CAPÍTULO 13 #4
No intentó razonar con ella ni recurrió a consuelos fáciles. Se detuvo a escasos centímetros, colocó sus manos grandes y firmes sobre las muñecas de Ainara y, con una paciencia infinita y una ternura que contrastaba con su porte severo, apartó suavemente sus manos de su rostro empapado en lágrimas.
Ainara intentó esquivar la mirada, avergonzada de mostrarse derrotada y rota frente al hombre al que había tratado como a un rival institucional apenas unas semanas atrás.
Pero Mathieu no se lo permitió: con los pulgares acarició la línea de sus pómulos, limpiando el rastro salado de las lágrimas con una cadencia sosegada que parecía acompasar el ritmo frenético de su pulso.
—Mírame, Ainara —le susurró en voz muy baja, inclinándose hacia ella hasta que el aliento tibio de su boca rozó su mejilla—.
No tienes la culpa de nada. Tu padre murió porque unos canallas lo estafaron, y tu madre está viva porque tú eres la mujer más valiente y más íntegra que he conocido en toda mi vida.
No voy a permitir que la toquen. ¿Me oyes?
Mañana a primera hora Gorka pondrá un retén blindado de la Ertzaintza en Atxondo y sacaremos a Arantza de Durango si hace falta.
Pero esta noche estás aquí conmigo, y nadie va a hacerte daño.
Ainara apoyó la frente contra el pecho de él, buscando un anclaje físico contra el vértigo. Su frente se hundió en la lana suave del jersey azul marino de Mathieu, aspirando con avidez el olor que desprendía: cedro, lluvia fresca, el amargor del café solo y el calor limpio de su piel.
Mathieu deslizó las manos hacia los hombros de Ainara y comenzó a desabotonar con parsimonia los pesados botones de su abrigo de paño.
La prenda, rígida y empapada por el agua del Arenal, resbaló por los brazos de la fiscal hasta que Mathieu la recogió en el aire y la depositó con cuidado sobre el respaldo de la butaca de cuero junto a la ventana.
A continuación, sus dedos encontraron los botones de la chaqueta estructurada de su traje sastre, la armadura gris marengo que Ainara utilizaba como uniforme de combate en los tribunales.
Mathieu la despojó de la chaqueta con la misma lentitud reverente con la que un escudero retira el coselete de un caballero herido al término de una batalla encarnizada.
La chaqueta cayó sobre la moqueta.
Ainara quedó vestida únicamente con sus pantalones rectos de lana y su blusa de seda blanca de manga larga.
El tejido fino, ligeramente humedecido por la lluvia en la zona del cuello y los hombros, se transparentaba bajo la luz ámbar de la lámpara, dejando entrever la palidez erizada de su piel, el nacimiento de sus senos y la curvatura delicada de sus clavículas que subían y bajaban al compás de su respiración entrecortada.
Ainara alzó despacio la cabeza. Sus ojos verde oliva, con los párpados enrojecidos y brillantes por el llanto pero limpios de cualquier resto de pánico paralizante, se clavaron en los labios de Mathieu.
La distancia entre ellos era de apenas tres centímetros.
Ainara podía sentir el calor que irradiaba el torso de él, el latido acompasado y fuerte de su corazón bajo el jersey y la tensión de sus músculos conteniéndose para no rebasar los límites que la ética profesional les había impuesto desde su primer encuentro en el aeropuerto de Loiu.
Pero esa noche las leyes de los hombres habían dejado de tener sentido frente a la brutalidad de la muerte.
Ainara alzó su mano derecha temblorosa, posó la palma abierta sobre la mejilla áspera de Mathieu, sintiendo la sombra de la barba incipiente contra su piel sensible, y deslizó sus dedos hasta la curva de su cuello.
—Bésame, Mathieu... —le suplicó en un susurro ronco, desprovisto de orgullo o artificio—. Bésame o me volveré loca de miedo esta noche.
♦ ♦ ♦
El beso no comenzó con una aproximación mesurada ni con la timidez ceremoniosa de quienes buscan el permiso de la cortesía.
Estalló como una deflagración de aire comprimido en una galería sin salida: violento, hambriento, desesperado, con la urgencia atávica de dos náufragos que emergen a la superficie de un mar helado y reclaman el oxígeno antes de que otra ola los arrastre hacia el fondo.
La boca de Mathieu era caliente, ancha y rotunda; sabía a café amargo, a lluvia de invierno y a una furia masculina contenida durante semanas de silencios compartidos en despachos oficiales y pasillos en penumbra.
Sus manos grandes se cerraron a ambos lados del rostro de Ainara, enredando los dedos con una posesividad feroz en la masa espesa de su cabello castaño oscuro.
Con un tirón firme desprendió la pinza de carey que lo sujetaba; la pequeña horquilla cayó sobre la moqueta con un crujido mudo y la melena de Ainara se derramó sobre sus hombros como una marea tibia.
Ainara respondió clavando sus uñas cortas en la nuca de Mathieu.
Abrió los labios con un gemido sordo, recibiendo su lengua profunda, firme y exploratoria con una voracidad que le arrancó el último vestigio de prudencia.
Sus manos descendieron a tientas por el pecho de él, buscando el dobladillo del jersey de lana; tiró de la prenda hacia arriba con una impaciencia febril hasta obligarlo a despojarse de ella en un solo movimiento ciego.
Debajo, la camisa de lino azul oscuro cedió bajo la presión de sus dedos: dos botones saltaron al suelo cuando Ainara abrió la pechera de par en par, ansiosa por sentir el contacto directo de la piel ardiente y desnuda contra las palmas de sus manos.
El torso de Mathieu era ancho, atlético, esculpido por años de fondo físico en las colinas de Iparralde y el entrenamiento de la aduana francesa.
Una fina capa de vello oscuro descendía en un triángulo invertido desde el esternón hacia el vientre tenso, plano y acanalado por la musculatura.
Justo debajo del arco costal izquierdo, sobre el costado, sus dedos tropezaron con el relieve rugoso y nacarado de una cicatriz antigua de bala, recuerdo de una emboscada en un muelle de Amberes.
Ainara inclinó la cabeza y posó la boca abierta sobre la marca plateada, besando la cicatriz con una unción feroz mientras sus dientes rozaban suavemente la piel tirante.
Mathieu soltó un gruñido ronco desde el fondo de la garganta.
Sus manos bajaron de golpe hacia las caderas de Ainara, la sujetaron por los muslos con una fuerza rotunda y la alzaron del suelo como si su cuerpo de mujer no tuviera peso.
Ainara rodeó la cintura de él con ambas piernas de forma instintiva, cruzando los tobillos a la altura de sus riñones, mientras sus bocas se volvían a encontrar en un beso profundo, húmedo y sofocante que le dejó los labios doloridos y vivos.
Mathieu dio tres pasos largos a través de la penumbra y la depositó de espaldas en el centro del colchón king-size.
El contacto con la sábana de hilo blanco fue un choque térmico brutal que hizo estremecer a Ainara de pies a cabeza.
El sonido exterior de la galerna, amortiguado por el doble acristalamiento, golpeaba con ráfagas sordas los muros del Ensanche, pero dentro de la habitación la atmósfera se había convertido en un horno espeso donde solo existía el crujido de las sábanas, el rumor áspero de sus respiraciones y el aroma animal y limpio de la piel encendida.
Mathieu se arrodilló entre sus piernas flexionadas.
Sus ojos grises, oscurecidos por un deseo implacable, escudriñaron el cuerpo de Ainara tendido ante él.
Con dedos firmes comenzó a desabotonar la blusa de seda blanca desde el cuello hasta la cinturilla.
Fue apartando los faldones despacio, exponiendo la palidez luminosa de su pecho, la curva generosa de sus senos turgentes coronados por pezones morenos y erectos por el frío y la excitación, y la piel suave de su vientre que se hundía y se elevaba al ritmo entrecortado de su respiración.
Ainara alzó los brazos, permitiéndole deslizar la seda por sus mangas hasta arrojarla a un lado. Pero antes de dejar que Mathieu tocara la hebilla de sus pantalones, su mano izquierda se detuvo en la muñeca derecha.
Allí, sujeto por su correa de eslabones de acero mate, descansaba el reloj Certina DS de su padre, el cronógrafo mecánico que Josu Zubiaga había llevado puesto hasta la víspera de su muerte y que Ainara jamás se quitaba en público, como un amuleto moral contra la claudicación.
Con dedos temblorosos pero lúcidos, liberó el cierre desplegable.
El acero frío tintineó levemente al apoyarlo sobre la mesa de noche, al lado de los teléfonos desmontados.
Por primera vez en cinco años, se despojaba del peso de la memoria y de la ley.
Esa noche no era la hija que vengaba una quiebra industrial ni la fiscal de Bizkaia; era una mujer viva, libre y hambrienta de refugio.
Mathieu comprendió el significado de aquel silencio.
Inclinó el torso y posó los labios sobre el pulso acelerado de Ainara, besando la piel templada antes de descender hacia sus pantalones de lana.
Desabrochó la cremallera, deslizó la tela oscura hacia abajo junto con la fina prenda de encaje que la cubría, y liberó sus piernas esbeltas, largas y marcadas por la tensión del momento.
Ainara quedó completamente desnuda bajo la luz ámbar de la habitación.
Mathieu se despojó con urgencia de sus propios pantalones y de la ropa interior, revelando su virilidad: gruesa, pesada, erecta y palpitante con una dureza marmórea que buscaba su destino sin vacilaciones.