CAPÍTULO 14 EL TESTIGO
A las siete y cuarenta y cinco de la mañana, la calle Telletxe de Algorta amanecía bajo una gasa espesa de sirimiri salobre que bajaba desde los acantilados de La Galea, empapando las copas desnudas de los plátanos de sombra y los rótulos comerciales de la arteria principal del barrio.
Dos patrullas camufladas de la División de Investigación Criminal de la Ertzaintza, sendos sedanes oscuros con las lunas tintadas y las antenas de frecuencia reservada curvadas sobre el techo, bloqueaban los dos extremos de la calzada frente al número doce, desviando el tráfico matinal hacia la plaza de la Estación con la severidad silenciosa de los operativos de alto riesgo.
En las aceras, algunos vecinos que paseaban con paraguas negros o salían de las panaderías con barras bajo el brazo se detenían unos segundos, desconcertados por la presencia de agentes de paisano con anoraks tácticos y fundas sobaqueras apenas disimuladas, antes de apretar el paso bajo la llovizna.
Ainara Zubiaga descendió del vehículo oficial en el chaflán con la calle Alango.
El aire que subía desde el puerto viejo arrastraba un olor áspero a salitre, gasóleo de pesqueros y tierra húmeda, un frío cortante que se le clavó en las mejillas al ajustar el cuello de su abrigo de lana oscura.
En su muñeca izquierda, bajo el puño de la camisa de popelín, el reloj de acero Certina de su padre, Josu Zubiaga, descansaba con su peso familiar y sobrio; la corona pulida rozaba su piel como un ancla íntima que la devolvía a la realidad material de los hechos procesales tras las horas de fiebre, desgarro y confesión vividas en la habitación cuatrocientos dos del hotel bilbaíno.
A su lado, Mathieu Etcheverry cerró la portezuela con un golpe seco.
El inspector de la OLAF vestía su gabardina oscura abotonada hasta la garganta, con las manos hundidas en los bolsillos y la mirada fija en el portal acordonado; el rostro del aquitano conservaba una palidez tensa, pero en la línea firme de su mandíbula y en la serenidad acerada de sus ojos se advertía la determinación de quien ya ha cruzado el umbral del que no se regresa.
—El asalto se produjo a las seis y diez —dijo Gorka Atxaga, que los esperaba en el zaguán con las solapas del chaquetón empapadas y una linterna de haz estrecho colgando de la mano enguantada—.
Dos individuos con pasamontañas de lana negra y ropa oscura de montaña.
Subieron por la escalera de servicio eludiendo el interfono general.
Traían una palanqueta de acero forjado de setenta centímetros y un subfusil CZ Scorpion calibre nueve milímetros parabellum con silenciador artesanal.
Intentaron reventar el marco para entrar a sangre y fuego.
Si la patrulla de seguridad ciudadana que hacía la ronda exterior no hubiera escuchado el crujido de la madera en el rellano y no hubiera subido con las armas desenfundadas, a estas horas Miren Uriarte estaría cosida a tiros sobre la alfombra del pasillo.
Ainara subió los tres tramos de escaleras de madera crujiente sin pronunciar palabra.
En el rellano del tercer piso, el olor a pólvora quemada se mezclaba con la peste acre de las astillas desprendidas y la cal pulverizada.
El dintel de roble macizo presentaba dos hendiduras profundas provocadas por la pata de cabra, que había llegado a doblar el pestillo superior de la cerradura de seguridad; a diez centímetros del cerrojo, dos impactos limpios de bala habían perforado la chapa exterior de la puerta blindada, dejando sendos orificios ennegrecidos cuyo proyectil había quedado incrustado en el tabique de ladrillo interior.
En el descansillo, un técnico de la Policía Científica marcaba los casquillos percutidos con pequeños conos amarillos numerados antes de introducirlos en sobres estancos de custodia.
Al empujar la puerta entornada, el interior de la vivienda ofrecía un contraste desgarrador.
Era el piso de una funcionaria foral que llevaba cuarenta años viviendo sola entre libros de derecho administrativo, tapetes de ganchillo, muebles de nogal heredados y reproducciones enmarcadas de grabados antiguos del puerto de Bilbao.
En el salón, sentada en un sillón orejero orejado de terciopelo verde musgo junto a una ventana que daba a los tejados de Algorta, Miren Uriarte sostenía entre las manos nudosas una taza de porcelana con tila tibia.
Vestía una bata de lana gris sobre el camisón de franela blanca, con unas zapatillas de paño a cuadros y las sienes desnudas; la palidez de sus mejillas, surcadas por arrugas finas que la luz gris de la mañana convertía en grietas de ceniza, delataba el colapso de quien ha escuchado el chasquido del cerrojo bajo el cañón de un arma de guerra.
