Cap11 La Entrada #5
Mathieu dejó escapar el aire de los pulmones con un alivio denso. Miró a Ainara y asintió con una media sonrisa tensa:
—La desconexión perimetral de Gorka nos ha salvado el caso, fiscal. Si hubiéramos tardado diez minutos más en cruzar la cancela de Mazarredo, las particiones de las sociedades pantalla habrían sido reducidas a cenizas electrónicas irrecuperables.
Ainara se giró lentamente hacia Jaime Echevarría. El abogado de litigación había perdido el color aristocrático del vestíbulo; su rostro mostraba una palidez cenicienta y las manos le temblaban imperceptiblemente en los bolsillos del pantalón de sastrería.
—¿Sigue sosteniendo que este bufete solo custodia secretos profesionales legítimos, señor Echevarría?
—inquirió la fiscal anticorrupción con una serenidad despiadada—.
Un borrado remoto ejecutado desde una suite de lujo en Biarritz para formatear tres volúmenes de contabilidad opaca mientras mi comitiva llamaba al interfono.
Eso no es ejercicio del derecho de defensa; eso es obstrucción a la justicia del artículo cuatrocientos sesenta y tres del Código Penal y encubrimiento de delitos societarios.
Echevarría no respondió. Mantuvo la boca cerrada y la mirada fija en el suelo, sabiendo que cualquier palabra que pronunciara constaría en el acta judicial de Maite Aranguren.
Mathieu se inclinó sobre la pantalla de Patxi, señalando el bloque hexadecimal del paquete de autenticación que había lanzado la orden de destrucción:
—Aísla la firma digital del certificado de cliente que autorizó la orden remota, Patxi. Todo comando de borrado a través de esa VPN corporativa exige una llave criptográfica personal de usuario administrador para validar la ejecución.
El perito de la Ertzaintza amplió la ventana del depurador forense y extrajo la cadena alfanumérica del certificado X.509 v3. En el centro de la pantalla apareció el identificador del firmante, validado por una entidad emisora suiza:
CN = SYLVAIN DESCHAMPS / ATALANTE CAPITAL PARTNERS LUXEMBOURG / SERIAL: CHE-482.901.332-Z .
Patxi Goikoetxea alzó la mirada hacia Mathieu y Ainara, exhalando un silbido contenido:
—La orden de borrado venía firmada con el certificado digital personal de Sylvain Deschamps desde Biarritz.
—Fíjalo en el informe con doble hash criptográfico, Patxi —ordenó Mathieu con precisión quirúrgica—.
Tenemos la conexión directa entre la cúspide financiera de Luxemburgo y la destrucción de pruebas en Bilbao.
Ahora aislemos los libros de las sesenta y cuatro sociedades pantalla y busquemos la transferencia de los dieciocho millones hacia Pictet.
Ainara consultó mentalmente el tiempo transcurrido: eran las diez y cuarenta y cinco de la mañana.
Quedaban exactamente dos horas para que el SEPBLAC liberara el dinero.
Habían ganado la primera batalla técnica en las tripas digitales del bufete, pero el núcleo político del fraude, el dosier que Barandiarán había pagado con su vida, no estaba en los servidores del sótano.
Estaba arriba, en el santuario señorial de Kepa Arostegui.
♦ ♦ ♦
A las once y cuarto de la mañana, la luz cenicienta que entraba por los tres grandes ventanales curvos de la planta noble dibujaba un resplandor metálico sobre la ría de Bilbao.
El despacho privado de Kepa Arostegui ocupaba la esquina privilegiada del chaflán de Alameda Mazarredo, una estancia de techos de cuatro metros de altura coronados por molduras de escayola artesanales con motivos vegetales del siglo diecinueve.
El suelo de tarima de roble francés crujía con una resonancia apagada bajo las alfombras persas de lana hilada a mano, amortiguando los pasos de la comitiva.
Las cuatro paredes estaban completamente paneladas en madera maciza de roble inglés de tono caramelo oscuro, alternada con estanterías corridas repletas de volúmenes jurídicos encuadernados en tafilete y piel de cabra con lomos gofrados en oro.
Allí descansaba la memoria jurídica de tres siglos: los tomos originales del Fuero Viejo de Vizcaya de 1452, las recopilaciones del Fuero Nuevo de 1526, las actas decimonónicas de las Juntas Generales de Gernika y colecciones completas de la jurisprudencia del Tribunal Supremo y del Tribunal de Justicia de la Unión Europea.
El espacio destilaba el aroma solemne del tabaco de pipa añejo, la cera para muebles nobles y la soberbia institucional de quien se consideraba no un operador del derecho, sino un legislador intocable.
Ainara Zubiaga avanzó hacia el centro de la habitación, deteniéndose ante la monumental mesa de trabajo de nogal con incrustaciones de latón pulido.
La superficie estaba despejada con un orden milimétrico: un secante de cuero verde con cantoneras de bronce, una pluma estilográfica Montblanc Meisterstück de émbolo dorado, un teléfono de línea analógica encriptada y un juego de bandejas de correspondencia vacías.
