El peso del Cupo (Línea de Cupo 1) CAPÍTULO 7 EL EX-DIPUTADO #4
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CAPÍTULO 7 EL EX-DIPUTADO #4

—Para mi abuelo, la frontera entre Francia y España no era una línea sagrada de soberanía nacional: era una cicatriz artificial impuesta por dos Estados centralistas que jamás comprendieron a este pueblo.

Decía que las palabras en euskera y la solidaridad entre los valles de la muga no necesitaban pasaporte.

Mi madre, Maider, fue maestra en la primera ikastola de la red Seaska en Bayona, a finales de los sesenta.

Enseñaban a los niños a leer y escribir en euskera en el desván de una casa parroquial, a escondidas de los inspectores del Ministerio de Educación de París, que consideraban nuestra lengua un dialecto bárbaro que debía extinguirse.

Crecí sabiendo que la identidad y la justicia no siempre coinciden con lo que está impreso en los boletines oficiales del Estado.

Mathieu calló durante unos segundos. Sus manos se aferraron al pasamanos de hierro con tanta fuerza que los tendones se dibujaron bajo la piel:

—Por eso ingresé en el cuerpo de inspectores antifraude y acabé en la OLAF en Bruselas.

Creí de verdad en el proyecto europeo, Ainara.

Creí que construir un espacio común de justicia y transparencia financiera era la única forma de evitar que los abusos de los poderosos y las guerras del siglo veinte se repitieran.

Pero en Bruselas descubrí que la maquinaria comunitaria tiene sus propios pactos con el diablo.

Ainara se volvió hacia él, intuyendo la sombra que nubaba la mirada del auditor:

—Me hablaste en Henao de tu compañera Isabelle.

Mathieu asintió con una lentitud dolorosa. Sus ojos se clavaron en las aguas negras del Nervión:

—Isabelle Laurent. Era auditora forense en mi unidad.

Durante dos años investigamos juntos el entramado de sociedades mercantiles que el consorcio fiduciario de Viktor Sorokin y Sylvain Deschamps había tejido a través de los puertos francos de Amberes y Róterdam.

Habían desviado más de trescientos millones de euros procedentes de la venta ilegal de aleaciones militares y titanio estratégico mediante empresas buzón de Luxemburgo y Chipre.

Teníamos los contratos originales, las trazas bancarias y los nombres de los intermediarios que pagaban sobornos en los ministerios de defensa europeos.

Isabelle redactó el informe definitivo para remitirlo a la fiscalía europea en Luxemburgo.

La respiración de Mathieu se tornó áspera, como si el aire frío de la ría le arañara los pulmones:

—Cuarenta y ocho horas antes de registrar el informe, hubo una filtración en el comité de directores generales de la Comisión.

Alguien avisó a Sylvain Deschamps de que la orden de detención estaba redactada.

Una tarde de noviembre, cuando Isabelle regresaba a su casa por una carretera comarcal de Flandes bajo una lluvia torrencial, una furgoneta sin matrícula embistió su coche lateralmente a ciento veinte kilómetros por hora, arrojándolo al fondo de un canal.

Cuando los servicios de rescate sacaron el vehículo del agua, el disco duro con las copias de seguridad de la investigación había desaparecido del maletero.

La policía belga cerró el atestado calificándolo de accidente de tráfico por pavimento deslizante.

En la Comisión me dijeron que fuera prudente, que no convenía tensar las relaciones diplomáticas y que el expediente debía archivarse por falta de pruebas concluyentes.

Ainara sintió cómo el corazón se le encogía en el pecho ante la brutalidad del relato. Dio un paso hacia él, acortando la distancia que los separaba, y con un movimiento instintivo, cálido y firme, posó su mano sobre la solapa de la gabardina de Mathieu:

—Por eso viniste a Bilbao en cuanto perdiste el contacto con Iñigo Barandiarán.

Mathieu alzó la mirada y fijó sus ojos oscuros en los ojos verde oliva de Ainara.

En la penumbra del puente de San Antón, con la bruma envolviéndolos como un manto protector, la proximidad entre ambos era tan intensa que Mathieu podía percibir el calor de la respiración de la fiscal contra su mejilla:

—Vine porque cuando leí el mensaje cifrado de Iñigo Barandiarán hablando de la norma foral y de los contratos de Chipre, reconocí de inmediato la firma de Sylvain Deschamps y la sombra de Sorokin.

No pude salvar a Isabelle en Flandes, Ainara; pero te juro que no permitiré que los hombres que ordenaron su muerte salgan impunes de esta tierra mientras yo respire.