Gorka entró tras ellos y dejó sobre la mesa de centro dos cajas de medicación que había recogido del cuarto de baño: atenolol de cincuenta miligramos y enalapril de veinte, los antihipertensivos y betabloqueantes que la veterana directora de inspección tomaba a diario para controlar su cardiopatía isquémica diagnosticada.
Junto a los fármacos, un agente depositó un maletín de cuero gastado donde Miren guardaba sus cuadernos personales de fiscalización, con el lomo reforzado con cinta aislante negra.
Ainara se arrodilló sobre la alfombra persa junto al sillón, buscando la mirada acuosa y enrojecida de la inspectora. Le cubrió las manos frías con las suyas, sintiendo el temblor involuntario que sacudía los dedos de la mujer:
—Ya ha pasado, Miren. Está segura. Gorka tiene a diez hombres de paisano custodiando la manzana y el perímetro está cerrado. Nadie va a tocarla.
Miren bajó los ojos hacia la taza y tragó saliva con dificultad. La porcelana repiqueteó contra el borde del plato:
—Iñigo me lo advirtió, Ainara... Dos semanas antes de que lo encontraran muerto en la butaca del Euskalduna, vino a mi despacho en Capuchinos de Basurto.
Cerró la puerta con llave, bajó las persianas y me dijo: «Si seguimos adelante con la auditoría de Mazarredo, si tocamos las actas de las sociedades de Arostegui, no habrá rincón en Bizkaia donde podamos escondernos».
Yo no quise creerle del todo. Creí que exageraba, que la paranoia de Bruselas le estaba nublando el juicio.
Pensaba que en este país las disputas de poder terminaban siempre en una llamada a Lakua, en una comida discreta en un restaurante de Neguri o en una prejubilación dorada en el consejo de administración de una sociedad de capital riesgo.
Pero anoche... anoche escuché cómo golpeaban la puerta con el hierro.
Escuché los susurros en francés al otro lado de la madera: «Casse la serrure, vite» .
Querían matarme aquí mismo, en mi propia casa, para que pareciera un asalto con violencia de delincuentes comunes.
Mathieu, que permanecía de pie en el umbral del salón con los brazos caídos y los hombros tensos, dio un paso al frente. Su timbre grave y templado llenó la estancia con una serenidad técnica:
—El sicario que contrata Sylvain Deschamps no improvisa, señora Uriarte.
En Biarritz y en Luxemburgo saben que el registro informático de ayer en Mazarredo aseguró los servidores antes de que pudieran borrarlos a distancia.
Pero los discos duros contienen cifras, matrices contables y algoritmos de exención del setenta por ciento; necesitan su testimonio para vincular esas sociedades vacías con las órdenes verbales de la cúpula política y con las firmas manuscritas de Arostegui.
Sin su declaración jurada, los abogados defensores alegarán que los asientos tributarios eran simples discrepancias de criterio técnico entre departamentos.
Usted es la clave de bóveda de toda la acusación penal.
Miren alzó la cabeza. Pese a la fragilidad de su respiración y al cerco morado que le oscurecía los párpados, una chispa de orgullo funcionarial, una dignidad pétrea forjada en cuatro décadas de servicio a la Hacienda Foral de Bizkaia, asomó en la comisura de sus labios secos.
Apartó la taza de infusión sobre el velador, se enderezó en el respaldo del sillón y miró fijamente a Ainara:
—Tengo sesenta y tres años, fiscal. He rechazado sobornos millonarios de navieras, de constructoras y de fondos buitre; he visto a compañeros de promoción comprarse chalets en La Galea y apartamentos en Baiona a cambio de mirar hacia otro lado cuando prescribían las actas de inspección de los grandes apellidos del territorio.
Yo no he vivido para esto. No voy a huir a un pueblo del Bearn con una identidad falsa ni voy a pasarme lo que me quede de vida mirando por el retrovisor de un taxi.
Si esos canallas creen que van a silenciar cuarenta años de expedientes pegándome dos tiros en el pasillo, se equivocan.
Quiero declarar hoy mismo. Ahora. Ante el juez y ante el secretario judicial.
Quiero que cada palabra, cada número de cuenta en Luxemburgo y cada orden de silencio positivo quede sellada con fe pública antes de que acabe el día.
Ainara asintió con una reverencia muda que contenía toda la admiración procesal que un fiscal puede sentir por un servidor público íntegro. Se puso en pie y miró a Gorka: