CAPÍTULO 9 EL ARCHIVO DE MIREN
A las seis y cincuenta de una mañana glacial de febrero, el muelle inferior de carga y descarga del Mercado de la Ribera olía intensamente a escamas de merluza fresca del Cantábrico, serrín empapado, gasóleo quemado de furgonetas isotérmicas y el lodo salobre que la bajamar dejaba al descubierto en el lecho del Nervión.
Una bruma baja y amarillenta, alimentada por los humos de los respiraderos de ventilación, flotaba sobre la lámina de agua oscura, amortiguando los ecos metálicos de los asentadores que descargaban cajas de plástico azul repletas de lubinas, chipirones y bacalao entre gritos y maldiciones en euskera y castellano.
Ainara Zubiaga esperaba embozada en su abrigo de lana oscura bajo el alero de piedra de la dársena, con el cuello alzado y las manos hundidas en los bolsillos para combatir el termómetro que rozaba los dos grados bajo cero.
A cuarenta metros de distancia, camuflado entre los mozos de carga que arrastraban transpaletas manuales sobre el pavimento mojado, Mathieu Etcheverry vigilaba los accesos desde la rampa peatonal del puente de San Antón, con la mirada oculta bajo una gorra de lana gris marengo y los sentidos en máxima alerta.
Más allá, apostado en la cabina de una furgoneta de reparto blanca con el logotipo de una distribuidora de congelados de Bermeo, el suboficial Gorka Atxaga coordinaba por radio el despliegue discreto de dos binomios de paisano de la Policía Judicial.
A las siete y tres minutos, una figura menuda y temblorosa emergió de la penumbra de los soportales de la calle Ribera.
Miren Uriarte caminaba con un paso sincopado y vacilante, como si cada baldosa resbaladiza fuera a quebrarse bajo sus botas de media caña.
Llevaba un anorak acolchado de color verde oscuro, una bufanda de lana gruesa que le cubría la boca y el mentón, y unas gafas graduadas con montura metálica cuyos cristales se empañaban a cada bocanada de aire helado que expulsaban sus pulmones.
Ainara dio tres pasos hacia el frente, saliendo de la sombra de las columnas de sillería:
—Miren. Aquí.
La Directora de Inspección de la Hacienda Foral de Bizkaia dio un respingo aterrado, giró la cabeza en redondo como un animal acorralado y aceleró el paso hasta refugiarse bajo el alero, junto a la fiscal.
Su rostro, desprovisto de cualquier maquillaje, exhibía una palidez cenicienta y unas ojeras violáceas que delataban días enteros de insomnio y angustia. Sus labios temblaban de frío y pánico:
—Ainara... Dios mío, Ainara... Había un coche apostado en la curva de Neguri cuando salí de casa a las cinco y media.
Un Peugeot negro con lunas tintadas. Tuve que dejar mi coche en el garaje comunitario, salir por la puerta trasera de servicio que da a las vías del metro y coger el primer tren hacia el Casco Viejo...
Me están siguiendo, te lo juro por mis hijos, me están siguiendo.
Ainara le tomó las manos enguantadas con firmeza, transmitiéndole una serenidad protectora:
—Tranquila, Miren. Estás a salvo. Toda la dársena está asegurada por la Ertzaintza de paisano. Nadie va a tocarte. Mírame a los ojos: respira hondo.
Miren tragó saliva con dificultad. Con dedos espasmódicos, desabrochó la cremallera interior de su bolso de cuero y extrajo un objeto pequeño, pesado y cilíndrico, envuelto en un paño de microfibra negro.
Al retirar la tela, el metal de una carcasa de aluminio aeroespacial anodizado brilló bajo la luz mortecina de los fluorescentes del muelle: un dispositivo de almacenamiento criptográfico Kingston IronKey Locker Enterprise , certificado bajo el estándar de seguridad militar FIPS 140-2, dotado de un teclado físico alfanumérico en su cara superior para la introducción directa del código PIN de veinticuatro caracteres.
—Aquí está todo, Ainara —susurró Miren, con la voz quebrada por un sollozo sofocado mientras depositaba el dispositivo en la palma enguantada de la fiscal—.
Cinco años de auditorías internas forales que Iñigo Barandiarán y yo fuimos recopilando y blindando en secreto.
Las cuarenta y dos sociedades mercantiles del entramado de Kepa Arostegui...
los expedientes de deducción fiscal por I+D que Mendieta nos ordenaba paralizar mediante notas de régimen interior sin registrar...
y las actas de inspección in situ donde acreditamos que ninguna de esas mercantiles tenía empleados ni laboratorios en Bizkaia.
El Mercado de la Ribera, asentado sobre la margen derecha de la ría desde el siglo catorce y reconstruido en mil novecientos veintinueve por el arquitecto Pedro Ispizua con ese diseño monumental que fusionaba el art déco con el racionalismo portuario, era a esas horas de la madrugada un organismo vivo y gigantesco que respiraba vapor y hielo picado.
Considerado por el Libro Guinness como el mercado municipal de abastos más extenso de Europa, sus diez mil metros cuadrados distribuían el flujo constante de víveres que alimentaba a toda la comarca del Gran Bilbao.
En los muelles inferiores, donde los pescadores y mayoristas descargaban las capturas llegadas directamente de las lonjas de Bermeo, Ondarroa y Pasajes, el frío del agua del Nervión penetraba a través de las suelas de goma y calaba los huesos con una humedad insidiosa.
Ainara observó cómo Miren contemplaba el cilindro de aluminio blindado que acababa de depositar en su mano. El dispositivo Kingston IronKey no era una memoria USB ordinaria que pudiera comprarse en una gran superficie:
—Tiene una carcasa de aleación de aluminio y magnesio sellada con resina epoxi impermeable al agua y al polvo —explicó Miren con voz entrecortada, señalando el pequeño teclado numérico físico integrado en el lomo del dispositivo—.
El cifrado es por hardware bajo el estándar AES de doscientos cincuenta y seis bits en modo XTS.
No se conecta a ningún sistema operativo hasta que se introduce el PIN físico en los botones de goma; si alguien intenta forzar el acceso por software o introduce diez veces un código erróneo, el chip criptográfico interno ejecuta un protocolo de autodestrucción térmica que funde los circuitos de memoria y convierte los datos en polvo irrecuperable.
Iñigo gastó seiscientos euros de su cuenta personal para comprarlo a través de un distribuidor de seguridad de Frankfurt.
Decía que este pendrive era el seguro de vida de ambos... o nuestra sentencia de muerte.
El Mercado de la Ribera, asentado sobre la margen derecha de la ría desde el siglo catorce y reconstruido en mil novecientos veintinueve por el arquitecto Pedro Ispizua con ese diseño monumental que fusionaba el art déco con el racionalismo portuario, era a esas horas de la madrugada un organismo vivo y gigantesco que respiraba vapor y hielo picado.
Considerado por el Libro Guinness como el mercado municipal de abastos más extenso de Europa, sus diez mil metros cuadrados distribuían el flujo constante de víveres que alimentaba a toda la comarca del Gran Bilbao.
En los muelles inferiores, donde los pescadores y mayoristas descargaban las capturas llegadas directamente de las lonjas de Bermeo, Ondarroa y Pasajes, el frío del agua del Nervión penetraba a través de las suelas de goma y calaba los huesos con una humedad insidiosa.
Ainara observó cómo Miren contemplaba el cilindro de aluminio blindado que acababa de depositar en su mano. El dispositivo Kingston IronKey no era una memoria USB ordinaria que pudiera comprarse en una gran superficie:
—Tiene una carcasa de aleación de aluminio y magnesio sellada con resina epoxi impermeable al agua y al polvo —explicó Miren con voz entrecortada, señalando el pequeño teclado numérico físico integrado en el lomo del dispositivo—.
El cifrado es por hardware bajo el estándar AES de doscientos cincuenta y seis bits en modo XTS.
No se conecta a ningún sistema operativo hasta que se introduce el PIN físico en los botones de goma; si alguien intenta forzar el acceso por software o introduce diez veces un código erróneo, el chip criptográfico interno ejecuta un protocolo de autodestrucción térmica que funde los circuitos de memoria y convierte los datos en polvo irrecuperable.
Iñigo gastó seiscientos euros de su cuenta personal para comprarlo a través de un distribuidor de seguridad de Frankfurt.
Decía que este pendrive era el seguro de vida de ambos... o nuestra sentencia de muerte.
Miren se aferró a la solapa del abrigo de Ainara con una fuerza desesperada, acercando su rostro demudado:
—Iñigo no murió de un infarto repentino en la platea, Ainara.
Me llamó a las diez y cuarto de la noche desde el teléfono de cabina del vestíbulo del Euskalduna.
Tenía la voz pastosa, ahogada... Me dijo: «Miren, me han metido algo en el agua mineral durante el descanso...
me arde el pecho como si me hubieran echado fuego en las venas.
No subas a tu coche; coge las copias del archivo y escóndete».
Después se cortó la comunicación. A las doce me enteré por la radio de que su cuerpo había aparecido rígido frente al gran órgano.
Lo envenenaron porque ayer a primera hora íbamos a presentar este mismo pendrive en la fiscalía europea.
Ainara cerró los dedos alrededor del cilindro de aluminio, sintiendo la gravedad histórica del testimonio. Miró hacia la rampa del muelle: Mathieu se aproximaba con paso tranquilo pero alerta, vigilando el perímetro.
—Vamos arriba, Miren —ordenó Ainara con voz suave pero inapelable—. Necesitas un lugar caliente y tenemos que formalizar tu declaración de inmediato.
♦ ♦ ♦