CAPÍTULO 7 EL EX-DIPUTADO
La carretera que ascendía desde la orilla de la ría hacia las colinas de Sarriena se abría paso entre una masa compacta de eucaliptos, robles y pinos empapados por la bruma matinal.
A las diez y media de la mañana, el campus de la Universidad del País Vasco en Leioa emergía entre la niebla como un inmenso monolito de hormigón armado brutalista, concebido a finales de los años sesenta sobre los pastos que dominaban la desembocadura del Nervión.
El aire en la ladera soplaba con una frialdad áspera, cargada del salitre del Abra y del rumor distante de los buques mercantes y gaseros que maniobraban en el puerto exterior de Santurtzi.
Ainara Zubiaga aparcó su vehículo utilitario en el estacionamiento reservado al profesorado de la Facultad de Derecho, apagó el motor y permaneció inmóvil durante unos segundos frente al volante.
En el asiento del copiloto descansaba una carpeta de cartulina crema con las copias compulsadas de las enmiendas parlamentarias de dos mil seis y las escrituras fiduciarias intervenidas la víspera en el despacho de Urquijo.
El cansancio comenzaba a pasarle factura en los párpados, una pesadez arenosa provocada por tres noches consecutivas de guardia judicial y el impacto demoledor de haber descubierto que la cúspide política que había erigido el autogobierno fiscal de Bizkaia estaba corrompida en su propio cimiento.
Descendió del coche, cerró el cuello de su abrigo de paño oscuro y cruzó la gran plaza de losetas de grava lavada que separaba el aulario central del departamento de Derecho Financiero y Tributario.
Varios grupos de estudiantes provistos de mochilas impermeables subían las rampas de hormigón conversando en euskera y castellano, ajenos a la batalla institucional que se libraba a pocos kilómetros ladera abajo, en los despachos enmoquetados de la Gran Vía y en los búnkeres subterráneos de Capuchinos de Basurto.
Al fondo del pasillo de la tercera planta, tras una puerta entreabierta de la que salía el aroma inconfundible de café recalentado y papel viejo, un letrero de madera rezaba con tipografía académica: Prof. Dr. Andoni Zabala Arregi - Cátedra de Derecho Financiero y Sistema Tributario Foral .
Ainara llamó dos veces con los nudillos.
—Pasa, pasa, quienquiera que seas, antes de que se enfríe la cafetera —respondió desde el interior una voz áspera y cavernosa, curtida por décadas de tabaco negro y discursos en estrados judiciales.
El profesor Andoni Zabala se encontraba de espaldas, buscando un libro en una estantería abarrotada de volúmenes de lomo rojo de la Jurisprudencia del Tribunal Supremo y manuales alemanes de hacienda pública encuadernados en tela gris.
Tenía sesenta y tres años, vestía una chaqueta de pana marrón desgastada en las coderas sobre una camisa blanca arrugada sin corbata, y lucía una cabellera blanca indómita que le caía sobre la frente como una tempestad invernal.
Al darse la vuelta sosteniendo dos tazas de cerámica desportillada, sus ojos grises y vivaces se iluminaron tras unas gafas de concha redondas:
—¡Ainara! —exclamó Zabala, depositando las tazas sobre un escritorio sepultado bajo montañas de borradores de tesis doctorales, sentencias del Tribunal de Justicia de la Unión Europea y memorias anuales de las Haciendas Forales—.
Creía que los fiscales anticorrupción solo se movían en vehículos oficiales con cristales tintados y no pisaban los pasillos de su vieja facultad.
Siéntate, neska, si es que logras apartar los comentarios a la Ley General Tributaria de esa silla.
Ainara sonrió con afecto genuino, retirando un tomo de mil quinientas páginas para sentarse en la silla de madera frente al escritorio.
Andoni Zabala había sido su director de tesina y su gran mentor en los años en que todos sus compañeros de promoción soñaban con fichar por consultoras de auditoría internacional en Madrid o París.
Zabala era una institución viva en Euskadi: redactor de varios de los anteproyectos fundacionales del Concierto Económico tras la promulgación del Estatuto de Gernika de mil novecientos setenta y nueve y uno de los mayores expertos europeos en soberanía fiscal compartida.
—Necesitaba la mirada de un maestro que no deba su nómina a ninguna secretaría de partido, profesor —dijo Ainara, aceptando la taza de café negro sin azúcar.
Zabala frunció el ceño con picardía, encendió con parsimonia una pipa de brezo que desprendía un humo denso con aroma a vainilla y frutos secos, y la observó a través de la nube azulada:
—Cuando un fiscal empieza una frase diciendo eso, significa que ha metido la mano en un avispero y que las avispas tienen escaño parlamentario o carné de club de golf en Neguri.
