CAPÍTULO 9 EL ARCHIVO DE MIREN #2
Subieron por la escalera interior de servicio que comunicaba la dársena de pescado con la planta superior acristalada del Mercado de la Ribera.
A esa hora, el gran atrio diseñado con vidrieras de estilo art déco en los años treinta comenzaba a bullir con el trasiego de clientes madrugadores, jubilados que acudían a primera hora a comprar merluza de anzuelo y cuadrillas de transportistas que desayunaban en la cafetería con vistas panorámicas a la ría y al perfil gótico de la iglesia de San Antón.
Ainara guio a Miren hacia una mesa esquinada, protegida de miradas curiosas por una mampara de madera y cristal traslúcido.
Mathieu tomó asiento en la mesa contigua, de espaldas a ellas pero controlando la puerta de acceso principal, mientras Gorka Atxaga permanecía en la barra, a cuatro metros de distancia, fingiendo leer el diario Deia mientras mantenía un auricular de transmisiones discretas encajado en el oído.
Ainara pidió una manzanilla caliente con miel para Miren y un café solo para ella.
La Directora de Inspección rodeó la taza de loza humeante con ambas manos, dejando que el calor templara sus dedos agarrotados.
Bebió dos sorbos temblorosos y se secó las lágrimas que resbalaban por sus mejillas con una servilleta de papel.
—Miren —dijo Ainara en voz muy baja, mirándola a través de la mesa—, necesito que me aclares un punto crítico que ha estado enturbiando la investigación desde la primera noche.
En las diligencias preliminares y en los atestados de la policía judicial constaba que Iñigo Barandiarán frecuentaba varias tardes por semana un apartamento privado en el número cuarenta y dos de la Ribera de Deusto.
El conserje del edificio y varios informes de inteligencia sugerían que mantenía una relación extramatrimonial clandestina con una mujer no identificada.
Miren Uriarte soltó una carcajada amarga, una mezcla de rabia y tristeza infinita que hizo temblar sus gafas:
—¿Una amante? ¿Iñigo con una amante en Deusto?
—Miren negó con la cabeza enérgicamente, limpiándose los cristales con el borde de su pañuelo—.
Qué bajeza tan miserable. Es la clásica intoxicación que los servicios de propaganda de la Gran Vía filtran para destruir la credibilidad de un funcionario honesto antes de enterrarlo.
Ainara no pestañeó:
—¿Qué era exactamente ese piso de Deusto, Miren?
—Ese piso era nuestra sala de máquinas clandestina, Ainara —confesó Miren con una serenidad recobrada que conmovió a la fiscal—.
A partir de dos mil veinte, tras la aprobación de la reforma del Impuesto sobre Sociedades que flexibilizó las devoluciones por I+D, descubrimos que los servidores informáticos de la Hacienda Foral en Capuchinos de Basurto tenían instalado un software de auditoría y trazabilidad telemática: cada vez que un inspector abría un expediente de una de las mercantiles vinculadas a Kepa Arostegui, el sistema generaba una alerta silenciosa que llegaba directamente a la secretaría general de Iñaki Mendieta.
A los dos días, el inspector recibía una llamada intimidatoria o era trasladado a la sección de transmisiones patrimoniales en Durango o Gernika.
Miren bebió otro sorbo de manzanilla, apretando los labios con amargura:
—Iñigo y yo decidimos que no podíamos seguir trabajando bajo vigilancia interna.
Alquilamos el piso de Ribera de Deusto a nombre de una sociedad instrumental inactiva de mi familia y pagamos el alquiler y los suministros de nuestro propio bolsillo.
Allí instalamos ordenadores sin conexión a internet, una destructora de corte cruzado de alta seguridad y los archivadores ignífugos donde íbamos acumulando las copias físicas en papel de las autoliquidaciones, los extractos bancarios de Chipre y las actas de disconformidad tributaria que sacábamos de Capuchinos en carpetas camufladas.
Nos reuníamos allí los martes y los jueves por la tarde para cruzar los datos a mano, con calculadora y bolígrafo, como se hacía hace cuarenta años.
No había amantes, Ainara. Había dos funcionarios de carrera que se negaban a ser cómplices del mayor saqueo fiscal de la historia de Bizkaia.
Miren contempló el vapor que ascendía de su taza de manzanilla, dejando que el silencio de la cafetería acristalada envolviera la mesa durante unos segundos:
—El piso de Ribera de Deusto era un bajo comercial reconvertido en estudio, con las ventanas tapiadas por persianas de seguridad y una doble cerradura de borjas —continuó Miren, desgranando los detalles con una memoria fotográfica forjada en tres décadas de inspección tributaria—.
Iñigo compró dos ordenadores portátiles de segunda mano en una tienda de informática de Barakaldo, pagados en metálico sin factura a su nombre.
Les quitamos las tarjetas de red inalámbrica y los módulos Bluetooth con unos alicates para asegurarnos de que ningún troyano o software espía pudiera transmitir datos al exterior.
Era lo que los técnicos de seguridad llaman un entorno completamente air-gapped , desconectado de cualquier red física o inalámbrica.
Cada viernes a las cuatro de la tarde, Iñigo salía de su despacho de Capuchinos con una cartera de cuero idéntica a la que usaba para llevarse trabajo a casa; pero dentro no había borradores ordinarios: había fotocopias de las autoliquidaciones del modelo doscientos del Impuesto sobre Sociedades y de los anexos de deducciones por I+D de las mercantiles de Arostegui.
Miren se frotó los ojos tras las gafas, con una expresión de duelo que conmovió profundamente a Ainara:
—Iñigo sabía que nos estábamos jugando la vida, Ainara.
Vivía en un adosado modesto en Algorta; conducía un utilitario de doce años y su única pasión era la música clásica y el gran órgano del Euskalduna.
No tenía amantes, ni vicios caros, ni ambiciones de medrar en los consejos de administración de la banca.
Pero amaba este país con una devoción casi religiosa.
Me decía: «Miren, si permitimos que unos financieros sin escrúpulos conviertan el Concierto Económico en el patio trasero de las mafias de la Unión Europea, nuestros hijos tendrán que avergonzarse de ser vascos».
Quienes inventaron el rumor de que se acostaba con una mujer en Deusto sabían exactamente qué tecla tocar: querían que su viuda Begoña y sus dos hijas dudaran de su memoria y que la prensa local tratara el asesinato como un crimen pasional de baja estofa.
Son capaces de cualquier vileza para salvar sus privilegios.
Miren contempló el vapor que ascendía de su taza de manzanilla, dejando que el silencio de la cafetería acristalada envolviera la mesa durante unos segundos:
—El piso de Ribera de Deusto era un bajo comercial reconvertido en estudio, con las ventanas tapiadas por persianas de seguridad y una doble cerradura de borjas —continuó Miren, desgranando los detalles con una memoria fotográfica forjada en tres décadas de inspección tributaria—.
Iñigo compró dos ordenadores portátiles de segunda mano en una tienda de informática de Barakaldo, pagados en metálico sin factura a su nombre.
Les quitamos las tarjetas de red inalámbrica y los módulos Bluetooth con unos alicates para asegurarnos de que ningún troyano o software espía pudiera transmitir datos al exterior.
Era lo que los técnicos de seguridad llaman un entorno completamente air-gapped , desconectado de cualquier red física o inalámbrica.
Cada viernes a las cuatro de la tarde, Iñigo salía de su despacho de Capuchinos con una cartera de cuero idéntica a la que usaba para llevarse trabajo a casa; pero dentro no había borradores ordinarios: había fotocopias de las autoliquidaciones del modelo doscientos del Impuesto sobre Sociedades y de los anexos de deducciones por I+D de las mercantiles de Arostegui.
Miren se frotó los ojos tras las gafas, con una expresión de duelo que conmovió profundamente a Ainara:
—Iñigo sabía que nos estábamos jugando la vida, Ainara.
Vivía en un adosado modesto en Algorta; conducía un utilitario de doce años y su única pasión era la música clásica y el gran órgano del Euskalduna.
No tenía amantes, ni vicios caros, ni ambiciones de medrar en los consejos de administración de la banca.
Pero amaba este país con una devoción casi religiosa.
Me decía: «Miren, si permitimos que unos financieros sin escrúpulos conviertan el Concierto Económico en el patio trasero de las mafias de la Unión Europea, nuestros hijos tendrán que avergonzarse de ser vascos».
Quienes inventaron el rumor de que se acostaba con una mujer en Deusto sabían exactamente qué tecla tocar: querían que su viuda Begoña y sus dos hijas dudaran de su memoria y que la prensa local tratara el asesinato como un crimen pasional de baja estofa.
Son capaces de cualquier vileza para salvar sus privilegios.
Ainara sintió cómo el último rescoldo de duda sobre la honorabilidad de Barandiarán se disipaba por completo.
El Red Herring de la supuesta amante de Deusto, propagado por los confidentes de Arostegui para enturbiar la causa, quedaba definitivamente demolido ante la contundencia del relato de Miren.
—Iñigo era la persona más íntegra, austera y recta que he conocido en treinta años de servicio público —añadió Miren con la voz rota—.
Estaba casado desde hacía treinta y dos años con Begoña; adoraba a sus hijas y vivía con la obsesión de que el autogobierno foral fuera un modelo de decencia.
Quienes fabricaron el rumor sabían que si la opinión pública creía que había muerto en un lío de faldas, nadie se molestaría en preguntar por qué había cuarenta y dos empresas pantalla drenando trescientos millones de euros del Concierto.
Ainara extendió el brazo y colocó su mano sobre el hombro de la directora foral con firmeza: