CAPÍTULO 13 #3
—Pretendo que salgas de aquí con vida —respondió Mathieu con voz pausada, relajando el agarre de las solapas para deslizar sus manos hacia los brazos de ella, sujetándola con una firmeza cálida que la desarmó por completo—.
Y pretendo que no dejes que entren en tu vida privada.
Tu apartamento es tu espacio íntimo, el único lugar limpio que te queda en esta ciudad.
Si subimos ahora bajo sus condiciones, les estás entregando la iniciativa táctica y permitiendo que profanen tu refugio. Nos vamos de aquí de inmediato.
Ainara dejó caer la frente contra el hombro de la gabardina de Mathieu durante un segundo interminable.
El olor a lluvia limpia, tabaco rubio y lana fría que desprendía el francés actuó sobre su sistema nervioso como un ancla en medio de la tormenta.
Asintió en silencio, incapaz de articular otra palabra.
Mathieu guardó las fotografías y el sobre manila en su bolsillo interior con cremallera.
Pasó su brazo izquierdo alrededor de la cintura de Ainara, pegándola firmemente contra su costado para protegerla del viento con su propio cuerpo, abrió la pesada puerta de roble y salieron juntos a la intemperie.
La galerna los golpeó de frente con una furia redoblada.
El aire aullaba entre los soportales del Casco Viejo como un fuelle gigantesco.
Cruzaron el muelle del Arenal con el agua cubriéndoles los tobillos en los pasos de cebra inundados.
Cincuenta metros más adelante, estacionado junto al arranque del puente frente a la estación de tren de la Concordia, esperaba el vehículo de alquiler institucional asignado a la delegación de la OLAF: un Peugeot 508 de color gris grafito con distintivo consular en el parabrisas.
Mathieu desactivó la alarma con el mando a distancia, abrió la puerta del copiloto, ayudó a Ainara a acomodarse en el asiento de cuero y abrochó personalmente su cinturón de seguridad.
—Mantén la cabeza baja y no toques los cristales —le ordenó con serenidad antes de cerrar.
Rodeó el vehículo a paso ligero, escaneando el perímetro con la mirada alerta, y se deslizó en el asiento del conductor.
Introdujo la llave en el contacto. El motor turbodiésel cobró vida con un ronquido sordo y los limpiaparabrisas comenzaron a barrer las cortinas de agua en una cadencia frenética.
Antes de engranar la primera marcha, Mathieu ajustó el espejo retrovisor interior. Su mirada se fijó en la acera del teatro, a unos setenta metros detrás de ellos.
Bajo la marquesina lateral del Arriaga, los faros antiniebla amarillos de una furgoneta blanca de gran volumen —una Renault Master sin rótulos comerciales en los laterales y con la chapa oscurecida por el barro del temporal— parpadearon dos veces.
El vehículo arrancó con lentitud, incorporándose a la calzada con las luces de posición atenuadas y manteniendo una distancia constante de tres coches respecto al Peugeot.
Mathieu apretó la mandíbula sin decir una palabra a Ainara para no alarmarla. Desenganchó el freno de mano, metió primera y aceleró suavemente sobre los adoquines resbaladizos, girando hacia la izquierda para encarar el puente del Arenal en dirección a la Gran Vía.
—¿Nos siguen? —preguntó Ainara con voz queda desde el asiento contiguo, sin levantar la vista de sus manos entrelazadas sobre el regazo.
—Intentan fijar nuestra ruta —respondió él con frialdad profesional mientras comprobaba los retrovisores laterales—. Pero en el Ensanche con este temporal no van a poder mantener el contacto visual sin quemarse.
Al llegar a la confluencia con Hurtado de Amézaga, Mathieu aprovechó el cambio de fase de un semáforo en ámbar para realizar un giro imprevisto y cerrado hacia la calle Navarra, acelerando entre dos autobuses urbanos detenidos por la tormenta y enlazando de inmediato con una callejuela secundaria en dirección a la Alameda Rekalde.
En el espejo retrovisor, la furgoneta blanca quedó atrapada detrás de la fila de vehículos en el semáforo en rojo, perdiendo la línea de visión directa.
Mathieu no redujo la velocidad hasta confirmar que el perímetro posterior permanecía limpio durante cuatro intersecciones consecutivas.
El coche avanzó por la Alameda Rekalde sorteando ramas rotas y hojas arrancadas por el viento hasta detenerse frente al número veintiocho.
Allí, encajado entre edificios señoriales de principios de siglo con miradores de hierro forjado, se alzaba el Hotel Ensanche, un establecimiento boutique discreto y elegante donde la OLAF mantenía habitaciones reservadas bajo convenio administrativo para misiones de enlace comunitario.
Mathieu apagó los faros, puso el freno de estacionamiento y miró a Ainara:
—Estamos en el Ensanche. Habitación cuatrocientos dos. Aquí dentro esta noche no existe ni la fiscalía ni la OLAF, Ainara. Aquí dentro solo estamos tú y yo, y nadie va a tocarte.