¿Qué tienes entre manos, Ainara? En la radio del coche decían esta mañana que la Ertzaintza ha precintado un centro de negocios en Mazarredo.
Ainara no se anduvo con rodeos. Abrió la carpeta de cartulina crema y desplegó sobre la mesa el facsímil de la enmienda técnica número cuarenta y siete de las Juntas Generales de dos mil seis, junto con el diagrama de flujos bancarios trazado la noche anterior por Mathieu Etcheverry.
Zabala ajustó sus gafas redondas, dio una calada profunda a la pipa y fijó la vista en los textos mecanografiados.
A medida que sus ojos repasaban el articulado y las fórmulas de exención para contratos de transferencia tecnológica con sociedades de Chipre, la expresión socarrona de su rostro se desvaneció con una lentitud glacial.
Sus dedos, manchados de tinta estilográfica, acariciaron el borde del papel con una mezcla de sobrecogimiento técnico y profunda amargura.
—La enmienda Arostegui —murmuró Zabala en un susurro grave, expulsando un hilo de humo hacia el techo de bovedillas de hormigón—. Hacía quince años que no leía este párrafo maldito.
—¿La conocía, profesor? —preguntó Ainara, inclinándose hacia adelante.
Zabala apoyó los codos en la mesa y entrelazó las manos con la mirada perdida en las brumas de la ría que se divisaban a través del ventanal:
—Para entender a Kepa Arostegui, Ainara, tienes que retroceder a mil novecientos noventa y tres.
Tú eras una niña, pero este país se estaba desangrando.
Los altos hornos de Sestao estaban cerrando, los astilleros de Euskalduna y La Naval eran cementerios de chatarra oxidada, la ría era una cloaca química de aguas cobrizas y el paro juvenil en Bizkaia superaba el veinticinco por ciento mientras los coches bomba estallaban cada dos semanas en los barrios obreros.
Madrid consideraba a Euskadi un territorio industrial amortizado y Bruselas nos miraba como a una región periférica inviable.
En medio de aquella ruina, un grupo de economistas y juristas jóvenes liderados por Kepa Arostegui entendió que la única salida para no convertirnos en un desierto era el autogobierno fiscal.
Zabala se levantó, caminó hacia la estantería y extrajo un cuaderno encuadernado en piel negra con anotaciones manuscritas fechadas en Madrid en noviembre de dos mil uno:
—Arostegui era un auténtico genio, no lo dudes jamás.
Tenía una mente matemática portentosa y conocía los secretos de la foralidad mejor que los letrados de las Cortes Generales.
En la negociación de la Ley 12/2002 del Concierto Económico, Kepa se encerró durante tres semanas en el Ministerio de Hacienda en Madrid contra los mejores cuadros técnicos del Estado.
Nos decían que el Concierto era un vestigio decimonónico que no encajaba en la Constitución de mil novecientos setenta y ocho; pero Kepa les puso encima de la mesa la Disposición Adicional Primera, los decretos de mil ochocientos setenta y ocho tras la abolición foral de Cánovas del Castillo y las sentencias del Tribunal Constitucional.
Demostró que el riesgo unilateral es la esencia del pacto: si la recaudación vasca se hunde, el País Vasco quiebra solo, sin que el Estado central ponga un solo céntimo para rescatarnos.
Y a cambio de ese riesgo absoluto, exigió y consiguió la soberanía normativa plena en el Impuesto sobre Sociedades.
Zabala dio otra calada a su pipa, saboreando el recuerdo con una nostalgia melancólica:
—Diseñó el marco que permitió reconvertir la siderurgia tradicional en fundición avanzada, creó los incentivos para levantar el parque tecnológico de Zamudio y dotó a Bizkaia de un músculo financiero que ninguna comunidad autónoma española podía soñar.
Pero Kepa siempre padeció el pecado supremo de los arquitectos de Estado: la soberbia sin límites.
Con el paso de los años, empezó a convencerse de que Bizkaia era su creación personal, de que el país existía porque él lo había rescatado del abismo y de que el Concierto Económico era su propiedad particular.
Leía a los teóricos del ordoliberalismo alemán de la escuela de Friburgo, pero en la práctica operaba con el cinismo pragmático de los banqueros de la City de Londres.
Ainara señaló con el índice el párrafo de la exención de los informes vinculantes de Industria:
—Y al redactar las normas forales, se reservó una puerta trasera.