El peso del Cupo (Línea de Cupo 1) CAPÍTULO 10 EL CUPO #3
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CAPÍTULO 10 EL CUPO #3

El semblante de Kepa Arostegui se congeló durante una fracción de segundo.

La mención explícita a los pagarés de las cooperativas del Deba y al envenenamiento en el Euskalduna impactó en su coraza con la fuerza de un proyectil balístico.

En el fondo de sus pupilas grises relampagueó un destello de odio homicida, una chispa salvaje que desnudó por un instante al depredador que se ocultaba tras la toga y el esmoquin.

Su mandíbula se tensó hasta marcar los músculos maseteros bajo la piel curtida, pero recobró el dominio de sí mismo con una respiración honda y contenida:

—Un discurso sumamente melodramático, señor Etcheverry.

Ideal para impresionar a una fiscal novata en un balcón de Bilbao.

Pero en los juzgados reales, los magistrados exigen pruebas periciales fehacientes y no alegorías funerarias de opereta.

Disfruten de la recepción oficial. Mañana a esta misma hora, cuando los acuerdos del Cupo estén firmados y sellados en los boletines oficiales, este territorio continuará su marcha imparable.

Y ustedes comprobarán que el poder real en este país siempre es mucho más pragmático que su romanticismo penal.

Arostegui depositó su copa vacía sobre la bandeja de un camarero que cruzaba a su lado, les dedicó una reverencia cargada de desprecio absoluto y se alejó con paso elástico hacia el corrillo donde la Diputada General y el Consejero de Economía aguardaban su criterio.

♦ ♦ ♦

El murmullo de las risas complacientes y los aplausos cortesanos que despedían a la comitiva ministerial en la Antesala de la Galería de Espejos se volvió físicamente insoportable para Ainara.

Sentía una presión ardiente detrás del esternón, un nudo de furia y asco moral que amenazaba con hacerle perder el control en mitad de la recepción oficial.

Sin pronunciar palabra, giró sobre sus talones y avanzó con paso rápido por el pasillo lateral hacia el ventanal central de la fachada del palacio.

Empujó con ambas manos los pesados batientes de madera de roble tallada y herrajes de bronce que cerraban la salida y cruzó el umbral hacia el balcón señorial que presidía la Gran Vía sobre la entrada principal del palacio foral.

Mathieu cruzó tras ella con paso silencioso y entornó los batientes de cristal a su espalda, amortiguando de golpe la fanfarria de los discursos y el murmullo de las copas.

Afuera, la atmósfera de Bilbao respiraba con la aspereza invernal del norte.

Un sirimiri pertinaz y helado caía en ráfagas oblicuas sobre la avenida, envolviendo las copas desnudas de los plátanos de sombra que flanqueaban la calzada y cubriendo el asfalto negro con una película líquida que reflejaba las luces de los semáforos y los faros de los automóviles.

Cincuenta metros más abajo, una marea continua de paraguas oscuros avanzaba entre las bocas del metro diseñadas por Norman Foster y las marquesinas acristaladas de la línea del tranvía.

Al fondo de la perspectiva urbana, recortada contra el manto plomizo de las nubes bajas que bajaban desde la ladera de Artxanda, la silueta monumental del edificio de la Sociedad Bilbaína y la torre del Banco de Bilbao se erguían como centinelas de piedra y bronce de un capitalismo centenario.

Ainara apoyó ambas manos sobre la barandilla de sillería arenisca del balcón, inclinando el cuerpo hacia delante para dejar que el viento húmedo del Cantábrico le azotara el rostro caliente. Sus nudillos estaban blancos por la fuerza con la que se aferraba a la piedra fría:

—Lo has visto, Mathieu... —susurró con la voz rasgada por una rabia sorda que le quemaba la garganta—.

Lo has visto pasearse entre ellos como un césar victorioso.

Brindando con los mismos magistrados que la semana que viene dictarán sentencias de embargo contra autónomos por una discrepancia de tres mil euros en una liquidación trimestral.

Palmeándole la espalda a la consejera de Hacienda mientras el cuerpo de Iñigo Barandiarán todavía está tendido sobre el acero del depósito forense en Capuchinos.

Tiene a las cúpulas políticas atadas de pies y manos por cuarenta años de favores cruzados y financiación de campañas.

Está convencido de que su apellido y su agenda de teléfonos en Madrid y en Bruselas lo sitúan por encima de cualquier código penal de este país.

Mathieu se situó a su lado, pegado a la barandilla, interponiendo la anchura de sus hombros y la tela recia de su gabardina entre las ráfagas de lluvia y el cuerpo de la fiscal para crear un escudo contra el temporal.

La observó de perfil durante unos segundos, sobrecogido por la intensidad feroz que ardía en sus ojos oscuros, donde el dolor de la pérdida y la dignidad profesional se fundían en una determinación casi desesperada:

—No tiene a las cúpulas atadas de pies y manos, Ainara.

Tiene pánico —dijo Mathieu con una voz grave, reposada y profunda que parecía anclar el suelo bajo los pies de la fiscal—.

He pasado quince años investigando a magnates y altos cargos corruptos en París, en Milán y en Berlín.

Conozco cada una de las fases de su degradación psicológica.

Cuando un hombre como Kepa Arostegui, acostumbrado a que los presidentes de banco le pidan audiencia de rodillas, se rebaja a cruzar un salón oficial repleto de dignatarios para acercarse a amedrentar a una fiscal delegada y a un funcionario comunitario, no lo hace desde la fortaleza.

Lo hace porque siente que la investigación penal está a punto de asfixiarlo.

Ha visto el bloqueo del SEPBLAC, sabe que Miren Uriarte está viva y comprende que los cimientos de su entramado fiduciario se están resquebrajando.

Ainara apoyó la frente contra el dorso de sus manos enguantadas sobre la piedra del balcón, soltando un gemido ahogado que sonó como un sollozo contenido:

—Ayer por la mañana, en los muelles del Mercado de la Ribera, Miren temblaba tanto que apenas podía sostener el pendrive militar, Mathieu.

Me miraba con los ojos desorbitados de quien sabe que han asesinado a su compañero de fatigas y que ella es la siguiente en la lista.

Me dijo que Iñigo murió llamándola desde el Euskalduna para decirle que el agua le abrasaba el pecho por dentro.

Y hoy este canalla viene a hablarme de la memoria de mi padre y de la catedral del Concierto...

Si mañana no logramos asegurar las pruebas, si este caso se cierra en falso por un defecto procesal o por una orden de archivo dictada desde un despacho de Lakua, no podré volver a ponerme la toga sin sentir vergüenza de mí misma.

Mathieu no respondió con palabras. Se giró hacia ella y, con un movimiento lento y deliberado, cubrió los dedos crispados de Ainara con su mano enguantada.

La calidez sólida de su palma atravesó el cuero mojado de los guantes de la fiscal con una corriente eléctrica que provocó que Ainara levantara la mirada de golpe.

Estaban a escasos centímetros de distancia.

El contraste entre el frío gélido del aire bilbaíno, cargado de olor a salitre y humo de tubos de escape, y la repentina proximidad física de sus cuerpos transformó el balcón señorial en un espacio suspendido fuera del tiempo.

Mathieu no retiró la mano; dio medio paso al frente, acortando el último resquicio de distancia hasta que Ainara pudo sentir el latido acompasado de su pecho bajo la lana del abrigo, el aroma limpio a hierba húmeda y madera de cedro de su piel y la respiración pausada que se condensaba en volutas blancas contra el cristal de las ventanas.

Mathieu se despojó del guante de la mano derecha con los dientes y alzó los dedos desnudos hacia el rostro de Ainara.

Con una delicadeza infinita, apartó un mechón de cabello húmedo que la lluvia había pegado a su mejilla y rozó con la yema del pulgar la comisura tensa de su mandíbula.

La aspereza tibia de su piel contra la frialdad de su rostro provocó que Ainara soltara un estremecimiento involuntario que le recorrió toda la columna vertebral.

—No estás sola en esta guerra, Ainara —susurró Mathieu en euskera labortano, con ese acento denso y musical de las riberas del Nive que poseía la virtud de desarmar cualquier defensa burocrática—. Ez zaude bakarrik. Ni hemen nago zurekin, eta ez zaitut bakarrik utziko.

Ainara sintió que las rodillas le flaqueaban.

Una ola de deseo contenido, vulnerabilidad extrema y necesidad visceral de amparo, reprimida durante días de extenuación y amenazas clandestinas, estalló en su interior con la fuerza de un dique roto.

Los ojos de Mathieu, oscurecidos por una pasión que ya no intentaba disimular, descendieron con lentitud desde sus pupilas hasta la curva húmeda de sus labios.

Mathieu inclinó la cabeza hacia delante.

La distancia entre sus bocas se redujo a una fracción de milímetro en la que el aliento cálido de ambos se entremezcló en el aire helado de la Gran Vía.

Los labios de Mathieu rozaron la comisura superior de la boca de Ainara; fue un contacto leve, tembloroso y abrasador que envió una descarga de calor líquido directamente al vientre de la fiscal, haciéndole cerrar los ojos con un gemido sordo.

Por un segundo infinito, Ainara estuvo a punto de rendirse: de enredar sus dedos en la solapa de la gabardina de Mathieu, atraerlo hacia sí y buscar en su boca el refugio y el olvido que tanto necesitaba.

Pero en el último instante, cuando la boca de Mathieu buscaba la suya para sellar el beso definitivo, el instinto de supervivencia procesal que llevaba grabado a fuego en el cerebro se impuso con la violencia de una alarma de incendios.

Ainara apoyó la palma de la mano abierta contra el pecho de la chaqueta de Mathieu, ejerciendo una presión suave pero firme, y apartó el rostro hacia un lado con la respiración entrecortada.