Ainara posó la yema de los dedos enguantados en nitrilo sobre el borde del nogal.
El silencio del despacho contrastaba violentamente con los recuerdos de su infancia en Durango: las mañanas de invierno en el taller de Atxondo, donde el aire vibraba con el tableteo sordo de los tornos mecánicos y el olor espeso a taladrina y limaduras de acero dulce.
Su padre, Josu Zubiaga, regresaba a casa con las manos ennegrecidas por la grasa que ningún jabón lograba arrancar del todo, orgulloso de haber entregado a tiempo un lote de piezas de precisión para la industria auxiliar del automóvil.
Hombres como Kepa Arostegui jamás se habían manchado las manos de aceite; ellos operaban en despachos con vistas panorámicas al Guggenheim, cobrando minutas astronómicas por diseñar las enmiendas forales que permitían a las multinacionales desviar los beneficios a paraísos fiscales mientras estrangulaban los créditos de los talleres familiares que sostenían el país real.
—El despacho está aparentemente limpio, Ainara —dijo Gorka Atxaga, examinando los archivadores de madera que flanqueaban la mesa—.
En los cajones solo hay material de oficina convencional, copias impresas del Boletín Oficial de Bizkaia y memorandos de conferencias sobre armonización tributaria europea.
Nada de contabilidades paralelas ni documentos fiduciarios.
Mathieu Etcheverry, que inspeccionaba el testero norte del despacho, se detuvo frente a un imponente óleo sobre lienzo de dos metros de ancho enmarcado en madera dorada al pan de oro.
La pintura, ejecutada con la técnica académica de finales del siglo diecinueve, representaba la jura solemne de los fueros por los procuradores vizcaínos bajo las ramas del roble sagrado de Gernika.
—Miren Uriarte nos advirtió en su declaración del mercado de la Ribera que Arostegui no confiaba en los discos duros para sus documentos más sensibles —dijo Mathieu en voz baja, deslizando la mirada por el relieve de la moldura dorada—.
Los hombres de su generación necesitan palpar el papel timbrado.
Si existe un Plan B físico, tiene que estar aquí.
Gorka se acercó al cuadro, entornó los ojos y apoyó la palma de la mano sobre el borde lateral izquierdo del marco de madera. Ejerció una presión suave hacia arriba. Nada ocurrió. Luego deslizó los dedos hacia la derecha, buscando el encaje inferior.
Un chasquido mecánico seco, apenas perceptible, resonó en el silencio del despacho.
El marco dorado se deslizó suavemente sobre una guía oculta de rodamientos de teflón empotrada en la pared de mampostería, desplazándose medio metro hacia el lateral izquierdo y revelando el vano de una caja de caudales ignífuga de alta seguridad de la marca británica Chubbsafes , embutida a ras del muro de carga de piedra arenisca.
La puerta de acero cementado presentaba un panel de control con teclado alfanumérico de doce dígitos, una ranura para llave tubular de doble paletón y un lector óptico biométrico para huella dactilar.
Maite Aranguren se giró de inmediato hacia Jaime Echevarría, que permanecía de pie en el umbral del despacho custodiado por dos agentes:
—Don Jaime Echevarría, como representante legal de la mercantil titular del inmueble, se le requiere formalmente para que facilite de inmediato la combinación alfanumérica y la llave física de esta caja de caudales para proceder a su apertura judicial.
Echevarría alzó la barbilla, con una mueca de desdén que no lograba ocultar la tensión de sus mandíbulas:
—Esa caja de caudales es de uso estrictamente personal y privado del presidente del bufete, don Kepa Arostegui.
No forma parte de los archivos operativos del despacho ni tengo acceso a sus claves ni a su contenido.
Cualquier intento de forzarla constituirá un delito de daños y una vulneración intolerable del derecho a la intimidad consagrado en el artículo dieciocho de la Constitución.
—Requerimiento desatendido por el representante letrado —hizo constar Maite Aranguren con su tono invariable de fe pública—. Oficial cerrajero, proceda a la apertura técnica forzosa conforme a la autorización expresa del auto judicial.
Un agente especialista de la Sección de Apoyo Operativo de la Ertzaintza se adelantó portando un maletín de aluminio. Extrajo un endoscopio óptico industrial de alta resolución articulado por fibra de vidrio, una batería portátil y un microtaladro silencioso de diamante de baja velocidad.
Durante diez minutos de tensión asfixiante, el único sonido en el despacho noble fue el zumbido diminuto de la broca perforando una microapertura de cuatro milímetros en la placa exterior de acero, justo sobre el conducto de la timonería de cierre.
El cerrajero introdujo la sonda del endoscopio, visualizó en la pantalla portátil la alineación de los rotores del solenoide electrónico y aplicó una derivación de voltaje con una aguja de contacto.
Un golpe sordo y rotundo de pestillos de acero retrayéndose resonó en el interior del muro.