CAPÍTULO 7 EL EX-DIPUTADO #5
«Ainara, soy Miren Uriarte. Me he escapado de Capuchinos.
Iñigo Barandiarán no murió de un infarto ni por una negligencia; lo asesinaron porque tenía la auditoría completa de las cuarenta y dos ETVEs de Arostegui.
Iñaki Mendieta me ha llamado hace dos horas a su despacho en Lakua: la dirección general ha ordenado el borrado masivo de los servidores de fiscalización foral y la trituración física de los legajos originales del archivo para mañana a las nueve de la mañana, coincidiendo con el inicio de la cumbre del Cupo en el Palacio Foral.
Tengo en mi poder el pendrive con el archivo maestro de las auditorías bloqueadas desde dos mil dieciocho.
Las actas de inspección que Barandiarán firmó antes de morir, con los extractos de las cuentas de Chipre y los contratos de cesión de patentes de Vandamme Metals visados por el propio Kepa Arostegui.
Me están siguiendo; hay un vehículo oscuro apostado frente a mi casa en Getxo.
Si me garantizas protección judicial de testigos bajo la Ley Orgánica 19/1994 y la custodia inmediata de la Ertzaintza, te entrego el pendrive en mano.
Pero tiene que ser ya. Si Arostegui sospecha que he sacado el archivo, acabaré flotando en la ría como Iñigo» .
Ainara levantó la vista hacia Mathieu. La pantalla del móvil iluminaba sus facciones pálidas con un resplandor azulado donde brillaba la certeza del momento decisivo:
—Miren Uriarte tiene la prueba de cargo definitiva —dijo Ainara con la respiración entrecortada—.
El archivo madre que demuestra que Arostegui ordenó el fraude y que Barandiarán fue silenciado para impedir que el escándalo reventara la firma del Cupo.
Y van a destruir los servidores mañana a primera hora.
Mathieu leyó el mensaje dos veces con frialdad analítica, asimilando la magnitud del riesgo en tres segundos:
—Si la tienen vigilada en Getxo, no puede acercarse a la fiscalía de la calle Henao ni a ninguna comisaría de la Ertzaintza; la interceptarían antes de doblar la esquina.
Tiene que ser un lugar público, concurrido desde primera hora y con múltiples vías de evacuación peatonal donde podamos establecer un perímetro de seguridad invisible.
Ainara asintió, tecleando con dedos rápidos y firmes en el teclado virtual del terminal cifrado:
—El Mercado de la Ribera. Abre a las seis y media de la mañana para los asentadores del pescado y a las siete para el público general. Tiene tres plantas, accesos directos desde la ría por los tinglados inferiores y conexión peatonal inmediata con las pasarelas del tranvía y las Siete Calles.
Ainara pulsó la tecla de envío. En la pantalla de Signal apareció la respuesta que sellaba la cita más peligrosa de sus vidas:
«Mañana a las siete en punto en el muelle inferior del Mercado de la Ribera, junto a la puerta de descarga de pescado de la dársena.
Ve sola y a pie. Gorka Atxaga y el equipo de la Ertzaintza estarán desplegados de paisano en el perímetro exterior.
Si ves cualquier movimiento extraño o un coche sospechoso, no entres y llama al canal de emergencia.
Resiste, Miren. Mañana esta pesadilla se termina» .
Tras enviar el mensaje a Miren Uriarte, Ainara no guardó el terminal en el abrigo. Marcó el número directo de Gorka Atxaga en la línea encriptada de la Policía Judicial.
El ertzaina descolgó al segundo tono con la voz alerta de quien duerme con el arma al alcance de la mano:
—Atxaga. Dime, fiscal.
—Gorka, tenemos contacto directo con Miren Uriarte —anunció Ainara con rapidez ejecutiva—.
Se ha escapado de Capuchinos con el pendrive maestro que contiene las auditorías bloqueadas de Arostegui y las actas de Barandiarán.
Nos entrega el material mañana a las siete en punto de la mañana en el muelle inferior del Mercado de la Ribera.
Hay un vehículo de vigilancia apostado frente a su domicilio en Getxo; teme por su vida y pide protección judicial inmediata bajo la Ley Orgánica 19/1994.
Al otro lado de la línea, el suboficial de la Ertzaintza soltó una maldición entre dientes antes de recuperar su frialdad táctica:
—El Mercado de la Ribera a las siete de la mañana es un laberinto de furgonetas de reparto, cámaras frigoríficas y suelo resbaladizo por el hielo picado del pescado.
Si los hombres de Arostegui o los mercenarios de Deschamps la están siguiendo, intentarán interceptarla en el muelle de carga antes de que llegue a vosotros.
Voy a movilizar de inmediato a dos binomios de paisano de la Unidad de Intervención y Protección de Testigos de Erandio.
Desplegaremos dos vehículos camuflados en el puente de San Antón y en la parada del tranvía de Atxuri.
Mathieu y tú entraréis por la rampa peatonal de la Ribera como clientes ordinarios.
Yo estaré a diez metros de la dársena de descarga vestido con mono de faena de asentador.
Si hay un solo movimiento extraño, neutralizamos la amenaza y aseguramos el pendrive antes de que nadie pueda parpadear.
—Entendido, Gorka —concluyó Ainara—. Si conseguimos ese archivo intacto a las siete y diez de la mañana, a las ocho estaremos firmando la orden de detención de Kepa Arostegui en el despacho de Irazábal.
Ainara bloqueó el terminal y lo guardó en el bolsillo de su abrigo. Miró a Mathieu bajo la niebla densa que ya cubría por completo las torres del Casco Viejo de Bilbao. Las cartas estaban sobre la mesa y el tiempo de la tragedia marcaba su cuenta atrás más implacable.