CAPÍTULO 16 FUERA DEL SISTEMA #2
Erigido a mediados del siglo dieciocho bajo la arquitectura tradicional de las casas solares del valle de Arberoa, el edificio combinaba la solidez de sus muros maestros de mampostería encalada con entramados de roble curado en la planta superior y una techumbre a dos aguas con alero asimétrico orientado hacia el este para resguardarse de los temporales atlánticos.
Una hilera de robles pedunculares centenarios y nogales frondosos protegía la finca por el flanco oeste, separando el huerto familiar de las aguas calmas del río.
Mathieu detuvo el coche en el patio trasero de grava menuda, bajo la sombra de un hórreo reconvertido en leñera, y apagó el motor.
El silencio que envolvió el lugar era absoluto, quebrado únicamente por el rumor cristalino del agua fluyendo sobre los guijarros de la ribera y el graznido lejano de un cormorán remontando el curso del río.
Antes de que Mathieu pudiera pulsar el timbre de hierro forjado de la puerta de servicio, la cancela de madera de castaño se abrió hacia dentro con un leve chasquido metálico. En el vano iluminado por la luz cálida de una lámpara de queroseno apareció Maider Etcheverry.
A sus setenta y dos años, la madre de Mathieu conservaba la prestancia física y la mirada penetrante de quien había dedicado más de cuatro décadas a la docencia militante en las ikastolas de la red Seaska durante los años en que el euskera carecía de cualquier reconocimiento oficial en la República francesa.
Llevaba una falda de lana gris hasta los tobillos, un chal tejido a mano de color teja cruzado sobre el pecho y sus cabellos de un blanco níveo estaban recogidos en una trenza gruesa que caía sobre la espalda.
Su rostro, marcado por arrugas finas y nobles alrededor de la boca, no reflejó la menor sorpresa al contemplar la vestimenta embarrada y el cansancio extremo reflejado en los ojos de los recién llegados.
— Ongi etorri etxera, Mathieu —pronunció Maider en un euskera labortano cadencioso y grave, envolviendo a su hijo en un abrazo breve pero de una intensidad emocional que desarmó al inspector—.
Llevo dos horas despierta desde que escuché por la radio de Bayona que la fiscalía española había intervenido los despachos de Bilbao. Sabía que cruzarías la muga esta noche.
Maider se giró hacia Ainara y la tomó de las dos manos con sus dedos cálidos y encallecidos:
— Eta zu, alaba... etorri barrura. Hotz handia dago kanpoan.
La cocina del caserío olía a leña de roble ardiendo en la campana de la chimenea baja, a café recién molido y a pan de maíz recién horneado sobre una plancha de hierro.
Sobre la gran mesa de nogal macizo, donde generaciones de la familia habían comido y cerrado acuerdos ganaderos, Maider colocó tres cuencos de barro con leche caliente aromatizada con canela, una hogaza de pan moreno y un tarro de miel de brezo cosechada en las colinas de Cambo-les-Bains.
Ainara se sentó junto al fuego, sintiendo cómo el calor de la estancia comenzaba a descongelar la rigidez de sus extremidades.
El contraste entre la opresión burocrática del palacio de justicia de Bilbao, con sus secretarios precintando legajos y las amenazas del Gobierno Vasco resonando en los teléfonos, y la serenidad ancestral de esa cocina de Iparralde la sobrecogió con la fuerza de un golpe en el pecho.
Mathieu apoyó la mochila estanca sobre un banco lateral y se sentó frente a su madre, desgranando en frases breves y precisas la secuencia de los acontecimientos: el asesinato envenenado de Iñigo Barandiarán en el Euskalduna, la red de cuarenta y dos sociedades ETVE, la eliminación forzada de Miren Uriarte en el piso de seguridad de Getxo y la orden de detención dictada contra ellos para evitar que el dosier del «CUPO — PLAN B» saliera a la luz.
Maider escuchó el relato en silencio sepulcral, manteniendo los párpados bajos mientras acariciaba el borde de su cuenco de leche. Cuando Mathieu concluyó, la anciana maestra alzó la vista y miró a Ainara con una mezcla de compasión y orgullo indomable:
—Tu padre era fundidor en Durango, ¿verdad, Ainara?
—preguntó Maider en un castellano pausado y perfecto, con ese ligero acento cantarín de la frontera—.
Mathieu me habló de él cuando regresó de su primer viaje a Bilbao.
Mi padre, el abuelo Peio, cruzó a cientos de hombres como tu padre durante la dictadura franquista.
Pasaban de noche con los pies envueltos en trapos para no hacer ruido sobre la nieve de Roncesvalles; traían cartas cosidas al forro de la chaqueta y llevaban en el bolsillo las llaves de fábricas que habían sido clausuradas por huelgas.
Los jueces de París y de Madrid los llamaban delincuentes y contrabandistas; pero sin ellos, este país se habría quedado sin memoria y sin voz.
Si ellos resistieron en aquellos montes con alpargatas de esparto, vosotras no vais a rendiros ahora porque unos banqueros de corbata os hayan quitado la toga oficial.
El caserío Etcheverry no era una simple edificación rural; era un testimonio vivo de la hidalguía campesina del Labort histórico.
Ustaritz había sido durante siglos la capital judicial y administrativa de la provincia de Lapurdi: en sus salones se reunía el Biltzar , la asamblea soberana de los alcaldes y jurados de las parroquias labortanas que deliberaba sobre los tributos comunitarios y la gestión de los montes comunes bajo el Fuero de Labort de mil quinientos catorce, hasta que la Revolución Francesa abolió de un plumazo las instituciones forales vasco-francesas en mil setecientos ochenta y nueve para imponer la uniformidad jacobina de los departamentos.
Aquella memoria de resistencia institucional latía intacta en los muros de mampostería y en los muebles de roble encerado de la cocina.
Maider sirvió una segunda ronda de café con achicoria, observando a Ainara con una mirada en la que se mezclaba la ternura maternal con la complicidad de las mujeres que han vivido toda su vida en la trinchera:
—La gente de fuera cree que la frontera es una línea de paz porque no hay tanques vigilando los puentes, Ainara —dijo Maider, acomodando su chal de lana sobre los hombros—.
Pero en Iparralde hemos librado otra guerra durante cincuenta años: una guerra silenciosa para que nuestros nietos no olviden la lengua en la que rezaban sus bisabuelos.
Cuando fundamos las primeras ikastolas de Seaska en mil novecientos sesenta y nueve en Bayona y San Juan de Luz, el Ministerio de Educación Nacional de París nos trataba como a delincuentes separatistas.
El artículo segundo de la Constitución francesa proclama que «la lengua de la República es el francés»; durante décadas, las autoridades educativas prohibieron que los exámenes de bachillerato se redactaran en euskera y negaron cualquier subvención pública a nuestras escuelas comunitarias.
Tuvimos que pagar los salarios de los maestros con las colectas de las fiestas populares, vendiendo queso y sidra en las plazas y acogiendo en nuestros caseríos a familias enteras que eran represaliadas en el sur por la policía franquista.
La anciana maestra se acercó a la ventana y contempló las aguas mansas del Nive, donde los sauces llorones comenzaban a despuntar con los primeros brotes verdes:
—Por eso te digo que no tengas miedo de haber perdido tu despacho oficial en Bilbao, hija mía.
Los cargos públicos, las togas con puñetas y los nombramientos firmados en los boletines oficiales son como el polvo que levanta el viento en los caminos reales: hoy estás en el estrado y mañana un ministro asustado te manda a casa con una orden de destitución.
Pero la justicia de verdad —la que defiende la dignidad de los que trabajan el hierro en Durango o cultivan las viñas en Baïgorry— no necesita sellos de lacre ni escoltas con sirenas.
Se defiende con la verdad en la mano y con la cabeza alta.
Si ese financiero de Biarritz ha montado su búnker en Donibane Garazi para destruir el autogobierno de nuestro pueblo, vosotras tenéis la obligación de entrar en su guarida y arrancarle la máscara ante el mundo.
Maider se levantó de la mesa, abrió el cajón inferior de una alacena tallada del siglo diecinueve y extrajo una libreta de notas con tapas de hule negro gastadas por el roce y una cinta elástica descolorida:
—Mathieu, si buscáis la pista de Sylvain Deschamps en Iparralde, no perdáis el tiempo en su apartamento de la playa de Biarritz —dijo Maider, depositando la libreta sobre la mesa—.
En los últimos dos años, ese financiero ha comprado la antigua hacienda de Harizmendi, en la carretera de la ciudadela de Donibane Garazi, a los pies del paso de Roncesvalles.
Levantó un muro de piedra de tres metros, instaló cámaras de vigilancia térmica en los robles y contrató a una cuadrilla de electricistas alemanes que pasaron un mes entero tirando cables blindados desde los generadores del sótano.
Los pastores del valle dicen que por la noche la finca parece una estación de radar militar.
Mathieu tomó la libreta de su abuelo y abrió la primera página manuscrita, donde figuraban croquis topográficos a tinta china de los senderos secundarios que bordeaban la colina de la Ciudadela de Saint-Jean-Pied-de-Port:
—Donibane Garazi es el enclave perfecto para una base de comunicaciones discreta —murmuró Mathieu, analizando los planos—.
Está a solo ocho kilómetros de la frontera navarra por Valcarlos, tiene acceso directo a las frecuencias satelitales del valle y queda fuera del radar de la prefectura de Bayona.
Si Deschamps coordina las transferencias internacionales de Viktor Sorokin y la filtración de Bruselas desde allí, los servidores principales deben estar en esa hacienda.
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