CAPÍTULO 13 #2
Y ahora, la maquinaria los alcanzaba de nuevo. No iban a por ella; sabían que una querella o una amenaza de suspensión cautelar solo reforzaría su determinación. Iban a por Arantza. Iban a quemar el caserío con su madre dentro si ella no enterraba las pruebas del «Plan B».
El pánico se transformó en una náusea ácida que le quemó la garganta. La fiscal implacable, la mujer que había interrogado a consejeros y banqueros sin parpadear, se sintió reducida a una niña indefensa y aterrorizada en medio de un portal frío.
Miró instintivamente hacia el tramo de escaleras que se perdía en la oscuridad hacia el primer piso.
Si el sobre estaba en el buzón interior, alguien había entrado en el inmueble.
Podían estar arriba, en el descansillo de la cuarta planta, aguardando el giro de su llave en la cerradura.
O podían haber forzado la puerta de su vivienda para sembrar micrófonos de escucha ambiental o colocar una trampa.
Su casa, el único reducto donde se permitía quitarse la coraza del cargo y escuchar música o llorar en silencio frente a la ría, estaba profanada.
Con la mano derecha temblando de tal manera que apenas lograba sujetar el teléfono móvil, extrajo el terminal seguro de la fiscalía del bolsillo interior del abrigo.
Marcó el número directo que se sabía de memoria desde hacía tres semanas, el único número que no necesitaba consultar en la agenda protegida.
La llamada dio dos tonos largos que resonaron en su cabeza como martillazos contra una campana de bronce.
Al tercer tono, la línea se abrió con un chasquido nítido.
—Etcheverry —respondió la voz profunda, serena y grave de Mathieu desde el otro lado de Bilbao.
Al escuchar aquel timbre pausado, todo el autocontrol de Ainara se desmoronó en un gemido ahogado. La garganta se le cerró y las lágrimas, gruesas y ardientes, desbordaron sus párparos resbalando por sus mejillas heladas.
—Mathieu... —apenas logró articular un hilo de voz entrecortado, apoyando la frente contra la piedra rugosa del muro—. Tienen a mi madre en Durango, Mathieu... Están en mi puerta. No puedo... no puedo subir a casa.
♦ ♦ ♦
El taxista se negó en redondo a cruzar el puente del Arenal.
Alegó que una ráfaga lateral acababa de arrancar parte de la carpa de los tinglados y que la policía municipal estaba desviando el tráfico hacia la plaza Circular.
Mathieu Etcheverry arrojó un billete de veinte euros sobre el asiento del copiloto sin esperar el cambio, abrió la portezuela contra la resistencia feroz del viento y se lanzó a la calle antes de que el vehículo terminara de detenerse.
La galerna lo recibió con un bofetón de agua pulverizada y aire salobre que le caló los hombros de la gabardina marengo en menos de diez segundos.
La noche en Bilbao parecía haberse disuelto en un magma negro y rugiente.
Los adoquines del muelle brillaban como lomos de cetáceos bajo las farolas parpadeantes y las copas de los árboles del parque se retorcían en un crujido agónico que presagiaba la caída inminente de ramas gruesas sobre la calzada.
Mathieu echó a correr en diagonal a través de la explanada desierta del Teatro Arriaga.
Mantenía la mano derecha oculta bajo la solapa izquierda de su abrigo, pegada al pecho en una postura instintiva aprendida durante sus años de servicio en la aduana judicial francesa y en las operaciones de campo de la OLAF en los Balcanes y el Báltico.
Aunque su acreditación comunitaria bajo el Reglamento 883/2013 no le otorgaba competencias de policía judicial armada en territorio español, sus reflejos musculares respondían a una memoria táctica imborrable: en un entorno hostil y no asegurado, los ojos escanean primero las esquinas oscuras, las furgonetas detenidas con el motor al ralentí y los vanos de los portales donde un tirador o un equipo de extracción pueden ocultar su silueta.
Había tardado menos de seis minutos desde que la llamada de Ainara se cortó abruptamente en su terminal del hotel Carlton.
Seis minutos en los que la imagen de Isabelle —su compañera de investigación asesinada en un aparcamiento de Bruselas por la red logística de Viktor Sorokin— había vuelto a cruzar su mente como una llamarada de pólvora fría.
No volvería a repetirse. No en esta tierra, no con ella.
Cruzó los soportales anegados de la calle Ribera, saltando sobre los regueros de agua sucia que manaban de los canalones atascados, y alcanzó el portal número catorce. Empujó la pesada hoja de roble. Al franquear el umbral, la penumbra del zaguán lo envolvió con su olor a piedra fría y cerrado.
Allí estaba ella.
Ainara permanecía encogida contra el rincón formado por la pared y el arranque de la escalera de castaño.
Sostenía las tres fotografías y la cartulina apretadas contra el pecho con ambas manos, como si fueran ascuas ardientes que se negaba a soltar o el fragmento de un blindaje roto que ya no protegía nada.
