Cap11 La Entrada #3
El socio director del departamento de litigación de Arostegui la fiscal lo miró a los ojos con una fijeza que obligó al abogado a pestañear y a bajar levemente la taza de porcelana.
—Guarde las advertencias para el plenario, letrado Echevarría —respondió Ainara con una calma que sonó más cortante que un grito—.
No comparecemos a instancia de la inspección tributaria ni en una visita administrativa de comprobación.
Esta es una comisión judicial formal presidida por la letrada de la administración de justicia del Juzgado de Instrucción número cuatro de Bilbao.
Comparecemos en ejecución del auto de fecha de ayer dictado en las diligencias previas número ochocientos cuarenta y siete de dos mil veintiséis, que autoriza la entrada, registro, incautación documental y extracción forense de soportes digitales en este domicilio corporativo.
Maite Aranguren dio un paso al frente y extendió la copia sellada del auto judicial:
—Don Jaime Echevarría, queda usted formalmente notificado en su condición de socio director y representante legal presente de Arostegui jamás ampara la planificación, ejecución, encubrimiento o blindaje contable de actividades presuntamente delictivas en curso, como la creación de estructuras societarias ficticias para defraudar a la Hacienda Pública o desviar subvenciones comunitarias.
El secreto profesional no es una patente de corso para el blanqueo de capitales, señor letrado.
Echevarría apretó los labios hasta convertirlos en una línea blanquecina.
La mención de las sentencias comunitarias y el tono glacial de Mathieu habían dado en el centro de su armadura dialéctica.
Sabía que no estaba tratando con inspectores locales a los que pudiera abrumar con retórica foralista; enfrente tenía a una fiscal anticorrupción inmune a las presiones y a un especialista de Bruselas que conocía al dedillo la jurisprudencia de Luxemburgo.
Ainara dio un paso más, cerrando cualquier espacio de negociación:
—El auto judicial delimita con exquisita proporcionalidad el objeto del registro, señor Echevarría.
No venimos a intervenir expedientes ajenos a la causa.
La letrada de la administración de justicia supervisará el cribado documental mediante términos de búsqueda específicos aprobados por el magistrado.
Pero para que ese cribado comience, necesitamos acceso inmediato a la sala de servidores del sótano y la inmovilización de todos los puestos de trabajo.
Echevarría miró de reojo hacia el pasillo interior, donde los fluorescentes automáticos de las oficinas comenzaban a encenderse por sensores de presencia.
—El responsable de sistemas no llega hasta las ocho y media —dijo el abogado, intentando ganar tiempo con voz tensa—. No dispongo de las llaves maestras del sótano ni de las contraseñas de los armarios rack. Tendrán que esperar a que llegue el personal técnico.
—No vamos a esperar ni un minuto —zanjó Gorka Atxaga con sequedad—. Los compañeros de cerrajería forense abren esa puerta en noventa segundos. Y el perito informático de la policía científica trae sus propios terminales de clonado.
Atxaga hizo un gesto con la mano hacia los dos agentes de apoyo operativo que esperaban junto a la cancela. Los policías avanzaron con paso marcial hacia el pasillo lateral que conducía a la escalera de servicio del sótano.
Echevarría dio un respingo involuntario y deslizó la mano derecha hacia el interior de la chaqueta de su traje, extrayendo un teléfono móvil corporativo de titanio negro con pantalla protegida:
—Voy a llamar inmediatamente a don Kepa Arostegui para que comparezca con su representación letrada personal y...
Antes de que sus dedos pudieran pulsar el código de desbloqueo en la pantalla táctil, la mano enguantada de Gorka Atxaga cayó con firmeza sobre la muñeca del abogado, inmovilizándole la mano en el aire sin violencia pero con una fuerza física demoledora.
—Guárdese el teléfono, letrado —dijo el inspector jefe de la Ertzaintza, mirándolo fijamente a los ojos a escasos centímetros de distancia—.
O mejor aún, entrégueselo a la secretaria judicial.
El auto del juez Irazábal ordena expresamente la incautación preventiva de todos los dispositivos móviles, tabletas y terminales de comunicación presentes en la sede para evitar la destrucción telemática de evidencias o la transmisión de avisos que frustren la diligencia.
Todos los teléfonos quedan requisados bajo custodia judicial, letrado.
Echevarría intentó resistirse un segundo, pero la presión firme de Atxaga y la presencia solemne de Maite Aranguren sosteniendo la bolsa de evidencias de plástico transparente hicieron que sus dedos se abrieran.
El terminal de titanio cayó dentro de la bolsa, seguido por el teléfono móvil de la recepcionista.