♦ ♦ ♦
La puerta blindada de la habitación cuatrocientos dos se cerró con un chasquido magnético pesado, sordo y definitivo.
Al otro lado de la madera maciza de nogal quedó amortiguado el estrépito de la galerna, transformado ahora en un rumor profundo y vibrante que hacía oscilar levemente las pesadas cortinas de terciopelo gris plomo frente a los ventanales de la Alameda Rekalde.
El espacio interior era sobrio, de una elegancia contenida y sin estridencias: moqueta oscura de lana virgen que absorbía cualquier pisada, paredes revestidas en madera cálida, una cama king-size con sábanas de hilo blanco egipcio perfectamente estiradas y un escritorio funcional de hierro forjado sobre el que descansaba una lámpara de lectura orientable.
Mathieu no encendió la luminaria central del techo.
Con un movimiento deliberado y mecánico, activó únicamente la luz indirecta de baja intensidad empotrada en el zócalo inferior del cabecero de la cama, una iluminación ámbar tenue que dejaba la mayor parte de la estancia en una penumbra templada y evitaba proyectar siluetas reconocibles contra los visillos exteriores hacia los edificios de la acera de enfrente.
Sin despojarse aún de la gabardina mojada, Mathieu se acercó a la mesa de noche.
Sacó su teléfono móvil institucional de la OLAF, abrió la carcasa trasera con la uña, extrajo la batería plana de litio y retiró la tarjeta SIM cifrada, colocándola sobre la madera barnizada.
Luego se volvió hacia Ainara con la mano derecha extendida en un gesto abierto y tranquilo:
—Tu teléfono, Ainara. Los dos terminales, por favor.
Ainara permanecía inmóvil en mitad de la habitación, como si sus botas de cuero estuvieran clavadas al suelo.
El agua de la lluvia goteaba desde el dobladillo de su abrigo oscuro, formando un pequeño charco sobre la moqueta.
Tardó unos segundos en reaccionar, como si la orden le llegara amortiguada a través de un tabique de cristal grueso.
Con movimientos lentos y rígidos, metió la mano en el bolsillo derecho, sacó su móvil personal y luego, del bolsillo interior, el terminal blindado de la fiscalía provincial.
Mathieu los tomó con suavidad. Con la hoja corta de su pequeña navaja de bolsillo extrajo las bandejas metálicas de ambos dispositivos, retiró las tarjetas telefónicas y separó los componentes físicos sobre la mesa, neutralizando de un solo golpe cualquier posibilidad de geolocalización pasiva mediante triangulación de estaciones base de telefonía celular o la acción de receptores de monitorización montados en vehículos de seguimiento encubierto.
—En este cuarto no hay satélites, no hay registros de antena y no hay servidores, Ainara —dijo Mathieu en voz baja, guardando la navaja en el bolsillo—. Para el mundo exterior no existimos hasta que amanezca.
Ainara lo escuchó sin responder. Tenía los brazos caídos a lo largo del cuerpo, los hombros hundidos bajo el peso de la lana empapada y la mirada perdida en las vetas de la madera del cabecero de la cama.
Entonces, con la misma violencia repentina con la que la galerna había roto los cristales de la ría, el dique interior que la había sostenido durante las últimas tres semanas se vino abajo por completo.
No fue un llanto contenido ni una lágrima silenciosa de las que a veces se permitía en la intimidad de su despacho de Henao cuando los expedientes se cerraban por falta de pruebas.
Fue un colapso físico, biológico y moral absoluto.
Toda la presión acumulada desde la madrugada en que hallaron el cadáver de Iñigo Barandiarán doblado sobre el teclado del órgano del Euskalduna; la autopsia toxicológica que confirmó el asesinato con digoxina; la búsqueda desesperada del archivo de Miren Uriarte en los pabellones herrumbrosos de Deusto; las amenazas veladas del viceconsejero Iñaki Mendieta en los pasillos de Lakua; el vértigo cósmico de haber descubierto que Kepa Arostegui estaba dispuesto a inmolar el Concierto Económico vasco con su «Plan B» ante Bruselas...
Y ahora, la certeza aterradora de que su propia madre estaba en la mirilla de unos asesinos a sueldo en el caserío de Atxondo por su culpa.
Un sollozo seco, desgarrador y primitivo escapó de su garganta, doblando su cuerpo por la cintura.
Ainara se cubrió el rostro con ambas manos, hundiendo los dedos en su piel helada mientras un temblor convulsivo le sacudía el pecho, las costillas y los hombros.
Sentía que se asfixiaba, que el aire dentro de la habitación era demasiado denso para sus pulmones, que el techo se desplomaba sobre su cabeza aplastando los últimos vestigios de su dignidad procesal.
—No pude... no pude salvar a mi padre...
—balbuceó entrecortadamente, con la voz rota por un llanto amargo que manaba desde el fondo de sus vísceras—.
Y ahora van a matar a Arantza... Por mi culpa, Mathieu...
Por no haberme callado en el despacho de Henao...
Por querer demostrar que la ley servía para algo...
Mathieu cruzó la distancia que los separaba en dos zancadas.