Su abrigo oscuro estaba empapado en los hombros, el pelo castaño desprendido de su pinza caía en mechones desordenados sobre su rostro y su respiración llegaba en jadeos breves, secos, entrecortados por un espasmo incontrolable que le hacía temblar la mandíbula.
Mathieu no vaciló. Dio dos pasos largos, acortando el espacio que los separaba, y se arrodilló ante ella para nivelar sus miradas.
—Ainara —dijo con voz baja, firme, desprovista de cualquier titubeo burocrático—. Mírame. Estoy aquí.
Ella alzó los ojos. La mirada verde oliva de la fiscal anticorrupción, habitualmente afilada como un bisturí forense en las salas de vistas, estaba empañada por un terror animal, primitivo y descarnado.
No había rastro de la jurista brillante que había doblegado a los abogados de Arostegui en Mazarredo; solo quedaba una mujer herida que veía la soga cernirse sobre el cuello de su madre.
—Están en Atxondo, Mathieu... —susurró con los labios violáceos por el frío, señalando las fotos con dedos torpes—.
Tienen a Arantza vigilada. Han estado en la panadería de Durango, en la farmacia...
Y en el caserío. Hay una foto con un mechero frente a la puerta de entrada.
Si no paro... si no paramos el informe de la OLAF y el auto de prisión, van a quemar la casa con ella dentro.
Mathieu cubrió las manos heladas de Ainara con las suyas.
El contraste térmico fue inmediato: el calor denso de su piel masculina envolvió los dedos rígidos de la mujer, transmitiéndole una solidez serena y paciente.
Con movimientos suaves pero resueltos, fue aflojando la presión de los nudillos de Ainara hasta retirar el sobre manila y las copias fotográficas de su pecho.
—Déjame verlas —pidió con calma.
Extrajo su linterna táctica de bolsillo del forro interior de la gabardina y proyectó un cono estrecho de luz blanca sobre las tres imágenes. Su ojo pericial analizó los detalles técnicos con la frialdad de quien ha redactado docenas de atestados de contravigilancia:
—Óptica profesional de trescientos o cuatrocientos milímetros —dictaminó Mathieu en voz baja, examinando la compresión de planos y la profundidad de campo en la toma de Durango—.
Alta velocidad de obturación, grano finísimo, luminosidad corregida.
Quien disparó estaba en la parte trasera de un vehículo sobreelevado con lunas tintadas estacionado a unos cuarenta metros de la panadería. Y la foto del caserío...
Se detuvo en la tercera imagen, iluminando el detalle del guante táctico de cuero negro y la llama del mechero frente a la fachada de piedra:
—No es una improvisación de matones locales.
Es el manual clásico de intimidación de las empresas militares privadas que subcontratan los fondos fiduciarios en Suiza y Luxemburgo.
Sylvain Deschamps ha utilizado este mismo patrón en Marsella y en Ginebra para neutralizar testigos en causas de arbitraje comercial.
Buscan la parálisis psicológica inmediata del operador judicial mediante la amenaza asimétrica sobre el eslabón más vulnerable del círculo familiar.
Ainara tragó saliva con dificultad y apoyó las palmas contra la pared para intentar incorporarse:
—Tengo que subir al piso —dijo, apresurando las palabras con una determinación febril que rozaba el delirio—.
Solo serán cinco minutos, Mathieu. Necesito coger ropa seca, el ordenador portátil con las notas privadas de Barandiarán y las copias de seguridad del servidor que guardo en la caja fuerte de mi dormitorio...
Hizo amago de enfilar el primer tramo de la escalera de madera, pero Mathieu se puso de pie de inmediato y se interpuso en su camino.
Con un movimiento rápido y seguro, la tomó con ambas manos por las solapas de su abrigo de paño, cerrando la distancia entre ellos y clavando sus ojos grises en los de ella con una intensidad inquebrantable:
—Ni hablar, Ainara. Escúchame bien: no vas a poner un solo pie en esa escalera.
—¡Mathieu, son mis documentos! ¡Es mi casa! —protestó ella, intentando zafarse, aunque la debilidad en sus brazos hacía que el forcejeo resultara inútil.
—Tu casa está quemada desde el momento en que abrieron ese buzón —sentenció él con una dureza protectora que no admitía réplica—.
Si han tenido acceso al interior del portal para depositar el sobre sin forzar la cerradura exterior, es muy probable que hayan comprometido el edificio entero.
Pueden haber colocado un micrófono direccional en el descansillo, un clonador pasivo de frecuencias en la caja de derivación eléctrica o un equipo de vigilancia esperando a que abras la puerta del cuarto piso.
El protocolo de seguridad para autoridades amenazadas prohíbe taxativamente entrar en un domicilio sospechoso antes de que los técnicos de desactivación y contramedidas de la Ertzaintza realicen un barrido electrónico completo.
Ainara lo miró con rabia e impotencia, con el pecho agitado bajo el abrigo:
—¿Y qué pretendes que haga? ¿Que me quede en la calle esperando a que nos disparen?