El peso del Cupo (Línea de Cupo 1) CAPÍTULO 10 EL CUPO #2
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CAPÍTULO 10 EL CUPO #2

El antiguo Diputado General de Bizkaia y socio principal del bufete más influyente de la Gran Vía caminaba flanqueado por dos consejeros del Gobierno Vasco y el presidente de la confederación empresarial.

A sus cincuenta y ocho años, Arostegui vestía un impecable traje sastre de tres piezas en franela azul medianoche, confeccionado a mano con una soltura que disimulaba la complexión atlética de quien navegaba semanalmente en las aguas del Abra.

Su cabellera plateada, peinada hacia atrás con ondas pulcras, enmarcaba un rostro de facciones afiladas, pómulos prominentes y una mirada de un gris acerado que parecía escanear la sala evaluando el valor patrimonial y la lealtad política de cada uno de los presentes.

Ainara sintió una sacudida física en el estómago.

Aquel hombre, que saludaba con campechana calidez al Fiscal Superior y estrechaba la mano del delegado del Gobierno con una sonrisa afable de estadista retirado, era el cerebro que había diseñado las cuarenta y dos sociedades ETVE domiciliadas en una caja de zapatos en Mazarredo 35; era el titular en la sombra de Atalante Capital que acaparaba pagarés de deuda de las cooperativas industriales de Fagor Ederlan y Danobat; y era el autor intelectual que había ordenado la eliminación física de Iñigo Barandiarán mediante una dosis letal de digoxina administrada en el agua de un descanso de concierto.

Arostegui aceptó una copa de cristal fino con txakoli de Bakio que le ofreció un camarero con guantes blancos y alzó la vista hacia el fondo del salón.

Su mirada barrió las vidrieras emplomadas y se detuvo con una precisión milimétrica en el rincón donde aguardaban Ainara y Mathieu.

Lejos de esquivar la confrontación visual o mostrar el más leve síntoma de inquietud tras el bloqueo bancario preventivo de dieciocho millones de euros ordenado la víspera por el SEPBLAC, el magnate sostuvo la mirada de la fiscal anticorrupción con una insolencia glacial.

Esbozó una sonrisa sutil en la comisura de los labios, levantó su copa un par de centímetros en un brindis burlón y le dedicó una inclinación de cabeza cargada de una ironía tan afilada que pareció cortar el aire tibio del palacio.

♦ ♦ ♦

El protocolo oficial dio paso a un receso de veinticinco minutos antes de la comparecencia solemne de la Ministra de Hacienda y la Diputada General ante los medios de comunicación en la sala de prensa del palacio foral.

La concurrencia comenzó a desplazarse con lentitud hacia la Antesala de la Galería de Espejos, un espacio señorial flanqueado por consolas de caoba de estilo imperio, espejos biselados con marcos dorados de hoja de acanto y tapices flamencos del siglo diecisiete que amortiguaban el tintineo de las copas y el roce de las suelas sobre el parqué encerado.

Ainara y Mathieu permanecían apartados junto a una de las columnas corintias que sostenían la arcada central cuando el crujido del suelo de madera a su espalda anunció una aproximación inequívoca.

Kepa Arostegui se deslizó entre los invitados con esa soltura física de quien ha dominado esos salones durante más de una década, sosteniendo su copa de txakoli con los dedos largos y huesudos de la mano izquierda, mientras la derecha reposaba con indolencia en el bolsillo de su chaleco azul medianoche.

—Fiscal Zubiaga... Qué agradable sorpresa constatar su asistencia a un acto de esta envergadura institucional —comenzó Arostegui, modulando su voz con ese tono de barítono cultivado que durante años había marcado la pauta de los debates presupuestarios en las Juntas Generales—.

Debo elogiar la sobriedad con la que representa al ministerio público.

Aunque, si me permite la franqueza de un viejo conocido de su familia, sospecho que usted preferiría estar ahora mismo en su despacho de la calle Henao, examinando querellas por alzamiento de bienes o cotejando apuntes bancarios de pequeñas mercantiles en concurso, antes que soportar el tedio protocolario de las copas de honor y los discursos oficiales.

Ainara no pestañeó. Mantuvo los brazos cruzados con una compostura gélida, sintiendo la proximidad de Mathieu a su derecha como un muro de contención:

—En mi despacho de Henao el trabajo resulta sumamente ilustrativo, señor Arostegui —respondió con voz firme y clara, sin concederle el menor tuteo—.

Se aprende una enorme cantidad de cosas sobre la ingeniería contable de las sociedades pantalla, las deducciones fiscales por innovación tecnológica que carecen del más mínimo respaldo pericial y los convenios internacionales de doble imposición que algunos despachos de postín utilizan como patente de corso para expoliar los recursos públicos de este territorio.

Arostegui soltó una risa breve y aterciopelada, sin que el menor rastro de molestia enturbiara la frialdad gris de sus ojos:

—La vehemencia procesal es una virtud conmovedora en la juventud, querida Ainara.

Su padre, Josu, que en paz descanse, compartía esa misma rigidez moral cuando dirigía los hornos de la fundición en Durango.

Creía que la economía era como el arrabio: una materia sólida que se doblega únicamente con la fuerza del martillo y la pureza del carbón de coque.

Pero las finanzas del siglo veintiuno no se gobiernan con el catecismo ético de un capataz de taller, fiscal.

Las normas tributarias forales son herramientas vivas y flexibles, diseñadas para competir en un mercado global despiadado.

Si Bizkaia pretende que los grandes conglomerados internacionales mantengan su domicilio fiscal en la ría en lugar de trasladar sus sedes corporativas a Irlanda, los Países Bajos o el cantón de Zug, la administración de tributos debe ofrecer certidumbre, agilidad y un tratamiento fiscal competitivo.

Quien confunde esa ductilidad regulatoria con el fraude de ley demuestra una alarmante falta de perspectiva económica.

El ex-diputado general giró entonces su atención hacia Mathieu.

Su mirada examinó con detenimiento el corte del traje marengo del inspector de la OLAF, la solidez de sus hombros y la serenidad distante de sus facciones antes de interpelarlo en un francés pulcro, educado en las aulas de Sciences Po en París:

— Monsieur Etcheverry, je présume... Es un honor ciertamente singular contar con un inspector de la OLAF en un acto tan reservado a la soberanía foral vasca.

Los funcionarios comunitarios de Bruselas suelen padecer una patología burocrática incurable: viajan por las regiones históricas de Europa con el formulario de auditoría en la cartera, convencidos de que pueden aplicar a la foralidad tributaria de Bizkaia las mismas plantillas mecánicas que utilizan para fiscalizar las ayudas al olivar en Andalucía o las cuotas pesqueras en los puertos del Báltico.

Mathieu no varió un ápice su postura. Mantuvo la mirada clavada en las pupilas de Arostegui y le respondió en el mismo francés aristocrático, con ese timbre pausado y acerado que había utilizado ante los paneles de investigación de la Comisión Europea:

— Monsieur Arostegui , la Comisión Europea respeta con escrupulosa lealtad la singularidad foral y la autonomía normativa consagrada en el artículo cuatro punto dos del Tratado de la Unión, así como los criterios de autonomía institucional, procedimental y económica que el Tribunal de Justicia de Luxemburgo estableció en la histórica sentencia del asunto Azores en dos mil seis.

Pero existe una frontera jurídica y penal infranqueable entre el legítimo ejercicio de la autonomía tributaria foral y la creación deliberada de una red de sociedades de tenencia de valores extranjeros vacías de contenido, utilizadas para desviar trescientos doce millones de euros hacia fondos fiduciarios opacos en Luxemburgo y Dubái mediante la simulación de gastos de propiedad intelectual.

Arostegui dio un sorbo milimétrico a su copa de txakoli, saboreando el vino blanco con una lentitud teatral antes de replicar con una media sonrisa sardónica:

—Ustedes ven simulaciones y paraísos fiscales donde solo existe alta arquitectura fiduciaria, señor Etcheverry.

El Concierto Económico vasco no es una simple ordenanza administrativa ni una concesión graciosa del Estado español; es un pacto soberano, forjado a lo largo de siglos de lealtad recíproca entre este pueblo y la Corona, que ha resistido las guerras carlistas, la abolición del setenta y seis y cuarenta años de dictadura militar gracias a la cohesión indisoluble de nuestra sociedad.

El Concierto es una catedral gótica, señor inspector.

Sus bóvedas se sostienen sobre contrafuertes de confianza mutua entre las instituciones y los empresarios que crean el empleo y la riqueza de este país.

Quien pretenda dinamitar una de las vigas maestras de esa catedral con la mezquina pretensión de cazar un ratón en la sacristía, suele terminar sepultado bajo el derrumbe de toda la nave central.

Las palabras de Arostegui no contenían un solo grito, pero la amenaza implícita en la metáfora arquitectónica resonó en el oído de Mathieu con la nitidez de un filo de acero sobre hielo.

Mathieu dio un paso al frente, reduciendo la distancia que lo separaba del magnate hasta situarse a escasos treinta centímetros de su rostro:

—He visto desplomarse muchas catedrales a lo largo de mi vida profesional, señor Arostegui.

En Nicosia, en Vaduz y en las islas del Canal de la Mancha.

Y le aseguro que ninguna se vino abajo por culpa de un ratón.

Se derrumbaron porque sus cimientos no estaban labrados en la piedra limpia del autogobierno democrático, sino amasados con la cal viva de los hombres envenenados en los descansos de las salas de conciertos, y apuntalados con el chantaje de quienes compran pagarés de deuda para ahogar a las cooperativas industriales del valle del Deba mientras transfieren los beneficios a cuentas fiduciarias en los Emiratos Árabes.