Funcionarios de las Comunidades Europeas, la Dirección General revoca con efectos inmediatos tu comisión de servicios en España.

Tienes exactamente veinticuatro horas para presentarte en la sede de la Rue Joseph II y entregar la totalidad de los informes preliminares, cuadernos de campo y soportes de almacenamiento digital que hayas intervenido.

Si no estás en mi despacho mañana a las diez de la mañana, firmaré la suspensión cautelar de empleo y sueldo y remitiré el expediente a la Oficina de Investigación y Disciplina de la Comisión para tu expulsión por insubordinación grave.

Y si retienes material pericial de forma ilícita, solicitaré a la Fiscalía Federal belga una orden europea de detención.