Ainara sostuvo la mirada de Mathieu sin pestañear, sintiendo cómo el vínculo que los unía dejaba de ser una simple alianza procesal entre administraciones para convertirse en un compromiso vital irrevocable:

—En Bilbao no enterraremos a Iñigo Barandiarán en silencio, Mathieu. Te lo juro por la memoria de tu abuelo y por la de mi padre. Si tenemos que derribar el bufete de Arostegui y sentar a Deschamps en el banquillo de la Audiencia Provincial, lo haremos juntos.

El silencio entre ambos se prolongó durante varios minutos, mecido por el chapoteo continuo de la corriente del Nervión contra los tajamares de sillería del puente de San Antón. La bruma era tan espesa que las luces del muelle de Marzana parecían esferas de fósforo suspendidas en la niebla.

Mathieu extrajo del bolsillo de su gabardina una cajetilla de cerillas de madera de un hotel de Bruselas y jugueteó con ella entre los dedos sin llegar a encender ninguna:

—En la OLAF, la mayoría de los auditores proceden de las administraciones tributarias de Francia, Alemania o los Países Bajos —explicó Mathieu con voz pausada—.

Son profesionales excelentes analizando hojas de cálculo en formato Excel y buscando discrepancias de céntimos en las subvenciones agrícolas de la Política Agraria Común.

Pero cuando se enfrentan a redes como la de Viktor Sorokin y Sylvain Deschamps, quedan completamente desarmados.

Sorokin fue oficial de intendencia del ejército soviético en la base naval de Sebastopol en los años ochenta; cuando la Unión Soviética colapsó, se apoderó de los arsenales de chatarra militar, de las reservas de titanio aeronáutico y de las patentes de metalurgia pesada de Ucrania y los Urales.

Creó una red de intermediarios en Nicosia, Limassol y Vaduz que utilizaban bancos letones y malteses para lavar más de mil millones de dólares al año.

Ainara alzó la mirada hacia el rostro en sombra del investigador:

—¿Y por qué vino a Euskadi, Mathieu? ¿Por qué fijarse en un territorio tan pequeño en el norte de España?

—Porque en Euskadi encontraron la combinación perfecta que ningún otro lugar de Europa les ofrecía —respondió Mathieu con sequedad analítica—.

Primero: una de las industrias siderometalúrgicas y de fundición de precisión más avanzadas y prestigiosas del planeta, en los valles del Deba y del Nervión.

Segundo: una administración tributaria propia, con soberanía normativa plena y reconocida por la Constitución y por los tratados europeos, pero que no comparte sus datos de auditoría en tiempo real con la Agencia Tributaria del Estado central.

Y tercero: un ex-Diputado General con prestigio incontestable, Kepa Arostegui, dispuesto a redactar y aplicar las enmiendas necesarias a cambio de honorarios millonarios y participaciones fiduciarias en fondos de Luxemburgo.

Era el santuario definitivo. Si lograban consolidar Vandamme Metals como titular de las patentes vascas, tenían blindada la tecnología para los próximos treinta años.

Durante un instante interminable, ninguno de los dos se movió.

La mano de Ainara permaneció sobre la solapa de su abrigo, mientras los ojos oscuros de Mathieu descendían por una fracción de segundo hacia los labios de la fiscal, cargados de una atracción física que ambos reprimieron con un esfuerzo de voluntad sobrehumano antes de dar un paso atrás y reanudar la marcha hacia el muelle.

♦ ♦ ♦

Caminaban de regreso hacia la Plaza de los Santos Juanes, flanqueando los soportales de piedra que conducían hacia el portal del piso de Ainara frente al Teatro Arriaga, cuando el teléfono móvil corporativo seguro que la fiscal llevaba en el bolsillo interior de su abrigo comenzó a vibrar con una insistencia inusitada.

Ainara se detuvo bajo el alero de un zaguán iluminado por la luz anaranjada de una farola de forja y extrajo el terminal.

En la pantalla táctil de alta seguridad, la aplicación de mensajería cifrada Signal mostraba tres notificaciones consecutivas procedentes de un número de telefonía móvil prepago no registrado en su agenda de contactos.

Mathieu se colocó a su lado, cubriendo la pantalla con el cuerpo para protegerla de miradas indiscretas desde la calle desierta.

Ainara introdujo su código biométrico y abrió el chat seguro. El texto del mensaje, redactado con una urgencia telegráfica y angustiada, hizo que a la fiscal se le helara la sangre en las venas: