CAPÍTULO 13 #5
Sin embargo, en lugar de precipitarse sobre ella, Mathieu se tomó su tiempo con una devoción paciente y posesiva.
Descendió el cuerpo sobre la cama, apoyando su peso sobre los codos para no aplastarla pero manteniendo el contacto de sus pechos rozándose en cada respiración.
Su boca comenzó un recorrido minucioso y ardiente: besó la comisura de sus labios, la curvatura sensible debajo de la oreja, el hueco palpitante de la clavícula y descendió en línea recta hacia sus senos.
Tomó un pezón entre sus labios, rodeándolo con la lengua caliente y áspera antes de succionarlo con una fuerza contenida que arrancó a Ainara un quejido agudo y estremecido desde el fondo del pecho.
La mano de Mathieu descendió por el vientre liso de la fiscal, acariciando la piel suave hasta adentrarse entre sus muslos separados.
Sus dedos encontraron la humedad densa y ardiente de su sexo: Ainara estaba empapada, resbaladiza y ardiendo de necesidad.
Con el dedo medio comenzó a acariciar los pliegues sensibles de su intimidad con una cadencia circular y firme que hizo que Ainara arqueara las caderas hacia arriba, buscando instintivamente una fricción más profunda mientras sus uñas se clavaban en los hombros del francés.
—Mathieu... por favor... —jadeó ella, con la frente perlada de sudor y los ojos cerrados por el vértigo del placer.
Mathieu se deslizó más abajo sobre el colchón. Con ambas manos abrió con suavidad los muslos de Ainara, colocándose entre ellos, e inclinó el rostro hasta sumergir la boca en su centro húmedo.
El gemido que brotó de los labios de Ainara fue ronco, quebrado, desgarrando el aire de la habitación.
La lengua de Mathieu la recorrió de abajo hacia arriba con una precisión experta y voraz, saboreando sus fluidos, buscando el capullo hinchado de su clítoris y estimulándolo con movimientos rítmicos, continuos y profundos que enviaron descargas eléctricas a lo largo de toda su espina dorsal.
Ainara hundió las dos manos en el cabello de él, tirando con fuerza, sin saber si intentaba apartarlo para no morir de placer o pegarlo con más desesperación contra su sexo.
Sus caderas se movían solas sobre las sábanas, siguiendo el compás implacable de la boca de Mathieu, hasta que una primera contracción violenta le sacudió la pelvis, dejándola temblando y sin aliento.
Mathieu emergió despacio, con los labios húmedos y brillantes en la penumbra.
Subió por su cuerpo hasta situarse de nuevo sobre ella, sosteniendo su peso sobre los antebrazos.
Sus miradas se cruzaron a escasos centímetros: la de él encendida por un fuego posesivo e inquebrantable; la de ella entregada, brillante y febril.
Guió su miembro hacia la entrada anegada de Ainara. Apoyó la punta redondeada y húmeda contra sus labios inferiores y, con un empuje largo, constante y profundo, se hundió en su interior hasta el fondo de una sola vez.
Ainara echó la cabeza hacia atrás sobre la almohada en un grito mudo.
El aire se congeló en su garganta. La sensación de plenitud era casi dolorosa por lo inmensa, un estiramiento perfecto y abrasador que llenó cada rincón de su cuerpo, anclándola a la cama y haciéndola sentir conectada a la tierra por primera vez en años.
Sus piernas envolvieron de nuevo la cintura de Mathieu con una fuerza visceral, cerrándose sobre él para retenerlo dentro.
Mathieu cerró los ojos un instante, conteniendo el aliento mientras las paredes internas de Ainara se contraían con fuerza rítmica alrededor de su dureza, apretándolo en un abrazo cálido y lubricado.
Comenzó a moverse.
La cadencia fue al principio lenta, deliberada y pesada.
Cada embestida entraba hasta el tope de su longitud, rozando las zonas más profundas y sensibles de su cuerpo, antes de retirarse despacio para volver a hundirse con un ritmo inexorable.
El sonido de los cuerpos colisionando sobre la madera del lecho comenzó a acompasarse con las rachas del viento contra los cristales exteriores.
Mathieu inclinó el rostro hacia el oído derecho de Ainara.
El calor de su aliento húmedo le quemaba el lóbulo de la oreja.
Cuando habló, no lo hizo en el castellano pulcro de los tribunales ni en el francés burocrático de Bruselas, sino en el euskera labortano de su infancia en Iparralde, con su cadencia arrastrada, grave y nasal, un susurro íntimo que resonó en el alma de Ainara con el peso de una sentencia irrevocable:
— Ez begiratu atzera... nirea zara gaur gauean —le ordenó contra la piel, acelerando el vaivén de sus caderas con un empuje más hondo que hizo gemir a la fiscal—. Ene maitea... ez zaitut utziko, hirekin nago .
Aquellas palabras en la lengua de la frontera desataron el último cerrojo en el interior de Ainara. No era una rendición pasiva; era un reclamo salvaje, la respuesta de una mujer vizcaína que demandaba ser poseída con la misma ferocidad con la que ella reclamaba el alma del hombre que la sostenía.
