El peso del Cupo (Línea de Cupo 1) CAPÍTULO 5 — BRUSELAS ATERRIZA EN BILBAO #4
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CAPÍTULO 5 — BRUSELAS ATERRIZA EN BILBAO #4

—Kafe beltz bat, otoi, beroa eta azukrerik gabe.

Ainara, que se disponía a formular su propia petición con la prisa habitual de las mañanas de juzgado, se quedó congelada en su asiento con la boca entreabierta.

Sus pupilas se dilataron en un destello de asombro genuino que desarmó por completo la severidad adusta de sus facciones.

Clavó la vista en el rostro de Mathieu, midiéndole con una mezcla de desconcierto, incredulidad y una chispa repentina de curiosidad viva, antes de que una sonrisa sardónica y seca despuntara en la comisura de sus labios.

Se giró hacia el camarero y corrigió la comanda con el euskera vizcaíno rudo, directo y sonoro de las comarcas del interior de Bizkaia:

—Hemen ez da 'otoi' esaten, motel; 'mesedez' esaten da. Eta beste kafesne bat niretzat, epelea eta beirazko edalontzian.

El veterano camarero soltó una carcajada sorda entre dientes, guiñó un ojo con la socarronería propia de las barras del Ensanche y anotó el pedido en su libreta antes de volverse hacia la cafetera humeante con una respuesta rápida:

—Oraintxe bertan, fiskal andrea.

Mathieu no pudo evitar una sonrisa franca y dilatada que borró de golpe la dureza sombría de sus facciones. Aquella sonrisa transformó sus ojos oscuros, otorgándoles un brillo cálido y accesible que desvaneció la distancia burocrática levantada entre ambos en los despachos judiciales.

—Mis disculpas por el desvío dialectal, fiscal —dijo Mathieu en castellano, aunque manteniendo ese tono templado y cercano que la mención de su lengua había liberado—.

Mi madre me enseñó el euskera en la primera ikastola Seaska que abrieron en Bayona a finales de los años setenta, en una época en que la administración francesa consideraba que cualquier lengua que no fuera el francés de la República era una amenaza para la unidad de la nación.

Y mi abuelo Baptiste, que bajaba rebaños de ovejas y fardos de tabaco rubio por las sendas perdidas de los puertos de Aldudes hacia el valle de Baztan, solía recordarme en las noches de invierno que las palabras nacidas en la muga no necesitan salvoconducto de aduanas para entenderse entre personas de honor.

Ainara sostuvo la mirada del inspector, pero la tensión defensiva que había presidido sus primeras intervenciones se había disuelto como el vaho en el cristal.

Apoyó un codo en la mesa y sostuvo su barbilla con la palma de la mano, contemplando las gotas de lluvia que resbalaban al otro lado de la ventana.

—En mi familia tampoco necesitábamos pasaportes para saber de dónde veníamos, señor Etcheverry —dijo ella con un timbre pausado, teñido de una emoción contenida que rara vez compartía con extraños—.

Mi padre, Josu Zubiaga, trabajó treinta y cinco años en los talleres mecánicos de estampación del Duranguesado.

Era un hombre parco en palabras, de los que se levantaban a las cinco y media de la madrugada con las manos agrietadas por la taladrina y el frío de los tornos, y que creía en el autogobierno con una fe inquebrantable.

Para él, pagar religiosamente cada peseta de impuestos al Concierto no era una carga impuesta por los gobernantes, sino el pacto sagrado que garantizaba que los hijos de los obreros del metal pudieran tener hospitales públicos de primera clase y universidades donde estudiar sin pedir limosna a nadie.

Ainara guardó silencio un instante, mirando el segundero de acero que latía en su muñeca izquierda.

—Cuando la cooperativa auxiliar donde trabajaba quebró por culpa de un pagaré falso de trescientos millones de pesetas emitido por unos intermediarios de corbata fina que tenían sus sociedades fiduciarias en Suiza, a mi padre se le quebró el corazón.

Murió dos años después sin ver un solo céntimo devuelto ni una sola condena penal.

Por eso elegí la fiscalía anticorrupción, Mathieu.

No para defender estadísticas ministeriales en Madrid ni para redactar informes de cortesía para los comisarios de la Unión Europea, sino para asegurarme de que ningún saqueador con traje a medida utilice el nombre de este pueblo para llenarse los bolsillos con el esfuerzo de la gente honrada.

Mathieu asintió despacio, conmovido por la honestidad descarnada de sus palabras.

Por primera vez desde que había tomado tierra en Loiu, sintió que el caso dejaba de ser un expediente de auditoría internacional para convertirse en una causa compartida con alguien que comprendía el precio humano de la impunidad.

El camarero regresó a la mesa y depositó sobre el mármol la taza de café solo, el vaso humeante de café con leche y un platillo cerámico con sobres de azúcar y dos cucharillas de metal.

Al alargar ambos la mano al mismo tiempo para alcanzar el recipiente de loza, los dedos de Mathieu rozaron con suavidad el dorso de la mano de Ainara.

Fue un contacto fugaz, de apenas una fracción de segundo; sin embargo, una corriente eléctrica tibia y punzante recorrió la piel de ambos, deteniendo sus movimientos en el aire.

Ainara alzó los ojos hacia Mathieu y durante un instante que pareció dilatar el tiempo, sus miradas se encontraron sin escudos procesales ni coartadas profesionales.

Había atracción física, evidente y contenida, pero sobre todo había una complicidad elemental nacida de dos trayectorias solitarias que se reconocían en la misma trinchera moral.

Ainara retiró la mano despacio, carraspeó con suavidad para disimular la turbación que le coloreaba levemente las mejillas y tomó su vaso de café con ambas palmas para templarse los dedos.

—Bueno, señor Etcheverry... —dijo ella con una sonrisa irónica que devolvió la conversación al terreno operativo—. Veo que su euskera es casi tan obstinado como el mío. Ahora explíqueme qué hacemos con el juez de instrucción para entrar en Mazarredo.

♦ ♦ ♦

Cuando cruzaron de nuevo el umbral del despacho en la tercera planta de Henao 9, el inspector jefe Gorka Atxaga ya había instalado sobre la mesa auxiliar de reuniones su ordenador portátil policial con conexión encriptada al centro de coordinación operativa de Erandio.

Las luces fluorescentes del techo zumbaban con su monotonía lechosa mientras el veterano ertzaina apuraba el último trago de un café de máquina en vaso de plástico.

—Veo que habéis hecho una tregua cafetera sin sacaros los ojos —comentó Gorka con su habitual socarronería getxotarra, apartando el vaso para desplegar en la pantalla una serie de diagramas de cobertura radioeléctrica—.

Tengo novedades de la sección de análisis de tráfico de telefonía móvil. Y no son precisamente tranquilizadoras.

Ainara y Mathieu se situaron inmediatamente a ambos lados del inspector, inclinándose sobre el monitor.

—Los especialistas de telecomunicaciones de Erandio acaban de culminar el vaciado de las estaciones base que cubren el entorno del Palacio Euskalduna y la pasarela peatonal sobre la ría —explicó Gorka, pulsando una tecla que iluminó varias líneas de conexión en color ámbar—.

En la franja horaria comprendida entre las ocho y cuarto y las nueve menos diez de la noche del lunes, mientras se interpretaba el réquiem en el gran órgano del auditorio, una tarjeta prepago sin filiación de titularidad emitió tres llamadas consecutivas de muy corta duración.

Las tres señales se originaron en la celda radioeléctrica situada en el muelle de Botica Vieja, justo al pie de la pasarela que cruza hacia el palacio de congresos.

—¿El terminal de destino? —preguntó Ainara, con la libreta de notas abierta en la mano.

—El teléfono corporativo asignado a Iñigo Barandiarán —confirmó Gorka—.

La primera llamada duró doce segundos; la segunda, dieciocho; la tercera, apenas siete segundos a las nueve menos seis minutos.

Justo en ese momento, las cámaras de seguridad del vestíbulo este registraron a Barandiarán abandonando su butaca y dirigiéndose con paso apresurado hacia la rampa que desciende al aparcamiento subterráneo de la dársena.

—Le hicieron creer que había una entrega de urgencia o una amenaza inminente contra alguien de su entorno más próximo —razonó Mathieu, cruzando los brazos sobre el pecho—.

Le dijeron las palabras exactas para que bajara la guardia y se dirigiera hacia la zona ciega del sótano donde no alcanzaban los objetivos de los circuitos cerrados de televisión.

—Exacto —asintió el policía de la Ertzaintza con gravedad sombría—.

Pero lo más relevante no es el origen de la llamada, sino el rastro posterior de esa tarjeta prepago.

Tras la última comunicación de las nueve menos seis, el terminal emisor se desplazó a pie o en vehículo a lo largo de la ribera, cruzó el puente de Deusto y emitió su último pulso de geolocalización a las diez y cuarto de la noche, enganchado a la antena repetidora situada en el tejado del número cuarenta y siete de la Alameda de Mazarredo.

En ese punto la tarjeta fue desconectada y la celda no volvió a registrar actividad alguna.

Mathieu dio un paso hacia la mesa principal, abrió su ordenador portátil de alta seguridad y conectó el disco de memoria de estado sólido al puerto lateral.

Tras superar las tres pantallas de verificación criptográfica mediante huella dactilar, proyectó en la pantalla secundaria del despacho un esquema mercantil con cuarenta y dos ramificaciones societarias que convergían en un único nodo central.

—Miren esto —dijo Mathieu, señalando con el índice la casilla superior donde confluían los registros mercantiles de Bizkaia y los protocolos notariales incautados—.

Hemos cotejado las cuarenta y dos sociedades mercantiles que operaban el fraude del Patent Box y las deducciones ficticias de investigación y desarrollo.

Todas ellas comparten idéntica sede de notificaciones postales en Bilbao, idéntico despacho de representación fiscal y fueron autorizadas en escrituras notariales correlativas por la misma firma jurídica de Alameda de Mazarredo, número cuarenta y siete.