El peso del Cupo (Línea de Cupo 1) Cap11 La Entrada #2
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Cap11 La Entrada #2

—Ayer a las doce y cuarenta y cinco del mediodía —continuó Ainara con precisión matemática—, el Servicio Ejecutivo de la Comisión de Prevención del Blanqueo de Capitales ejecutó la inmovilización cautelar de la transferencia de dieciocho millones doscientos mil euros que Arostegui era una máquina sencilla, robusta, concebida para durar décadas sin perder un segundo entre el polvo y el aceite.

Hombres como Kepa Arostegui, con sus trajes cortados a medida en Milán y sus carteras fiduciarias en Limassol, habían liquidado los créditos de talleres como el de su padre con un trazo de pluma estilográfica en una junta de acreedores.

Hoy la justicia no venía a cobrar deudas de orgullo, sino a exigir el cumplimiento de la ley.

—Cerremos las carpetas —dijo Ainara, enderezándose y tomando su abrigo oscuro del perchero—. Los vehículos deben estar en marcha.

Maite Aranguren recogió los cuatro testimonios judiciales, asegurándolos dentro de un portafolios de cuero con cierre de cremallera sellado. Gorka se guardó el plano en el bolsillo interior de la cazadora y abrió la puerta del despacho para dar la orden a los equipos que esperaban en el pasillo.

En ese instante, antes de que Ainara pudiera deslizar los brazos en las mangas de su gabardina, el teléfono fijo sobre la mesa de nogal emitió un timbrazo seco, estridente, que quebró la calma de la estancia.

Los cuatro se detuvieron en seco.

Ainara miró la pequeña pantalla digital del aparato.

El identificador de llamadas no mostraba un número externo ni una extensión ordinaria de guardia; mostraba un código institucional interno de cuatro dígitos reservado a las líneas directas de la cúpula judicial: el despacho del Fiscal Superior de la Comunidad Autónoma del País Vasco en el Palacio de Justicia de Bilbao.

El teléfono sonó una segunda vez, largo y metálico. Luego una tercera.

Gorka miró a Ainara con el ceño fruncido, conteniendo el aliento. Maite Aranguren apretó el portafolios contra el pecho. Mathieu permaneció inmóvil junto a la puerta, con la mandíbula tensa y los ojos fijos en el auricular.

Ainara extendió la mano enguantada hacia el teléfono.

Sus dedos se detuvieron a dos centímetros del plástico negro.

Sabía exactamente qué significaba aquella llamada a las seis y veinticinco de la mañana: Iñaki Mendieta o algún emisario de Lakua habían llamado de madrugada al Fiscal Superior para advertirle de que una entrada judicial en Arostegui una orden directa de paralización la obligaría a plantear una junta de fiscales del artículo veintisiete o asumir la desobediencia disciplinaria.

Ainara retiró la mano del teléfono, se dio la vuelta y se abrochó el último botón de su gabardina.

El aparato sonó una cuarta vez y se calló, dejando en el aire la vibración sorda de una llamada perdida grabada en la memoria digital de la fiscalía.

—No hemos oído nada —dijo Ainara con una voz glacial que no admitía réplica—. El auto judicial del juez Irazábal está notificado a la policía judicial y la diligencia está en curso. En marcha.

Salieron al rellano en penumbra mientras el eco de sus pasos apresurados descendía hacia el portal de Henao, donde los motores diésel de los vehículos policiales rugían ya a bajo régimen bajo la lluvia constante de Bilbao.

♦ ♦ ♦

A las seis y cuarenta y cinco de la mañana, la ría de Bilbao parecía un tajo de mercurio espeso entre los muelles de Uribitarte y la ribera de Deusto.

Desde el asiento del copiloto del primer furgón camuflado, Mathieu Etcheverry contemplaba cómo los limpiaparabrisas barrían el agua en abanicos regulares sobre la curvatura de la Alameda Mazarredo.

Al fondo, recortándose contra la neblina sucia del monte Artxanda, las láminas de titanio del Museo Guggenheim despedían reflejos cetrinos bajo las farolas del paseo, como las escamas húmedas de un monstruo varado entre la ría y la ciudad decimonónica.

El furgón frenó junto al bordillo frente al número cuarenta y siete.

Era un inmueble señorial de finales del siglo diecinueve, construido en sillería arenisca dorada con balcones de forja negra y molduras clasicistas que proclamaban la solidez inmutable de la burguesía industrial vizcaína.

En el portalón de roble macizo con herrajes de bronce, un rótulo sobrio en letras mayúsculas de latón pulido rezaba: Arostegui la había visto en magistrados anticorrupción en París y Milán antes de golpear las sedes de los grandes conglomerados bancarios.

Cuando el poder fáctico se sabe impune durante décadas, la ley formal parece una provocación intolerable.

Cruzaron el zaguán enlosado en mármol blanco y negro.

Tras una segunda cancela acristalada de seguridad, la recepción principal del bufete ocupaba toda la primera planta noble.

El espacio era un ejercicio de ostentación minimalista: suelos de mármol negro de Marquina pulido a espejo, paredes paneladas en madera de arce claro y una imponente mesa de recepción de acero y vidrio templado tras la cual una mujer joven con uniforme corporativo y un empleado de mantenimiento con bata gris clasificaban la correspondencia del primer correo.

Al escuchar el eco de las pisadas en el vestíbulo, la recepcionista alzó la mirada con una expresión de desconcierto que mutó rápidamente en alarma al ver a diez personas ocupar la estancia de forma coordinada.

Gorka Atxaga se aproximó a la bancada con paso pausado, extrajo su cartera de piel de la cazadora y mostró su placa oficial de la Ertzaintza frente a los ojos de la empleada:

—Policía judicial. Quedan suspendidas todas las entradas y salidas del inmueble. Por favor, permanezcan en sus puestos con las manos a la vista y no toquen ningún teclado ni centralita telefónica.

—¿Qué... qué ocurre? —balbuceó la recepcionista, retirando los dedos del ordenador como si el teclado quemara—. El despacho no abre al público hasta las nueve. Los socios no han llegado...

—La comisión judicial viene a ejecutar una orden de entrada y registro acordada por el Juzgado de Instrucción número cuatro de Bilbao —anunció Maite Aranguren con voz neutra e implacable, extrayendo el primer testimonio del auto judicial—.

Comuníqueme de inmediato con el socio de guardia o el letrado de mayor rango presente en las instalaciones.

No fue necesario llamar por el interfono. Desde el fondo del pasillo principal, donde las puertas de caoba con cristales esmerilados conducían a las salas de juntas, se escucharon unos pasos rápidos, acompasados y el crujido sutil de una suela de cuero fino sobre el mármol.

Jaime Echevarría apareció en el vestíbulo.