El peso del Cupo (Línea de Cupo 1) Cap11 La Entrada #4
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Cap11 La Entrada #4

—Esto es un atropello que pagarán muy caro —masculló Echevarría con la voz rota por la rabia, frotándose la muñeca liberada.

—Diligencia de requisa documentada en el folio tres —anotó Maite Aranguren con caligrafía impasible—. Procedamos a la apertura del cuarto de servidores.

Mathieu intercambió una mirada rápida con Ainara.

En los ojos de la fiscal brillaba una chispa de triunfo contenido, pero el reloj mental no se detenía: eran ya las siete y cuarto de la mañana.

Faltaban cinco horas y media para el límite del SEPBLAC, y la verdadera batalla no se libraría con palabras en el vestíbulo de mármol, sino en el silencio gélido de los servidores bajo tierra.

♦ ♦ ♦

A las ocho y media de la mañana, el sótano dos de Alameda Mazarredo cuarenta y siete olía a aire acondicionado recirculado, a polvo ionizado y al aroma metálico de los circuitos impresos sometidos a tensión constante.

Era una estancia blindada de unos cuarenta metros cuadrados, desprovista de ventanas y aislada acústicamente por paneles ignífugos de lana de roca.

El suelo técnico elevado, formado por baldosas de vinilo disipativo antiestático, vibraba levemente bajo el zumbido sordo y monocorde de cuatro armarios rack de cuarenta y dos unidades de altura, cuyas puertas de rejilla de acero negro dejaban entrever una constelación titilante de diodos LED azules, verdes y ámbar que parpadeaban a un ritmo frenético.

El termostato de pared marcaba dieciocho grados exactos. El frío seco de la climatización obligaba a mantener abrochadas las chaquetas.

En el centro de la sala, sobre una mesa plegable de aluminio instalada por la policía judicial, el oficial perito informático Patxi Goikoetxea y Mathieu Etcheverry habían desplegado dos estaciones forenses portátiles blindadas de la marca Panasonic Toughbook.

A su lado reposaban cuatro maletines acolchados de polímero Pelican con el material de clonado pericial.

—Compruebe la hora del sistema en el conmutador central, oficial —indicó Mathieu, calzándose unos guantes de algodón blanco antiestático bajo los que conservaba la sensibilidad táctil para manipular los puertos de datos—.

Necesitamos que cada entrada del registro de eventos coincida con la marca temporal UTC para que el peritaje no pueda ser impugnado por desfase de huso horario en Bruselas.

Patxi Goikoetxea, un técnico de treinta y cinco años de barba corta y gafas de montura de pasta, tecleó una secuencia rápida en el terminal de consola conectado al puerto serie del cortafuegos perimetral.

—Sincronizado con el servidor de hora de la Ertzaintza, Mathieu.

Marca exactamente las ocho horas, treinta y dos minutos y catorce segundos.

El tráfico exterior está muerto. Cuando cortamos los latiguillos de fibra óptica del distribuidor de planta en la entrada a las siete y diez, aislamos completamente la red local.

No entra ni sale un solo paquete hacia la red pública.

Al fondo de la sala, apoyado contra la pared de hormigón con los brazos cruzados y la mandíbula apretada, Jaime Echevarría observaba la operativa flanqueado por dos agentes de paisano.

A su lado, Maite Aranguren redactaba a mano en el libro de actas judiciales cada conexión física, anotando los números de serie de los componentes intervenidos.

—Deje constancia expresa en el acta, señora letrada —intervino Echevarría con voz áspera, rompiendo el zumbido de los ventiladores—, de que la defensa formula protesta solemne por la vulneración del secreto empresarial y la propiedad industrial amparada por la normativa foral.

Esos cuatro servidores albergan bases de datos compartidas donde se custodian patentes industriales registradas, modelos de utilidad y desarrollos de software avanzado pertenecientes a corporaciones industriales vascas acogidas al régimen del Patent Box foral del artículo treinta y siete de la Norma Foral del Impuesto sobre Sociedades de Bizkaia.

La copia indiscriminada de esos discos pone en riesgo secretos tecnológicos multimillonarios y vulnera los acuerdos de confidencialidad suscritos por este despacho.

Ainara Zubiaga, que permanecía de pie junto al rack número dos con un bloc de notas procesales, se giró hacia el abogado con una frialdad implacable:

—No hay copia indiscriminada, señor Echevarría.

Como consta en el auto judicial notificado, la diligencia se sujeta al estándar de proporcionalidad fijado por el Tribunal Constitucional y el Tribunal Europeo de Derechos Humanos.

La extracción no se realiza en bruto para husmear en asuntos de clientes legítimos; la letrada de la administración de justicia está validando en este instante el árbol de directorios mediante el protocolo de filtrado por palabras clave aprobado por el juez Irazábal.

Los términos autorizados son exclusivamente: Vandamme Metals SA, proyectos de deducción tecnológica de pulvimetalurgia, dividendos exentos de fuente extranjera, sociedades ETVE en Bizkaia, cuentas fiduciarias en Limassol, Dubái, Ginebra y Luxemburgo, y cualquier asiento o apunte contable cruzado con el nombre de Iñigo Barandiarán o el fondo Atalante Capital Partners.

Si sus clientes honestos no figuran en esa trama de simulación de I+D, sus secretos de patentes permanecerán intactos bajo el precinto judicial.

Mathieu no desvió la mirada de su pantalla. Sus dedos conectaron dos bloqueadores de escritura físicos por hardware de la marca Tableau, modelos T8u para interfaces USB tres punto cero y T35u para los buses SATA y SAS conectados a la cabina de almacenamiento en red.

—Explicación técnica para el acta, letrada Aranguren —dictó Mathieu con voz sosegada pero firme—.

Los bloqueadores de hardware Tableau interceptan a nivel de firmware cualquier comando de escritura, borrado o modificación de metadatos enviado por el sistema operativo anfitrión.

La señal de control eléctrico se conmuta en modo de solo lectura estricta.

Es físicamente imposible que durante la extracción de datos se altere un solo bit, una fecha de acceso o una marca de creación de los archivos originales de Arostegui & Partners.

Cumplimos escrupulosamente los apartados seis y siete de la norma ISO/IEC veintisiete mil treinta y siete.

Patxi Goikoetxea inició la copia bit a bit en formato forense cerrado EnCase E01 sobre dos unidades de almacenamiento SSD de cuatro terabytes cifradas con hardware militar.

La barra de progreso en pantalla comenzó a avanzar con lentitud, acompañada por el cómputo simultáneo de los algoritmos de verificación criptográfica SHA-256 y MD5.

Durante veinte minutos, el único sonido en el sótano fue el silbido del aire acondicionado y el golpeteo regular del bolígrafo de Maite Aranguren sobre el papel timbrado.

Mathieu monitorizaba la tasa de transferencia, que se estabilizaba en trescientos ochenta megabytes por segundo, cuando de repente una serie de líneas de texto en color rojo brillante comenzaron a brotar en la consola de depuración del cortafuegos perimetral.

Patxi Goikoetxea se inclinó sobre el teclado, frunciendo el ceño:

—Un momento... Qué demonios es esto...

Mathieu se colocó de inmediato tras el hombro del perito:

—¿Qué tienes, Patxi?

—Registros del demonio del sistema operativo del servidor de almacenamiento principal. Hubo una conexión cifrada entrante por puerto SSH novecientos noventa y tres a las siete y treinta y cinco de la mañana. Cuarenta minutos antes de que entráramos nosotros.

Ainara y Gorka dieron dos pasos hacia la mesa de trabajo, mientras Jaime Echevarría tragaba saliva con la mirada fija en las baldosas.

—¿Quién se conectó? —exigió Ainara.

Mathieu analizó los encabezados del protocolo de red que desfilaban por la pantalla con la rapidez de quien ha desentrañado ataques informáticos corporativos en la Comisión Europea:

—La conexión entró a través de una red privada virtual cifrada con protocolo WireGuard, enrutada por un túnel punto a punto desde una dirección IP pública francesa.

El proveedor de acceso asigna el rango a la costa vascofrancesa.

Localización exacta: Biarritz. El nodo de terminación corresponde a la fibra óptica del Hôtel du Palais, en la Avenue de l'Impératrice.

Ainara clavó los ojos en Echevarría:

—Biarritz. Donde Sylvain Deschamps y Kepa Arostegui coordinan las operaciones de Atalante Capital.

—No se limite a la procedencia, Mathieu —dijo Patxi con la voz alterada por la tensión—.

Mire el proceso que disparó la conexión remota.

No era una consulta de expedientes. Era un script demonio de purga destructiva.

Un comando de borrado criptográfico seguro basado en el algoritmo Gutmann con sobreescritura de ceros y patrones aleatorios sobre tres volúmenes virtuales completos: el volumen tres, denominado HOLDINGARCHIVE, el volumen cuatro, denominado PATENTBOXCLEARING, y el volumen cinco, denominado FIDUCIARYOFFSHORE .

Un silencio de plomo cayó sobre la sala. Maite Aranguren dejó la pluma suspendida en el aire.

—¿Se borraron los datos? —preguntó Ainara, y su voz sonó como el chasquido de un percutor metálico—. ¿Destruyeron los libros contables?

Patxi Goikoetxea soltó una carcajada nerviosa, pasándose la mano enguantada por la frente sudorosa:

—¡No les dio tiempo, fiscal! El script comenzó a sobreescribir los sectores a las siete y treinta y cinco.

Pero a las ocho y doce minutos, cuando el equipo del inspector Atxaga entró en el edificio y cortó los latiguillos de fibra del conmutador de entrada, la sesión remota se interrumpió abruptamente por pérdida total de enlace de red.

El script de borrado se quedó congelado en el doce por ciento del volumen tres.

¡El doce por ciento! El ochenta y ocho por ciento restante del archivo de holdings y la totalidad absoluta de los volúmenes cuatro y cinco de compensación de patentes y cuentas fiduciarias están intactos. No pudieron tocarlos.