CAPÍTULO 7 EL EX-DIPUTADO #3
— Topa —brindó Mathieu en euskera con su suave cadencia labortana, alzando la copa a la altura de los ojos.
— Topa —respondió Ainara, rozando su copa con la de él en un tintineo cristalino que resonó entre el murmullo de las cuadrillas de txikiteros que cantaban coplas populares al otro extremo de la barra.
El txakoli entró en el paladar con una acidez cítrica, fresca y mineral que disipó de golpe la fatiga acumulada en la cabeza de la fiscal.
Saborearon la gilda en silencio, dejando que el contraste entre el vinagre de la piparra y la salazón de la anchoa despertara los sentidos entumecidos por horas de lectura de expedientes tributarios.
Ainara observó a Mathieu mientras el investigador contemplaba las viejas fotografías en blanco y negro de los traineros de Deusto y los estibadores de los muelles que decoraban la pared de la taberna:
—Pareces cómodo en el Casco Viejo para ser un funcionario de la Unión Europea acostumbrado a los pasillos de cristal del barrio europeo de Bruselas.
Mathieu sonrió, una sonrisa lenta y franca que iluminó sus facciones angulosas:
—Nací a orillas del Nive, en Ustaritz, Ainara.
El olor a humedad de los muelles y a madera vieja de taberna lo llevo grabado en los huesos desde que tenía cinco años.
Bruselas es solo el lugar donde tengo un despacho con calefacción central y un terminal informático conectado a bases de datos de paraísos fiscales.
Pero mi tierra está a este lado de los Pirineos.
Ainara bajó la mirada hacia su copa. En el ambiente cálido y rumoroso de la taberna, la muralla de frialdad institucional que la fiscal utilizaba como coraza procesal comenzó a agrietarse de forma irreversible.
Respiró hondo, sintiendo en el pecho una punzada de dolor antiguo que rara vez compartía con nadie fuera del círculo estrecho de su madre Arantza en el caserío de Atxondo:
—Esta mañana he estado en Leioa con mi viejo profesor de Derecho Financiero —dijo Ainara con la voz atenuada por el murmullo del bar—.
Me decía que Kepa Arostegui se siente el dueño del país porque construyó el Concierto moderno tras la reconversión industrial.
Y mientras lo escuchaba, no podía dejar de pensar en mi padre.
Mathieu dejó la copa sobre la barra y se volvió hacia ella, prestando una atención absoluta que desarmó las últimas defensas de la fiscal:
—¿Tu padre, Ainara?
Ainara asintió lentamente, apretando los dedos alrededor del tallo del vaso:
—Se llamaba Josu Zubiaga. Tenía un pequeño taller de mecanizado de precisión en Durango, en el polígono industrial de Montorreta.
Doce tornos de control numérico, doce operarios del pueblo que eran como hermanos.
Mi padre vivía para aquel taller; se dejaba las pestañas ajustando tolerancias de centésimas de milímetro en componentes de acero forjado para plantas de automoción.
En dos mil diez, una sociedad holding radicada en Bilbao le subcontrató un pedido masivo de trescientas mil piezas para una supuesta planta fotovoltaica que iba a instalarse en Álava con subsidios forales.
Mi padre compró la materia prima a crédito, metió a los operarios en turnos dobles de noche y entregó el pedido en plazo con una calidad impecable.
La voz de Ainara tembló ligeramente, pero sus ojos sostuvieron la mirada de Mathieu con una entereza conmovedora:
—Cuando llegó el momento de cobrar los pagarés por valor de cuatrocientos mil euros, la sociedad holding se declaró en quiebra exprés.
Era un cascarón vacío administrado por fiduciarios de la Gran Vía, idéntico a las ETVEs que registramos esta mañana en Mazarredo.
Los financieros se quedaron con las piezas y con los subsidios públicos y disolvieron la empresa en un juzgado mercantil.
Pero la Hacienda Foral no tuvo piedad de mi padre: como los pagarés no tenían liquidez, le ejecutaron el embargo cautelar sobre la nave de Durango y sobre sus cuentas bancarias personales por impago de IVA.
Mi padre no pudo soportar la vergüenza de ver cómo precintaban los tornos y de tener que mirar a la cara a los doce trabajadores que dependían de él para dar de comer a sus hijos.
Tres semanas después del embargo, se colgó de una viga del taller.
El silencio que siguió a las palabras de Ainara fue sobrecogedor. En medio del bullicio de la taberna, para Mathieu no existía nada más en el mundo que el rostro vulnerable y dolorido de la mujer que tenía enfrente.
Ainara contempló las gotas de condensación que resbalaban por el exterior de su copa de txakoli. La calidez del vino y el murmullo gutural de las cuadrillas que cantaban habaneras bilbaínas en el fondo del local la transportaron a los inviernos de su adolescencia en el valle de Durango:
—Mi madre, Arantza, sigue viviendo en el caserío familiar de Atxondo, a los pies de la cresta caliza del Anboto —confesó Ainara con una sonrisa melancólica—.
