CAPÍTULO 13
## La galerna del Ensanche
A las nueve menos cuarto de la noche, el estuario de Bilbao se doblaba bajo la furia de una galerna atlántica que barría el fondo del valle con ráfagas secas y brutales de más de noventa kilómetros por hora.
No era la lluvia mansa y constante del sirimiri invernal a la que la villa estaba acostumbrada, sino un vendaval hosco, nacido de un desplome súbito del barómetro en el golfo de Vizcaya, que levantaba remolinos de agua turbia sobre la superficie encrespada del Nervión y estrellaba el granizo menudo contra los muros de sillería del Casco Viejo.
En el paseo del Arenal, las ramas desnudas de los plátanos de sombra restallaban con la violencia de látigos tensados al límite, mientras los contenedores de basura se desplazaban sobre el asfalto mojado con un chirrido sordo que resonaba en la soledad de las calles vacías.
Ainara Zubiaga caminaba contra el viento con la cabeza gacha y los dientes apretados.
El cuello alzado de su abrigo largo de paño oscuro apenas alcanzaba a amortiguar las embestidas del aire glacial que se encajonaba desde la ría hacia la calle Ribera.
Llevaba el maletín de cuero con los informes preliminares del registro de Mazarredo aferrado contra el costado izquierdo, protegido bajo el brazo como un fardo de contrabando, sintiendo la humedad calar la lana pesada a la altura de los hombros.
Habían sido catorce horas ininterrumpidas de tensión en el complejo policial de Erandio: el análisis informático de los servidores incautados a Arostegui era un peso denso, plomizo, instalado detrás de los ojos y en la base de la nuca.
Ainara sentía que el suelo institucional sobre el que había edificado su carrera se resquebrajaba bajo sus pies.
Durante siete años como fiscal delegada en Bizkaia había creído que la ley era un instrumento afilado y ciego capaz de poner coto a la codicia de los intocables.
Ahora comprendía que para hombres como Arostegui, la ley no era más que una arcilla maleable con la que blindar sus privilegios o, en el peor de los casos, un polvorín dispuesto para ser detonado si alguien osaba cruzar el umbral de sus despachos.
Alcanzó por fin el portal número catorce de la calle Ribera, justo enfrente de la silueta monumental y en sombras del Teatro Arriaga.
La fachada neobarroca del coliseo parecía un buque varado en medio de la tormenta, con sus vidrieras oscuras sacudidas por el viento.
Ainara sacó el manojo de llaves del bolsillo, localizó a tientas la de paletón de hierro forjado y empujó el pesado portalón de madera maciza.
Entró con rapidez y apoyó la espalda contra la hoja para cerrarla contra la succión de la calle.
El cerrojo encajó con un golpe seco y rotundo, aislando de golpe el aullido del temporal.
En el zaguán reinaba un silencio espeso, cargado de humedad, polvo de caliza vieja y el rumor subterráneo de la ría golpeando los pilotes del muelle bajo los cimientos del edificio.
La bombilla amarillenta de cuarenta vatios suspendida de un cable trenzado iluminaba tenuemente las losas desgastadas del suelo y el arranque de la escalera de caracol de castaño que ascendía hacia los pisos altos.
Ainara se detuvo un instante a recuperar el aliento.
El vaho de su respiración se condensaba en el aire frío del portal.
A la derecha de la cancela, encastrados en un panel de madera barnizada que mostraba las heridas del tiempo, se alineaban los buzones de latón de los vecinos.
Era un gesto mecánico, adquirido por años de rutina solitaria: girar la pequeña llave plana del casillero del cuarto piso para comprobar si había llegado alguna notificación del colegio de abogados o la factura del gas antes de subir los setenta escalones.
Introdujo la llave, giró hacia la derecha y tiró de la puertecilla metálica.
El buzón no contenía propaganda ni correspondencia comercial.
En el fondo descansaba un sobre de papel manila de formato cuartilla, sin remitente, sin sello postal y sin dirección mecanografiada.
Estaba cerrado con su solapa engomada intacta, pero los bordes inferiores presentaban una ligera arruga húmeda, como si quien lo hubiera deslizado a través de la ranura de la calle hubiera llegado hasta el portal empapado por la galerna hacía escasos minutos.
Ainara se quedó inmóvil, con la mano suspendida en el interior del casillero.
Un escalofrío helado, puramente visceral, le recorrió la espina dorsal desde el coxis hasta el nacimiento del pelo.
En la fiscalía anticorrupción aprendían pronto a desconfiar de las entregas sin franquear depositadas en los domicilios particulares; sin embargo, en los siete años que llevaba viviendo en el Casco Viejo, su portal siempre había sido un territorio vedado a la hostilidad del trabajo.
Su nombre no figuraba en el interfono exterior —solo una letra anodina que nadie ajeno a su círculo asociaba con la fiscalía— y sus desplazamientos cotidianos seguían pautas rigurosas de seguridad preventiva.
Extrajo el sobre. El papel era grueso, áspero al tacto.
Pesaba poco más de cincuenta gramos. Con dedos entumecidos por el frío de la calle, rasgó con cuidado la solapa superior procurando no borrar posibles huellas dactilares en la superficie, aunque sabía perfectamente que quien operaba con tal precisión no dejaría rastros biológicos en un soporte ordinario.
Volcó el contenido sobre la palma de la mano enguantada.
Eran tres fotografías en papel fotográfico brillante de quince por veinte centímetros y una tarjeta de cartulina blanca satinada, cortada con guillotina de imprenta.
Ainara se acercó a la luz mortecina de la bombilla del zaguán.
La primera fotografía mostraba a una mujer mayor, de pelo blanco recogido en una horquilla sencilla y abrigo guateado verde botella, saliendo por la puerta acristalada de una panadería tradicional.
Llevaba una barra de pan artesanal asomando por una bolsa de papel marrón bajo el brazo.
Ainara reconoció al instante el rótulo de madera oscura del fondo: la panadería de la calle Santa Ana, en el casco histórico de Durango.
Era su madre, Arantza Zubiaga. La imagen estaba tomada desde el interior de un vehículo estacionado en la acera de enfrente, con un teleobjetivo de gran luminosidad que enfocaba con nitidez implacable las arrugas familiares alrededor de sus ojos cansados y la bufanda de lana granate que Ainara le había regalado las navidades pasadas.
La segunda fotografía recogía a su madre cruzando el paso de peatones de la esquina de San Agustín, en dirección a la botica.
Sostenía sobre la cabeza su paraguas rojo plegable, con el paso vacilante que le causaba la artrosis en la cadera derecha.
A su alrededor, la lluvia caía en diagonales difusas, pero la figura de Arantza aparecía congelada con una definición quirúrgica, enmarcada en el centro exacto del visor, como si una cruz de mira invisible se cerniera sobre su espalda desprotegida.
La tercera imagen hizo que el corazón de Ainara se detuviera en seco.
No estaba tomada en el centro urbano de Durango, sino en la ladera solitaria del valle de Atxondo, a los pies de las paredes calcáreas del monte Anboto.
La fotografía mostraba la fachada de piedra y entramado de roble del caserío familiar, la casa donde Ainara había crecido, donde su padre había tenido el taller de mecanizado antes de la ruina y donde su madre vivía sola desde hacía un lustro.
La toma era crepuscular, captada desde el linde del robledal que bordeaba el camino de acceso.
En primer plano, desenfocada pero inconfundible, una mano enfundada en un guante táctico de cuero negro sostenía un encendedor metálico de gasolina encendido.
La llama amarilla y azulada, quieta en medio de la penumbra, se recortaba a escasos centímetros de las ramas secas de la parra que trepaba por el alero de madera de la entrada principal.
Ainara sintió que el aire desaparecía de sus pulmones como si hubiera recibido un impacto directo en el epigastrio.
Las rodillas le flaquearon y tuvo que apoyar el hombro derecho contra la pared desconchada del portal para no desplomarse sobre las losas húmedas.
Los bordes de su campo visual se tiñeron de una neblina grisácea y un pitido agudo, ensordecedor, comenzó a zumbar en sus oídos.
Dio la vuelta a la cartulina blanca con dedos que temblaban de forma espasmódica. En el centro exacto, impresa con una tipografía mecánica sin serifa, figuraba una única frase en castellano:
«El silencio compra la paz de los que amas».
El papel cayó al suelo con un chasquido levísimo.
Cinco años atrás, en el pajar anexo a ese mismo caserío de Atxondo, Ainara había descolgado el cuerpo inerte de su padre, Josu Zubiaga, suspendido de una viga de roble tras la quiebra inducida de su taller auxiliar por el impago deliberado de las grandes matrices siderúrgicas del consorcio de Mazarredo.
Toda su trayectoria en la carrera fiscal, cada expediente de corrupción económica que había instruido con rigor implacable, cada noche en vela cotejando balances fraudulentos había sido, en el fondo, una promesa silenciosa a la memoria de su padre: demostrar que los señores del dinero no eran dueños de la vida y la muerte en este país.