El peso del Cupo (Línea de Cupo 1) CAPÍTULO 13 #6
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CAPÍTULO 13 #6

Fue entonces cuando la lucidez fría de la mañana cayó sobre sus hombros con el peso de una losa judicial.

Mathieu conocía de memoria los códigos deontológicos de la función pública europea y las leyes de enjuiciamiento penal de los Estados miembros.

Bajo el artículo doscientos diecinueve de la Ley Orgánica del Poder Judicial española y el estatuto del personal de la Comisión Europea, lo que acababa de suceder entre las cuatro paredes de esa habitación constituía una vulnerabilidad procesal catastrófica.

Si la defensa letrada de Kepa Arostegui o la Fiscalía Superior en Madrid llegaban a sospechar que la fiscal instructora del caso y el investigador pericial de la OLAF compartían cama en un hotel del Ensanche, la maquinaria jurídica de los imputados no dudaría un solo segundo en plantear un incidente de recusación por pérdida sobrevenida de imparcialidad objetiva y conflicto de interés afectivo.

Bastaría una sola fotografía tomada a la salida del portal, una filtración interesada en la prensa afín a los despachos de la Gran Vía o un informe de detectives privados para que todo el acervo probatorio asegurado con tanta sangre quedara manchado: los discos clonados en Mazarredo, las imágenes periciales ISO/IEC 27037, los balances incautados y la trazabilidad de los fondos en Chipre serían atacados bajo la acusación de colusión, manipulación probatoria y prevaricación procesal.

Miró el vaso de agua que sostenía en la mano.

Sabía todo eso con precisión milimétrica.

Y, sin embargo, contemplando a Ainara dormida en la penumbra del cuarto, no experimentaba ni un solo átomo de arrepentimiento.

Lo que había ocurrido no era un desliz táctico ni una debilidad de la carne; era una alianza de sangre, la certeza indestructible de que ya no existía poder en la tierra ni en Bruselas capaz de hacerle dar un paso atrás.

A las siete menos veinte de la mañana, la quietud se rompió con la violencia de un disparo.

Sobre la mesa de noche de nogal, justo al lado de la esfera de acero del reloj Certina del padre de Ainara y de las tarjetas SIM desmontadas, el teléfono móvil de seguridad que el inspector Gorka Atxaga les había entregado en Erandio —un terminal desechable de prepago sin datos ni registro digital— comenzó a vibrar contra la madera con un zumbido áspero, seco y continuo.

Mathieu cruzó la habitación en tres zancadas amortiguadas por la moqueta y descolgó antes de que sonara el tercer tono para no despertar a Ainara.

Se llevó el aparato a la oreja:

—Etcheverry.

Al otro lado de la línea, la voz de Gorka Atxaga sonó como un torrente de grava, jadeante, ronca y cargada de una adrenalina brutal que saturaba el micrófono del teléfono.

De fondo se escuchaba el rumor inconfundible de las sirenas de emergencia, el chasquido de los radiotransmisores policiales en canal abierto y el eco metálico de pasos apresurados sobre baldosas mojadas:

—¡Mathieu! ¡Dime que estás despierto y con la fiscal! —ladró el inspector jefe de la Ertzaintza sin preámbulos.

—Estoy despierto, Gorka. Ainara está conmigo y está a salvo. ¿Qué ha ocurrido?

—Han intentado reventar el piso de Algorta —soltó Atxaga con una respiración entrecortada que denotaba un esfuerzo físico reciente—.

Hace exactamente cuarenta minutos. A las seis en punto de la madrugada.

Dos profesionales con pasamontañas negros, ropa táctica oscura y subfusiles ligeros con silenciador.

Cortaron la acometida telefónica del edificio en la calle Telletxe y activaron un inhibidor de frecuencias en la furgoneta para neutralizar las alarmas comunitarias antes de forzar el bombín de la puerta blindada.

Mathieu sintió que el pulso se le aceleraba en las sienes, pero mantuvo la voz en un susurro gélido:

—¿Miren? ¿Cómo está Miren Uriarte?

—Está viva de milagro —respondió Gorka, y se escuchó de fondo una orden tajante suya a otros agentes para que acordonaran la manzana—.

Sospeché que algo olía a podrido tras la fuga de información del registro de Mazarredo y ordené a una patrulla camuflada de la División de Investigación Criminal que mantuviera vigilancias dinámicas alrededor de la calle Telletxe cada quince minutos.

Los compañeros doblaban la esquina de la plaza de la estación cuando vieron a los dos individuos saliendo del portal con las armas empuñadas.

Hubo intercambio de disparos. Tres detonaciones.

Un proyectil de nueve milímetros impactó en el chaleco balístico de uno de mis agentes, pero el blindaje compuesto detuvo la penetración.

Los agresores huyeron a toda velocidad en un Audi A6 oscuro con matrículas dobladas en dirección al puente de Rontegui.

Mathieu apretó los dientes con tanta fuerza que le dolió la mandíbula:

—¿Miren llegó a sufrir daños físicos?

—No. Se había atrincherado en el pasillo interior detrás de la puerta acorazada del dormitorio con el cerrojo echado y una taza de tilo en la mano.

Pero está en un estado de shock severo, Mathieu.

Tiembla como una hoja de papel y apenas puede mantenerse en pie.

He blindado el portal con ocho agentes del Grupo de Apoyo Operativo con armas largas, pero el tiempo se nos acaba.

En la cama, el murmullo de la conversación había quebrado el sueño de Ainara.

La fiscal se incorporó sobre los codos, apartando el cabello de su cara con un gesto rápido.

Al ver la postura rígida de Mathieu, con el teléfono pegado a la oreja y el rostro petrificado en una máscara de alerta máxima, comprendió al instante que el mundo exterior acababa de irrumpir en su refugio con botas ensangrentadas.

Se sentó en el borde del colchón, sujetando la sábana de lino blanco sobre su pecho con la mano izquierda, y clavó sus ojos verdes en él:

—¿Qué pasa, Mathieu? ¿Es mi madre? —preguntó con un hilo de voz tenso.

Mathieu le hizo un gesto tranquilizador con la mano abierta mientras respondía a Gorka:

—Ainara está escuchando, Gorka. Dinos cuál es la situación operativa exacta ahora mismo en Algorta.

Atxaga soltó una maldición bronca en euskera antes de continuar:

—La situación es que Miren se niega en redondo a ser evacuada a un caserío de montaña o a cruzar la muga hacia Francia.

Dice que sabe perfectamente cómo funciona esta maquinaria y que si huye, terminarán encontrándola en cualquier rincón.

Se ha puesto en pie frente a mí con su bata de lana gris y me ha dicho con una frialdad que me ha helado la sangre que solo hay una forma de que siga con vida: prestar declaración judicial formal de inmediato ante el juez Irazábal en el juzgado de guardia de Bilbao antes del mediodía.

Gorka tomó aire antes de rematar la frase:

—Miren dice que si sus pruebas y su testimonio no quedan grabados bajo la fe pública de la secretaria judicial hoy mismo, la matarán antes de que caiga la noche.

Y tiene toda la razón, Mathieu. Hay un topo en la cúpula del Departamento de Hacienda o en la propia fiscalía.

Sabían con precisión quirúrgica el horario del relevo de la patrulla exterior de Algorta.

Si no actuamos en las próximas dos horas, la habremos perdido para siempre.

Mathieu no necesitó consultar a Ainara. La miró a los ojos y vio cómo la fragilidad, el dolor y la vulnerabilidad de la madrugada desaparecían de sus facciones, sustituidas por una determinación feroz, acerada e indomable que le encendió la mirada.

—Vamos para allá de inmediato, Gorka —ordenó Mathieu con voz de mando—. Salimos del Ensanche en cinco minutos. Mantén la posición en la calle Telletxe con el perímetro cerrado y no muevas a Miren bajo ningún concepto hasta que estemos en el portal.

—Dense prisa —sentenció el inspector de la Ertzaintza antes de cortar la comunicación—. La tormenta ha pasado, pero los lobos están en la calle.

Mathieu dejó el teléfono sobre la mesilla de noche.

Ainara ya había soltado la sábana. Estaba de pie sobre la moqueta, desnuda y esbelta bajo la luz gris del amanecer que entraba por el ventanal, recogiendo su blusa de seda y su traje sastre del suelo con movimientos rápidos y precisos.

Recogió la pieza de la mesilla, la aseguró en su brazo con un chasquido rotundo y miró a Mathieu con una calma tan fría y afilada que parecía cortar el aire del dormitorio:

—Vístete, Mathieu —dijo la fiscal anticorrupción mientras se abrochaba los botones de la camisa blanca sin que le temblara un solo dedo—. Si quieren sangre en Algorta para tapar el robo del Cupo, van a tener que pasar por encima de mi cadáver.