Ainara clavó los dientes en el cuello de Mathieu, mordiendo la carne firme hasta dejar la marca de sus labios, y le respondió en un euskera vizcaíno crudo, visceral y gutural, dictando el compás con el arqueo desesperado de su pelvis:
— Estutu nazazu gogor... ez gelditu orain! —gimió contra su piel, subiendo las manos para arañar con fuerza los omóplatos anchos de él—. Gehiago... hemen nago, Mathieu... nirekin zaude!
El ritmo se volvió frenético. Mathieu deslizó su mano derecha entre ambos cuerpos, buscando el punto exacto donde la carne chocaba contra la carne, y comenzó a frotar el clítoris inflamado de Ainara con el pulgar al compás de cada penetración.
La sobrecarga sensorial fue devastadora.
Ainara sintió que una ola de calor blanco y volcánico se acumulaba en su bajo vientre, subiendo por sus ingles hasta estallar en un orgasmo catártico, colosal e interminable.
Sus músculos íntimos aprisionaron la virilidad de Mathieu en espasmos violentos y convulsos, mientras un grito desgarrador y puro escapaba de su garganta, quebrado y hermoso en medio de la tormenta.
Segundos después, sobrepasado por la fuerza aplastante de la respuesta de Ainara y la fricción abrasadora de su interior, Mathieu tensó los músculos de la espalda como un arco de acero.
Con tres embestidas brutales y definitivas se vació dentro de ella con un rugido sordo y profundo que amortiguó contra el hueco del cuello de la mujer, derramándose en oleadas cálidas mientras el mundo exterior parecía desvanecerse en la nada.
Quedaron colapsados uno sobre otro durante largos minutos, inmóviles, unidos en un abrazo ciego y sudoroso mientras el corazón de ambos latía al unísono con la fuerza de un motor desbocado.
La galerna continuaba aullando sobre los tejados del Ensanche bilbaíno, pero dentro de la habitación cuatrocientos dos la calma era absoluta.
Mathieu se deslizó hacia un lado con suavidad, atrayendo a Ainara hacia su pecho para que reposara la cabeza sobre su hombro desnudo.
Con la mano derecha, húmeda y templada, comenzó a acariciar los mechones castaños empapados de sudor pegados a la frente de la fiscal, hasta que sus dedos rozaron la diminuta cicatriz blanca que cruzaba el extremo de su ceja izquierda.
Ainara respiraba con los ojos cerrados, con el cuerpo laxo, derrotado y por fin en paz, respirando el aroma denso de su piel y de su entrega.
Mathieu la miró en la penumbra ámbar de la habitación.
Supo en ese instante, con una lucidez gélida y certera que le heló la médula, que su neutralidad como funcionario de la Unión Europea había quedado enterrada para siempre en esa cama.
Ya no había vuelta atrás: por esa mujer y por la verdad que ella defendía, estaba dispuesto a quemar todos los puentes con Bruselas y a declarar la guerra a quien hiciera falta.
♦ ♦ ♦
A las seis y cuarto de la mañana, la galerna había cesado con la misma brusquedad con la que había estallado doce horas antes.
Sobre los tejados de pizarra del Ensanche bilbaíno se abría un amanecer glacial, de un color plomo sucio y ceniciento, que desteñía la silueta de los edificios decimonónicos de la Alameda Rekalde.
En la calle desierta, el asfalto lavado por el temporal brillaba con charcos oscuros donde flotaban ramas desgajadas y miles de hojas arrancadas de los plátanos de sombra.
El silencio dentro de la habitación cuatrocientos dos era denso y tibio. El radiador de hierro fundido bajo la ventana chasqueaba con una vibración rítmica, compitiendo con el aroma a cedro, sudor seco, sábanas revueltas y la intimidad desnuda que impregnaba cada rincón del lecho.
Mathieu Etcheverry permanecía de pie junto al ventanal, con los pies descalzos sobre la moqueta y vestido únicamente con su pantalón de lana gris marengo, con la cinturilla sin abrochar.
Sostenía un vaso de agua del grifo en la mano derecha, pero no bebía; miraba hacia la calzada vacía con la mandíbula tensa y el ceño fruncido, sumido en un monólogo interior áspero y sin concesiones.
Volvió despacio la cabeza hacia la cama.
Ainara dormía profundamente tendida sobre el vientre, con el rostro ladeado hacia la izquierda y la mejilla hundida en la almohada de plumas.
La sábana blanca de hilo egipcio había resbalado hasta la curva de sus caderas, dejando al descubierto la línea limpia y perfecta de su columna vertebral, la piel dorada de sus hombros y las leves marcas rojizas que la presión de sus dedos y el calor de la noche habían dejado en sus costillas.
El cabello oscuro, desordenado y libre de cualquier atadura, se esparcía sobre la blancura del lino como una mancha de tinta china.
En su semblante dormido no quedaba rastro del terror que la había doblado en el portal de la calle Ribera; respiraba con una calma acompasada, profunda y confiada que Mathieu no le había visto en ningún momento desde su llegada al aeropuerto de Loiu.