Cada domingo que voy a verla me repite lo mismo mientras remueve la cazuela de alubias de Gernika: «Deja ya esa fiscalía de Bilbao, Ainara; deja de buscarte enemigos poderosos que tienen jueces y consejeros en el bolsillo.
Vuelve a Durango, abre un despacho de abogados de pueblo y lleva divorcios, herencias de caseríos y contratos de compraventa de fincas».
Mi madre tiene el miedo metido en el cuerpo desde que mi padre murió.
Cuando ve en la televisión las noticias de la Fiscalía General del Estado o las ruedas de prensa del portavoz de Lakua, piensa que en cualquier momento un coche patrulla vendrá a traerle una mala noticia sobre mí.
Mathieu bebió un sorbo de txakoli, manteniendo la mirada fija en ella con un brillo de complicidad fraternal:
—Mi madre Maider hace exactamente lo mismo en Bayona, Ainara.
Cada vez que la llamo desde Bruselas me pregunta si sigo comiendo queso de oveja de los pastores de Saint-Jean-Pied-de-Port o si me he vuelto un burócrata frío que se alimenta de bocadillos precocinados en los pasillos del Parlamento Europeo.
Los que venimos de familias pegadas a la tierra llevamos una marca invisible: no sabemos fingir pleitesía ante los que visten trajes de tres mil euros y hablan con desprecio de los pueblos que pagan sus lujos.
Ainara apoyó la mano derecha sobre el mostrador de roble, dejando a la vista en su muñeca izquierda el reloj de pulsera Certina DS de esfera plateada y correa de piel desgastada que había pertenecido a su padre, el único objeto que conservaba de aquel taller en ruinas.
—La tarde del entierro en el cementerio de Durango —continuó Ainara con un susurro firme—, me ajusté la correa de cuero a la muñeca y juré que jamás permitiría que ningún financiero de corbata, despacho señorial y apellido ilustre volviera a utilizar las leyes de esta tierra para devorar la vida de la gente decente.
Por eso soy fiscal anticorrupción, Mathieu.
Por eso no me importa que Kepa Arostegui tenga línea directa con el Lehendakari ni que amenace con hacer caer el gobierno.
Mi padre murió por culpa de hombres como él.
Mathieu no pronunció ninguna frase de consuelo fácil. Con un movimiento pausado y cargado de una ternura instintiva, colocó su mano grande y cálida sobre el dorso de la mano de Ainara en la barra.
La piel de Mathieu quemaba suavemente contra la frialdad de los dedos de la fiscal.
Ainara sintió un estremecimiento eléctrico que le recorrió el brazo hasta el pecho, una turbación íntima y profunda que la dejó sin respiración.
Durante cinco largos segundos, no retiró la mano; permitió que el calor de la piel de Mathieu y la solidez de su contacto sellaran una tregua silenciosa entre dos voluntades que habían aprendido a vivir acorazadas contra el mundo.
♦ ♦ ♦
Salieron de la taberna Txomin cuando el campanario de la iglesia de San Antón marcaba las nueve y media de la noche con campanadas lentas y solemnes que resonaban sobre el cauce del Nervión.
Caminaron en silencio por la calle Tendería, descendiendo hacia el muelle que bordeaba la ría junto al puente de piedra.
La bruma se había cerrado sobre el agua oscura, transformando el puente gótico y los viejos tinglados del muelle de Marzana en un grabado al aguafuerte de tonos grises y dorados.
Los reflejos de los faroles de forja temblaban sobre la corriente lenta del río, que bajaba hacia el mar arrastrando hojas de plátano y el olor mineral de las mareas atlánticas.
Se detuvieron junto a la barandilla de hierro forjado del puente de San Antón, apoyando los antebrazos sobre el pasamanos frío mientras contemplaban la silueta iluminada del pórtico de la iglesia y el perfil curvo del mercado.
Fue Mathieu quien rompió el silencio. Su voz, grave y teñida de esa melancolía reflexiva que siempre afloraba cuando caía la noche, sonaba despojada de cualquier artificio profesional:
—Mi abuelo Jean-Pierre era pastor en las faldas del monte Mondarrain, en Ustaritz —dijo Mathieu, mirando el agua oscura que corría bajo los ojos del puente—.
Durante el día cuidaba de las ovejas latxas, pero por la noche era mugalari .
Practicaba lo que en Iparralde siempre hemos llamado gau lana , el trabajo de la noche.
Cruzaba los puertos de montaña de Izpegi y Dantxarinea con fardos de café, penicilina, tabaco y piezas de repuesto a través de senderos de cabras que los aduaneros franceses y la Guardia Civil jamás pudieron controlar.
Durante la Segunda Guerra Mundial, ayudó a cruzar la muga a decenas de aviadores aliados derribados en Francia y a familias enteras que huían de la Gestapo; y en los años cincuenta, transportaba wolframio en bruto que salía clandestinamente de las minas de Galicia y del Deba para alimentar las fundiciones de la industria europea.
Ainara lo escuchaba de perfil, fascinada por la serenidad con la que el investigador desgranaba la memoria de su linaje: