CAPÍTULO 6 LA NORMA Y LA GRIETA #2
Mathieu se acercó al escritorio con las manos enguantadas en látex quirúrgico fino que había extraído de su maletín. Inspeccionó la parte trasera del aparato telefónico: el cable de línea estaba conectado a una pequeña regleta de conmutación electrónica provista de una tarjeta SIM.
—Desvío automático de llamadas entrantes por protocolo de voz sobre IP —observó Mathieu, señalando el diodo luminoso que parpadeaba con una cadencia azul sobre la regleta—.
Cualquier comunicación que reciba este número con prefijo noventa y cuatro de Bilbao es redirigida instantáneamente a un número fiduciario con prefijo internacional de Chipre: más trescientos cincuenta y siete.
Quien llame a esta empresa tecnológica cree que está marcando a un despacho del Ensanche bilbaíno, pero contesta un operador sentado en un bufete de Limassol o Nicosia.
Ainara abrió los dos archivadores de cartón sobre la mesa.
Estaban completamente vacíos, a excepción de una resma de papel timbrado en blanco con el logotipo corporativo de la sociedad y un sello de caucho entintado con la leyenda: Biscay BioTech Innovations SL - C.I.F.
B-95847321 - Domicilio Social: Alameda Mazarredo 35, 3ºB, Bilbao .
—Cero empleados —constató Ainara, repasando en voz alta el informe provisional de la Tesorería General de la Seguridad Social que extrajo de su maletín—.
Cero altas laborales en el régimen general durante los últimos treinta y seis meses.
Ni un solo investigador, ni un solo administrativo, ni una sola factura de suministro eléctrico que supere la cuota mínima de potencia contratada para encender esta bombilla.
Y sin embargo, la Hacienda Foral de Bizkaia ha emitido dos resoluciones de liquidación provisional validando proyectos de investigación experimental y deducciones por I+D de hasta el setenta por ciento del gasto declarado.
Gorka, que se había desplazado hacia la pequeña repisa situada junto a la puerta donde descansaban los casilleros postales del centro de negocios, extrajo un fajo de sobres comerciales cubiertos por una fina película de polvo grisáceo.
—Fiscal, echa un vistazo a esto —dijo el agente, depositando tres sobres alargados con ventana transparente sobre el escritorio de melamina.
Mathieu se aproximó. Los tres sobres procedían de la Delegación Especial de la Agencia Estatal de Administración Tributaria (AEAT) en Madrid, dirigidos al departamento de inspección de la mercantil.
Sobre cada uno de ellos figuraba estampada en tinta roja la marca de devolución del servicio postal de Correos: DEVUELTO AL REMITENTE.
NO RESIDENTE EN TERRITORIO COMÚN. COMPETENCIA EXCLUSIVA DE LA HACIENDA FORAL DE BIZKAIA (LEY 12/2002 DEL CONCIERTO ECONÓMICO) .
Mathieu rozó el papel con el índice enguantado, sintiendo una punzada de satisfacción profesional amarga:
—Aquí tienen la grieta en estado puro —dijo el investigador de la OLAF, alzando la mirada hacia los ojos verdes de Ainara—.
La Agencia Tributaria estatal detectó desde Madrid la anomalía en el modelo trescientos cuarenta y siete de operaciones con terceros y quiso iniciar un requerimiento de información cruzada sobre las facturas de Chipre.
Pero la ley del Concierto Económico blinda la competencia territorial de forma tan absoluta que, en cuanto los inspectores de Madrid vieron que el domicilio fiscal radicaba en Bilbao, se vieron obligados por imperativo legal a inhibirse y archivar la alerta.
El Estado central no puede entrar a auditar este edificio porque violaría el Concierto; y la Hacienda Foral de Bizkaia no auditó este edificio porque alguien en la cúspide de Capuchinos de Basurto dio la orden de certificar las deducciones con una simple declaración jurada del administrador.
Ainara contempló los sobres de la AEAT durante cinco segundos interminables. Sus pupilas destellaban con una cólera concentrada, pero su voz mantuvo una compostura que impresionó a Mathieu:
—Levante acta de todo lo intervenido, suboficial Atxaga —ordenó la fiscal—.
Intervenga la centralita, el sello de caucho y el registro de correspondencia.
Y dígale a la secretaria que nos vamos al número diecinueve de la Gran Vía.
Quiero mirar a los ojos al letrado que firma como administrador único de este cascarón.
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El trayecto a pie desde Mazarredo hasta el tramo central de la Gran Vía Diego López de Haro apenas llevó ocho minutos.
La lluvia se había disuelto en una bruma flotante que desdibujaba las cúpulas de los palacios bancarios y las marquesinas de las tiendas de sastrería y joyería del centro neurálgico de Bilbao.
En el número diecinueve-veintiuno de la arteria principal, un edificio monumental de corte clasicista albergaba la sede del bufete Urquijo yo no voy a tocar sus cajones.
El funcionario armado con potestad judicial plena está a mi izquierda.